VI Jornadas Experiencias de la diversidad
V Encuentro de discusión de avances de investigación sobre diversidad
cultural
CEDCU-Universidad Nacional de Rosario, Facultad de Humanidades y
Artes
13 y 14 de agosto de 2015
La esclavitud en el Litoral Rioplatense durante la primera mitad del siglo XVIII:
entre las obras públicas y las diferentes realidades en el contexto rural
Mauro Luis Pelozatto Reilly1
Resumen
La esclavitud ha sido muy estudiada para el período colonial, y también puntualmente en
el Litoral. Ya es sabido que en esos tiempos había esclavos trabajando en las estancias y
diferentes establecimientos rurales. En ese sentido, fueron importantes para el desarrollo productivo durante la primera mitad del siglo XVIII, en una economía fundamentalmente
rural donde la ganadería se destacaba en distintos mercados (abasto de carne local, cueros
de exportación, grasa y ganado en pie para el Norte minero, etc.). Tanto en las
explotaciones o afuera (una de las características de la campaña era el fácil acceso a la
tierra y la dispersión de la gente y los ganados), supieron desempeñar trabajos como las
vaquerías, recogidas de ganado, yerras, faenas, explotaciones agrícolas, entre otras. Sin
embargo, no solamente hay que pensarlos como mano de obra rural, ya que de hecho solía
utilizarse a los mismos para la construcción de las obras públicas y demás tareas manuales
en el ámbito de la ciudad. Además, las mismas no eran reguladas solamente por particulares
sino también por autoridades como el gobierno local (Cabildo).
El objetivo principal es analizar las diferentes funciones de los esclavos, tanto en el
espacio rural como en el urbano; apreciar los intereses de los capitulares y vecinos
criadores por la posesión de los mismos, y caracterizar las medidas que se tomaban desde el
Ayuntamiento para la regulación de este tipo de mano de obra. Para eso, se tomarán
distintos datos cuantitativos y cualitativos brindados por los Cabildos de Buenos Aires y
Santa Fe2
(actas capitulares y archivos), padrones de la ciudad y campaña de Buenos Aires,
y algunas sucesiones correspondientes a destacados cabildantes y hacendados porteños,
para apreciar la presencia de esclavos entre sus explotaciones y los fines de dicha tenencia.
Introducción: los esclavos en la sociedad colonial rioplatense
Antes que nada, es preciso al menos señalar que nos encontramos ante una sociedad
colonial, la cual tenía ciertas características que no se pueden obviar a la hora de intentar
analizar la cuestión de la esclavitud en el Río de la Plata y diferentes problemáticas
vinculadas a la misma. Hay como mínimo dos elementos a tener en cuenta para comprender
las divisiones sociales características del orden colonial, a las cuales la región estudiada
aquí no escapa: por un lado, la existencia de una estratificación social muy dura con base en una mentalidad señorial que se apoyaba en la posesión y explotación de la tierra como
recurso indispensable y de los hombres que las trabajaban; y por el otro, la diferenciación
por ‘‘razas’’ como construcción cultural para capitalizar la exclusión y segregación social3
.
En este contexto, los esclavos representaban el último escalón de la pirámide social, ya que
a diferencia de otros sectores subalternizados como indios, mestizos, mulatos, negros libres
y pardos (estos últimos 3 subgrupos serán mencionados y caracterizados en este artículo),
eran objetos y no personas en el sentido de que resultaban ser una mercancía que se
compraba y vendía como tal en el mercado, y que estaban subordinados a la voluntad del
amo, que además era dueño de su progenie y sus bienes. En este grupo en particular, lo que
más influía como fundamento de la diferenciación social era lo étnico y racial más que la
típica división por estratos, la cual tenía peso – y mucho- sobre todo entre peninsulares y
criollos.
Los esclavos se encontraban al margen de las castas que accedían más rápidamente y con
mayor facilidad a la lengua, religión y costumbres españolas, y con ello a las profesiones
que les permitían mayor asimilación con los ‘‘blancos’’4
. Sin embargo, es indudable que
éstos ‘‘pasaron a formar parte de la sociedad colonial e influyeron en su conformación
demográfica, étnica y cultural’’5
. A su vez, siempre se los consideró fundamentalmente
como mano de obra, tanto urbana como rural, ya que durante largo tiempo en esta sociedad
se consideró como algo ‘‘infame’’ el que hispano-criollos desempeñaran ciertas tareas
manuales consideradas inferiores, idea que más adelante se discutirá.
La introducción de esclavos en el área rioplatense data de las primeras décadas del siglo
XVI, pese a que nunca se trató de una región caracterizada por las economías basadas en
las grandes plantaciones. En 1534 la Corona autorizó por primera vez la introducción de esclavos africanos y en 1595 se acordó el primer asiento de negros en manos de un
comerciante portugués6. La política asentista iría cambiando, pasando por manos de
compañías comerciales francesas y británicas durante el período en cuestión. Como es
lógico, los intercambios por los esclavos tomaron las características que les permitió
economía rural rioplatense durante la primera mitad del siglo XVIII, con los cueros como
principal producto pecuario de exportación.
Durante el período analizado en este trabajo, las principales prácticas productivas
vinculadas a la obtención de cueros fueron las vaquerías tradicionales7
primero y las
recogidas de ganado después (ya sean los alzados que se recogían en la campaña de Buenos
Aires y Santa Fe para devolverlos a las estancias, o los que eran ‘‘importados’’ desde
lugares como la Banda Oriental para repoblarlas o hacer faenas). Sin embargo, también
había establecimientos productivos como las chacras y estancias, donde los esclavos
comprendían la mano de obra principal8
. Asimismo, participaban en todo tipo de faenas
rurales tanto dentro de las explotaciones como en los rodeos9, además de que tuvieron
distintas condiciones de vida y de trabajo.
En lo que toca al ámbito urbano, la presencia de esclavos no fue, ni mucho menos,
inexistente. De hecho, es sabido que los vecinos de Buenos Aires (o de otros puntos como
la Ciudad de Santa Fe), poseían esclavos domésticos. Estos se destacan en las dotes y
testamentarias de las mujeres de la élite, con valores que generalmente rondaban entre los
350 y 500 pesos. Por otra parte, este artículo parte de la base de que no solamente se destacaron en la ciudad como sirvientes domésticos, sino también en la práctica de diversos
oficios urbanos (zapateros, carpinteros, artesanos, etc.)10.
El otro eje que se va a desarrollar corresponde al interés de las autoridades locales
(Cabildo) por el uso de la mano de obra esclava para distintos fines, lo cual puede
apreciarse en las actas capitulares. En líneas generales, dicho cuerpo no fue importante
solamente como lugar de expresión de los intereses y las tensiones existentes entre los
miembros de los sectores dominantes, sino también porque controlaba todo lo vinculado a
los servicios, la organización y regulación de los mercados, el abasto local y las obras
públicas, además de sus funciones como poder judicial dentro de su jurisdicción11. Se
seguirá la idea de que funcionó activamente como órgano regulador de la mano de obra
forzada (y también de los grupos subalternizados libres) para distintos objetivos, y a su vez
tuvo incidencia como propietario de esclavos.
El contexto urbano y las intervenciones capitulares
A partir del análisis de las fuentes del Cabildo y los padrones bonaerenses, es innegable
una realidad: los vecinos poseían esclavos en sus propiedades urbanas. Si bien no
corresponde directamente al objetivo de esta investigación, hay que señalar que existían
distintas formas de obtenerlos: hipotecas, donaciones, testamentos, compra directa a los
comerciantes tratantes, etcétera12.
. Respecto a las funciones que los mismos desempeñaban en la ciudad, el panorama parece
ir bastante más allá del solo trabajo servil (doméstico). Si bien las mismas no pueden
apreciarse bien directamente, podrían hacerse estimaciones a partir de los oficios y
actividades de los propietarios. Por ejemplo, el español Juan Antonio de Ortega tenía un esclavo y se sabe que vivía en ¼ de solar manteniéndose con lo que obtenía de su tienda13;
Melchor Domínguez también tenía un esclavo y trabajaba en su pulpería14; por su parte, el
Teniente Matías Flores también tenía uno en la tienda que explotaba pero que pertenecía a
otro vecino15; Petronila Asturiana tenía 2 esclavos trabajando en su tahona que tenía en ¼
de solar, junto a un matrimonio con hijo viviendo con ella16.
Pero el destino de dichos negros iba más allá de las construcciones de fuertes o casas para
los alcaldes. Incluso solían ser empleados en obras para instituciones religiosas. En 1733, a
pedido de clérigo presbítero y cura interino de naturales en la Parroquia de San Roque, Dr.
Antonio de Oroño, la Sala Capitular santafesina extendió un certificado para que el cura de
naturales Ministro Tomás de Salazar, tuviera a su cargo todo lo concerniente a la atención
de negros, mulatos libres, esclavos e indios, los cuales eran muy pocos, y que debía
encargarse de las edificaciones por estar el edificio de la Iglesia con ‘‘poca estabilidad’’21;
en 1747 se autorizó la designación del Mayordomo para que se hiciera cargo de la
construcción de la Iglesia matriz, para lo cual dispondría del uso de la cuatropea y los
esclavos que necesitara, obtenidos de la Iglesia y de la Cofradía del Santísimo22. Asimismo,
había otras tareas que se les daban que no necesariamente tenían que ver con las
construcciones, como cuando en 1737 dentro del contexto de proximidad del Corpus
Christi, se decidió que los ‘‘indios, mulatas y negros’’ prestaran los servicios que fueran
necesarios para la celebración23.
Era algo bastante normal que los esclavos domésticos recibieran por parte de sus dueños la
manumisión24, por distintas vías como lo fueron la testamentaria y la posibilidad de auto compra por parte del esclavo a partir de su propio trabajo25. Aquellos que fueron hábiles
para aprender algún oficio pudieron entrar en el mercado urbano como herreros, zapateros,
fabricantes, entre otras cosas26. En este contexto tuvieron lugar las organizaciones como
cofradías y hermandades en donde supieron organizar la vida de su comunidad y rescatar lo
que quedaba de sus elementos culturales, y en donde a su vez tuvieron un fuerte contacto
con las costumbres españolas, la doctrina cristiana, los Sacramentos y tuvieron lugar para
asociarse, formar sus propios hospitales, cabildos y obras de beneficencia27. Casos como
estos abundan (ver Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires).
Este grupo que se podría denominar como de ‘‘negros libres’’ supo desempeñarse en
distintas tareas y sus miembros vivieron realidades dispares en el contexto urbano. Por un
lado estaba el control de las autoridades sobre estas poblaciones, lo cual puede apreciarse
con medidas como la tomada por el Cabildo de Buenos Aires en 1736, cuando se decidió
que los ‘‘indios, indias, negros, negras y mulatas libres’’, ‘‘en lo conveniente al servicio de
Dios y a la causa pública’’, vivieran bajo lo conforme a las leyes, ante lo cual se mandó a
romper bando para que dichas poblaciones obedecieran bajo penas si fuera necesario28. Por
otra parte estaban las tareas en las casas de la ciudad y las distintas situaciones de vida.
Juana de Assona, una parda libre, vivía en uno de los cuartos de Francisco Cabrera29; Doña
Teodora de Ocaña tenía un cuarto alquilado por un pardo zapatero30, al igual que otro que
era sastre y vivía en lo del mestizo Juan de Ramos31. Sin embargo, no todos vivían
alquilando cuartos o en casas de otros, sino que los hubo propietarios urbanos, como un tal Marcos, pardo cordobés que tenía bajo dependencia a una mujer del mismo sector social,
llamada María Pastor32; similares fueron los casos de Juan Rivera, propietario de un cuarto
en la ciudad, y Lucía Pereyra, dueña de unas 17 varas de tierras33.
Volviendo al uso que le daban las autoridades locales, hay que mencionar otras tareas de
carácter militar y público. En 1725 se decidió buscar un esclavo para que sirviera de
pregonero (lo cual era algo bastante común por aquel entonces) y otros ministerios que se
ofrecían en la ciudad, de lo cual debía encargarse el mayordomo34. En cuanto las funciones
militares, es de conocimiento que participaban en las milicias o guarniciones junto a
‘‘blancos’’ y diversas castas, sobre todo en áreas de frontera o de mayor inseguridad, como
fue el caso de los 50 ‘‘indios, negros y mulatos’’ que participaron junto a unos 150
‘‘españoles’’ en la campaña contra los abipones en 1716 por encargo del Cabildo
santafesino35.
Al mismo tiempo, la intervención de la Sala Capitular no se limitaba exclusivamente a la
propiedad y la regulación de la mano de obra, sino que además tuvo mucho peso en el
comercio negrero. Desde muy temprano en la región, y sobre todo Buenos Aires, había
funcionado como ‘‘puerta de entrada’’ de aquellos bienes y otros productos que llegaban de
ultramar para a partir de allí ser distribuidos por el área rioplatense y otras partes del
‘‘espacio peruano’’36. Durante el recorte temporal seleccionado para este escrito, la Corona alternó la concesión de asientos37 a compañías de comercio con las brindadas a particulares
hasta el Reglamento del Libre Comercio (1778)38.
Por lo general, estos asentistas se comprometían a proveer de esclavos a cambio de otras
transacciones comerciales, llevándose consigo cueros, los cuales eran producidos y luego
exportados a partir de los famosos ‘‘ajustes’’ designados por las autoridades locales a los
vecinos criadores de la jurisdicción. Existen innumerables ejemplos para ver cómo
funcionaban las negociaciones. En 1713 el Gobernador concedió licencia a don Francisco
Nicolás Maillet, director del Real Asiento francés de negros, 20.000 cueros de toros para
que cargara sus navíos, los cuales se mandó a ajustar entre las personas capaces de hacer la
corambre necesaria. Más adelante se especificó que los diputados nombrados para hacer el
ajuste debían destinar las faenas de cueros entre los vecinos que fueran legítimos
accioneros sobre el ganado cimarrón39. Dos años más tarde los diputados dieron cuenta de
haber ajustado los 45.000 cueros acordados con el Asiento británico, valuados a 12 reales y
medio por pieza, cantidad que fue dividida entre conventos y productores particulares40. En
1734 la mujer de Dionisio Chiclana dio cuenta de los 348 pesos y 3 reales que su marido
había recibido del Asiento de Negros por 929 cueros41.
Como contrapartida de los negocios que podían hacer entorno a los cueros, los asentistas
debían poner su parte. En 1730 el Procurador General presentó un escrito en acuerdo con la
Real Hacienda que proponía la retención de 800 esclavos para el abastecimiento de la
ciudad y que se debía asegurar que los asentistas vendieran, tanto al contado como fiados, negros correspondientes a la carga que traía el navío ‘‘La Sirena’’42. En 1743 don Francisco
Rodríguez, vecino de la ciudad, declaró haber traido una cargazón de negros provenientes
de la costa de Guinea comprando también una porción de cueros de toro y novillo43.
A partir de las fuentes citadas, pueden apreciarse varias cosas a tener en cuenta: por un
lado, la presencia del Cabildo tratando con los comerciantes, decidiendo los ajustes de
cueros, estableciendo precios por pieza, nombrando accioneros para el ganado vacuno
cimarrón y regulando la distribución de los esclavos que llegaban hasta el puerto de Buenos
Aires. Además, hay que resaltar que el procedimiento y el trato establecido entre las partes
era bastante similar para con todos los asentistas, más allá de si pertenecieran al Asiento
francés, al británico, o fueran comerciantes particulares como el caso de don Francisco
Rodríguez.
Este tema se relaciona directamente con el otro eje del trabajo: la importancia de esclavos
y demás grupos socialmente segregados en el contexto rural, centro de la producción de los
productos pecuarios, entre los que se destacaban los cueros para exportación.
Distintas realidades en el ‘‘mundo rural’’
Al igual que sus pares de la ciudad, los esclavos y negros libres tuvieron distintos roles y
vivieron diversas realidades en el marco rural. Si bien son conocidos por su papel como
trabajadores en las chacras y estancias junto a los peones, arrendatarios y demás44, dentro
del mismo había matices. Autores como Juan Carlos Garavaglia, Raúl Fradkin, Carlos
Mayo y Jorge Gelman coinciden en que los esclavos fueron importantes como elemento de
estabilización de la fuerza de trabajo por su carácter de trabajadores permanentes y por la
existencia que había de una complementación con la mano de obra libre45.
Existen diferencias en cuanto a las cantidades que había de este tipo de personal en las
unidades productivas. Según Julio Djenderedjian, la escasa cantidad de éstos era algo
característico de muchas explotaciones rioplatenses46, postura con la cual discrepaba Carlos
Mayo, para quien ellos tuvieron mucha importancia demográfica (en 1744 representaban el
5,40 % de la población rural total) en relación al resto de los trabajadores libres, y que si no
había más de ellos en el campo era porque existía una demanda acotada, característica de la
ganadería a campo abierto y la poca capitalización con la falta de dinero para poder
disponer de un esclavo47. Pero, ¿qué nos dicen las fuentes respecto a esto? Según parece, las
cantidades de esclavo por unidad no eran demasiado altas, tanto en establecimientos
registrados como chacras o estancias:
Establecimientos rurales con ‘‘negros y esclavos’’ (1726)48
Unidades con esclavos Total de UP Porcentaje de unidades
38 549 6,92 %
(1738)49
Unidades con esclavos Total de UP Porcentaje de unidades
120 1.023 11,73 %
% de UP con esclavos según grupos ocupacionales (1744)50
Grupos % de propiedades con esclavos
Grandes propietarios 63 %
Medianos y pequeños propietarios 14 %
En tierras ajenas 7 %
Establecimientos rurales de Buenos Aires con y sin esclavos
1726
Con esclavos: 5%
Sin esclavos: 95%
1744
Con esclavos: 12%
Sin esclavos: 88%
Total
Con esclavos: 15%
Sin esclavos: 85%
Si se comparan los números de los dos primeros cuadros con los obtenidos por Carlos
Mayo para el período 1740-1820 (sobre un total de 66 establecimientos seleccionados, 41
poseían esclavos, los cuales totalizaban 164 entre hombres y mujeres -90 y 74
respectivamente-, dando como resultado que el 62% tenían esclavos)51, las conclusiones
resultan algo contradictorias. Esto se debe a varios aspectos: en primer lugar, el autor
seleccionó únicamente 66 unidades productivas caracterizadas como estancias para un período de tiempo mucho más largo. Por lo tanto, es normal que la concentración tanto en
la existencia de esclavos como en el porcentaje de los mismos por lugar sea mucho más alta
que tomando todos los establecimientos, en mucho de los cuales no había esclavos o eran
muy pocos. Por su parte, Moreno sostuvo a partir de los datos expuestos en el último
cuadro que había más grandes establecimientos con esclavos que pequeños y medianos, lo
cual sigue abierto a discusión. Lo que muestran los últimos 3 gráficos es que, a lo largo del
período aquí estudiado, fue creciendo en proporciones moderadas el porcentaje de
establecimientos del campo que utilizaban mano de obra esclava.
En lo que toca a los trabajos que desempeñaban y las condiciones de vida, todo era muy
variable. Además, tenían que ver con la existencia o no de manumisión para el esclavo, con
las características de la explotación rural en donde trabajaran, etc. Según Fradkin y
Garavaglia, las chacras52 cercanas al mercado urbano se concentraban en la producción de
cereales y contaban con mano de obra esclava como algo predominante53. En estos
establecimientos, la mano de obra esclava, al parecer, no era demasiado abundante en
número por explotación, aunque sí estaba presente en una considerable cantidad de las
explotaciones, y aparentemente se produjeron variaciones durante este período, al igual que
con las estancias poseedoras de esclavos:
Unidades productivas (UP) con esclavos (1726)54
Tipo de UP Nº de UP Con esclavos Promedio de UP
Chacras 61 10 16,39 %
Estancias 143 7 4,89 %
Unidades productivas (UP) con esclavos (1738)55
Tipo de UP Nº de UP Con esclavos Promedio de UP
Chacras 36 11 30,55 %
Estancias 56 25 44,64 %
Unidades productivas (UP) con esclavos (1744)56
Tipo de UP Nº de UP Con esclavos Promedio de UP
Chacras 194 33 17 %
Estancias 185 43 23,24 %
A partir de estos datos, surgen algunas conclusiones provisionales sobre dicho aspecto: en
comparación al número de UP, las que poseían esclavos no eran la mayoría, ni en el caso de
las chacras como en las estancias. A su vez, hay que resaltar el cambio de tendencia que se
produjo según los datos obtenidos de los padrones, siendo que en un primer momento la
concentración era mayor en las producciones agrícolas, y con un posterior aumento en los
establecimientos más bien orientados hacia la ganadería. Sin embargo, también surgen
dudas que no hay que pasar por alto, como por ejemplo la disminución del nº de
establecimientos registrados en ambos tipos de propiedad territorial, lo cual resulta al
menos curioso. Se desconoce el motivo por el cual se produjo una disminución tan
importante de chacras y estancias y un aumento considerable de las unidades registradas
bajo otras denominaciones como ‘‘ranchos’’, lo cual no habla directamente sobre las
características de la explotación y hace de las cifras algo inexactas aunque representativas
para los intereses de esta investigación.
Para los últimos autores citados, la importancia que tenían los esclavos (vale aclarar, no
numérica) se debía a que había tierras disponibles en abundancia, por lo que era
complicado mantener sujetos a los peones y jornaleros en forma más o menos
permanente57. La misma idea es sostenida por Jorge Gelman, quien a partir de analizar el caso correspondiente a la región comprendida por Colonia, Víboras y Santo Domingo
(ubicada en la Banda Oriental), llegó a la conclusión de que la mano de obra libre en forma
permanente era inestable por la demanda estacional que condicionaba el movimiento de la
misma, concentrándose en determinados períodos del año –según las actividades
predominantes- los ingresos y egresos del establecimiento productivo58.
Respecto a las tareas y trabajos reservados para los negros, mulatos y esclavos, parece ser
que eran bastantes y diversas: desollaban el ganado, estaqueaban los cueros, recolectaban la
carne, domaban caballos, estaban presentes en la yerra y los apartes, desempeñaban tareas
agrícolas (siega, trilla, etc.), cultivaban en huertas, entre otras cosas. En definitiva, se los
conoce como funcionales a las distintas actividades de la estancia rural rioplatense59. En su
detallado estudio sobre la estancia betlemita de Fontezuela (entre 1753-1809), Tulio
Halperín Donghi comprobó la coexistencia entre la mano de obra libre y la esclava,
predominando la compra como forma de adquisición de esclavos, y aparentemente este tipo
de fuerza de trabajo era preferible por sobre la asalariada, que más bien se constituyó como
complemento60. Quizás esto se debiera no solamente a la movilidad tan amplia que tenían
los trabajadores libres, sino también al alto costo que representaban los salarios de los
peones, lo cual puede distinguirse a través de unos datos muy importantes relevados por
dicho historiador, más los siempre interesantes testimonios que nos brindan fuentes como
los inventarios de estancias y sucesiones.
Salario de los peones de la estancia de Fontezuela durante 10 años (1756-1765)61
Año Salarios (en pesos)
1756 300 ½
1757 498,4
1758 160,4
1759 267,7
1760 256,7
1761 626,4
1762 62
1763 14
1764 280
1765 293
Valor de los esclavos de la estancia (1783)62
Nº Esclavos Valor total Promedio
10 2350 235
En las fuentes consultadas aparecen algunos datos en relación a esto. Joseph Reinoso tenía
3 esclavos (2 varones y una mujer), más una negra llamada Lucía que estaba valuada en 52
pesos, y entre sus deudas figuraban 50 pesos por la adquisición de otra negra63. La
diferencia de precios que había entre algunos esclavos y otros puede verse muy claramente
entre las posesiones del Capitán Marcos Rodríguez. Entre las mismas, una negra llamada
María de 40 años, un negro de 40 años valuado en 260 pesos, otro muy viejo de 50 pesos64.
La variación en los valores monetarios se debía, aparentemente, en las características de los
esclavos, las cuales aparecen bien resaltadas en las fuentes, como por ejemplo entre los que
tenía Antonio Ruiz de Arellano: un negro esclavo de 40 años llamado Juan, un mulato de
18 años llamado Felipe, una ‘‘mulatilla’’ de nombre María con 19 años, una esclava ‘‘de pechos’’ y a Juana, una mulata de 15 años.65. Lo que daba el valor era su utilidad para el
trabajo, lo cual estaba condicionado por el sexo, la edad y el físico: en 1726 se discutió
sobre la necesidad y conveniencia de comprar un esclavo mulato a 330 pesos por ser hábil y
necesario para la fábrica, el cual finalmente fue adquirido con el dinero de la fábrica por
parte del diputado a su dueño don Pablo González66; nueve años más tarde se presentó un
memorial por don Jacinto de Aldao en el cual pedía la alcabala correspondiente a la venta
de 5 esclavos que la Ciudad vendió a 1250 pesos67; durante el año próximo anterior el
Alcalde de Segundo Voto dio razón de que había vendido un negrito llamado Luis a 200
pesos68
. En síntesis, tanto para el ámbito rural como para los esclavos que circulaban en las
transacciones comerciales de la ciudad, parece que los varones adultos (jóvenes) tenía una
consideración económica superior a las mujeres y ancianos, además de la utilidad que
tuviera cada uno, lo cual era un parámetro importante.
Los negros y mulatos libres
Entre los negros libres también había distintas realidades. Bien podían ser peones, criados,
agregados e inclusive llegar a ser capataces de estancia, promovidos a partir de la madurez
o de la confianza que les tuviera el amo69. Había negros que desempeñaban trabajos
públicos en la ciudad y ‘‘recibían’’ un salario a cambio, como el pago de los 7 meses que el
escribano del Cabildo pidió por el negro Joseph, de su propiedad, quien había trabajado
como pregonero y para lo cual se le habían prometido 40 pesos al año, de los cuales se le
libraron solamente veinticinco70. Dentro de las producciones rurales, la situación era
bastante diversa entre los integrantes de estos grupos: existieron negros (seguramente libres) que recibían salarios por parte de sus patrones, como fue el caso de Lorenzo,
‘‘Pascualito’’, Bernardo y ‘‘Tomasillo’’, que estaban bajo el mando de don Miguel de
Riblos. Al primero se le debían pagar, según el testamento, 4 pesos y 3 reales, mientras que
‘‘Tomasillo’’ recibiría ‘‘otros tantos pesos’’, y los dos restantes algunos pañetes71; Jacinto de
Rocha, un mulato libre proveniente de Córdoba, se conchabó en una de las estancias de
Riblos en Areco a razón de 7 pesos anuales, de los cuales debían pagársele 3 pesos en plata,
una camisa, platilla, pañetes, bayeta, unas espuelas grandes, 4 libras de yerba y 4 de tabaco,
2 cuchillos, cintas y un sombrero 72. Juan Puno, llegado de Santa Fe en 1727, recibió pago
en bayeta, 3 pesos en plata, 3 cuchillos, paños, cintas, platilla, seda, hilo, 4 libras de tabaco,
etc.73. Por su parte, Juan de Rocha, mulato libre y casado, estaba instalado en casa del
capataz y se conchabó por 3 meses, recibiendo 13 pesos y 3 reales en plata hasta el tiempo
en el cual huyó de las estancias74. El caso de los negros conchabados de Riblos sirve para
ilustrar varias cuestiones: en primer lugar, la fuerte presencia, al menos aquí puntualmente,
de un salario pagado fundamentalmente en ropa, herramientas, textiles, especies, etc., sobre
un pago en plata mínimo; en segundo término, que el salario entre los trabajadores
‘‘comunes’’ era más o menos parejo en cantidad y formas de pago; había algunos
desempeñados como capataces que recibían un salario considerablemente más elevado (y
en plata) que el resto, como fue el citado Juan de Rocha.
Aparte, estaban aquellos que lograban escalar aún más en términos socioeconómicos. Tal
fue la situación de un tal Pedro, un pardo libre entre cuyos bienes se encontraron una
imagen de Nuestra Señora del Rosario, un hacha, una olla de hierro, una carreta con 6
bueyes, 116 vacas (dentro de las cuales había 4 lecheras), unos estribos de bronce, 36 yeguas vendidas a 1 ½ real por cabeza, 3 manadas más de yeguas supuestamente alzadas,
una caja de herraduras, 4 caballos mansos a cargo del capataz don Joseph de Arellano y 2
cabezas de arados con rejas. Por otra parte, se menciona que era propietario de una estancia
y una chacra75. Aquí hay varios datos a resaltar: primeramente, la diversidad de bienes,
entre ellos de ganados, lo cual habla de distintas prácticas productivas emprendidas por el
sujeto analizado (cría de mulas destinadas fundamentalmente al mercado minero, caballos
posiblemente utilizados como animales de carga o en actividades agrícolas, herramientas
para este tipo de trabajos, ganado vacuno, etc.); segundo, la posesión de carretas, lo cual es
indicio de cierta actividad comercial; por último, como algo a mencionar, aquellas
representaciones como la de la Virgen, que se corresponden a la influencia cultural y
religiosa del Catolicismo sobre todos los sectores de la sociedad.
Aquí podría citarse también como similar el caso del Capitán Fermín Pesoa76, antiguo
esclavo de don Miguel de Riblos, quien en el padrón de 1744 aparece administrando
considerables extensiones de tierras (que anteriormente pertenecían al finado Riblos) para
chacras en el pago de Escobar (un total de 54 unidades productivas), lo cual es un caso
atípico para la época y el contexto social, además de encontrarse varios mulatos,
provincianos, criollos y ‘‘españoles’’ pagándole un arrendamiento77.
Pero no todos los negros eran peones o propietarios, como en este último caso, sino que
también los había en diferentes situaciones de dependencia respecto a otros propietarios. El
Capitán Bernardino de Rocha, de La Matanza, tenía como agregados a 3 indios y un mulato
proveniente de Córdoba78; en la propiedad del entonces difunto Bernardino de Acosta
vivían, además de 6 esclavos, 2 agregados (un mestizo del Paraguay y un pardo)79; la viuda de Pedro Cruz, en Los Arroyos, tenía a 2 negros viviendo con ella80; don Nicolás de
Echeverría, además de 3 esclavos, contaba con una parda y una mulata viviendo con él81;
don Diego Sorarte tenía 10 esclavos y un ‘‘mulatillo’’ que vivía de su trabajo82. A simple
vista, parece que en los establecimientos solían coexistir tanto negros sometidos a la
esclavitud como libres, lo cual aparece en todos los casos mencionados. Muchos de estos
negros socialmente segregados solían estar en situaciones de dependencia como la
agregación, la cual consistía a grandes rasgos en una relación de dependencia informal y no
escrita entre el dueño de la tierra y el agregado, según la cual el primero se comprometía a
dar una porción pequeña de tierras al segundo a cambio de un canon pagado
fundamentalmente en trabajo83.
Según los datos del padrón de 1744, parece ser que este grupo era bastante importante en
los establecimientos productivos, sobre todo en los grandes, y más si se comparan con los
promedios de esclavos y negros anteriormente calculados. Los números entre ambos grupos
resultan parejos: las grandes explotaciones contaban con 4,9 agregados cada una, mientras
que las medianas y pequeñas 2,7 por unidad productiva84.
Respecto a las tareas, también iban desde las recogidas de ganado hasta la cosecha del
trigo, pasando por la labranza, los tejidos (fundamentalmente mujeres), etc., a cambio no
solo de tierras, sino también comida, animales, diversos efectos, ropa, entre otras cosas85. En resumen, no parece haber mucha diferencia con el salario que recibían los negros libres
que funcionaban como peones, sobre todo en la conformación del mismo86.
Para cerrar este último apartado, hay que decir que existieron negros, mulatos y esclavos
que vivieron distintas realidades en la campaña, lo cual pudo denotarse a partir de las
fuentes trabajadas: estaban los esclavos, los que vivían y trabajaban como agregados o
arrimados, los peones asalariados, e incluso aquellos que llegaban a capataz o
‘‘hacendado’’87. Esta conclusión provisional puede considerarse a discusión para la segunda
mitad de la centuria en cuestión, al menos en algunos puntos de la campaña de Buenos
Aires: por ejemplo, los mulatos hacendados de Areco hacia 1789 sumaban un total de 83
vacas, 97 caballos y 115 ovejas, y un promedio de 16 animales cada uno88, al mismo tiempo
que estaban los que no tenían siquiera una casita o un rancho89. Ese mismo año en Cañada
de la Cruz también fueron registradas diferentes realidades: Tadeo de Ojeda, un pardo, era
capataz de las estancias de doña Isabel Gil, encontrándose a cargo de 500 varas de frente y
legua y media de fondo, con 2000 cabezas de vacunos, 500 ovejas, 1000 yeguas y 60
caballos90; por su parte, otro llamado Marcelo Ramírez no tenía tierras, ovejas, bueyes ni
yeguas, contando con 40 vacas y 4 caballos como únicos bienes91; Joaquín Ortiz contaba con ‘‘mil varas de tierras de sobras de cabezadas’’, 40 vacas, 12 caballos y 5 bueyes con su
marca92; mientras que Luis Berna, quien había llegado desde Santiago del Estero para
agregarse, no poseía ni tierras ni ganados, ni propiedad alguna, por lo que fue marcado
como ‘‘perjudicial para el vecindario’’93. Los casos y las diferencias abundan, apoyando la
hipótesis planteada al principio. Sería interesante continuar investigando y debatiendo sobre
estas cuestiones a nivel local y regional, al mismo tiempo que resulta necesario un análisis
comparativo entre distintos recortes temporales y regionales.
Conclusiones
A partir del análisis y la puesta en juego de distintos testimonios, casos y fuentes
documentales, se han alcanzado algunas conclusiones de importancia, siguiendo los ejes
planteados para esta exposición (las diversas realidades de esclavos y negros marginados en
la ciudad y el campo, su importancia para las prácticas productivas, el interés de los vecinos
y las autoridades locales):
Los negros, mulatos y esclavos tuvieron distintas funciones en la ciudad: desde la
construcción en obras públicas hasta las tareas religiosas, pasando por el servicio
doméstico en las viviendas particulares y distintos oficios (zapateros, sastres,
trabajadores en atahonas, pulperos y tenderos, asistentes, etc.).
Hubo también quienes desempeñaron funciones públicas (como los pregoneros) y
de defensa (milicianos, sobre todo en zonas de frontera como Santa Fe).
La intervención capitular parece que era bastante amplia, tanto en Buenos Aires
como en Santa Fe: nombramiento de vecinos accioneros para el ganado cimarrón,
organización de recogidas, regulación del mercado local, ajustes de cueros, trato con
los asientos negreros, redistribución de esclavos por el territorio, control sobre la
población ‘‘negra’’, obras públicas y religiosas, armado de milicias, reparación de
fuertes y edificios, entre otras cosas.
Aparentemente la presencia de esclavos y otros negros segregados fue más fuerte en
Buenos Aires que en Santa Fe. Si bien contamos con un espectro mucho más amplio
de fuentes para la primera de dichas jurisdicciones, si se comparan los acuerdos
capitulares en ambos casos puede apreciarse la misma conclusión.
En el contexto rural existieron diferentes funciones y formas de vida para los
‘‘negros’’: propietarios libres e independientes, esclavos, agregados o arrimados,
peones asalariados, capataces, e incluso hasta ‘‘hacendados’’.
Estos sectores fueron importantes para la economía, fundamentalmente como mano
de obra en los establecimientos productivos, tanto en chacras (destinadas
fundamentalmente a los cereales y el mercado local) como en estancias
(principalmente ganaderas, con todas las alternativas productivas y comerciales que
ello implicaba).
Pareciese existir una relación de complementariedad entre peones libres y esclavos,
más que una clara supremacía de un tipo de fuerza de trabajo sobre el otro. Más
bien sería conveniente seguir la idea de que las diferentes formas de mano de obra
eran necesarias para la producción agropecuaria.
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Fe (ACSF).
Notas
1 Profesor en Historia egresado de la Universidad de Morón (UM) y Especialista en Ciencias
Sociales con mención en Historia Social de la Universidad Nacional de Luján (UNLu). Actualmente
se encuentra realizando la Maestría en Ciencias Sociales con mención en Historia Social en la
misma institución.
2 Es preciso y necesario aclarar que las fuentes capitulares de Santa Fe son utilizadas como
ejemplos y a modo de comparación con algunos aspectos de lo analizado para Buenos Aires, ya que
se ha podido disponer de un corpus documental mucho más amplio para este último caso.
3 Presta, A. M. (2000). ‘‘La sociedad colonial: raza, etnicidad, clase y género. Siglos XVI y XVII’’,
en Tandeter, E. (Director). Nueva Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, pp. 57-59.
4 Ibídem, p. 83.
5 Areces, N. (2000). ‘‘Las sociedades urbanas coloniales’’, en Tandeter, E. (Director). Nueva
Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, p. 174.
6 Milletich, V. (2000). ‘‘El Río de la Plata en la economía colonial’’, en Tandeter, E. (Director).
Nueva Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
p. 230.
7 Se hace referencia a las expediciones organizadas por autoridades y vecinos en búsqueda del
ganado vacuno cimarrón para cazarlo y obtener el cuero.
8 Fradkin, R. (2000). ‘‘El mundo rural colonial’’, en Tandeter, E. (Director). Nueva Historia
Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, p. 267.
9 Ver Mayo, C. (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires, Editorial
Biblos.
10 Presta, A. Op. Cit., p. 80.
11 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009). La Argentina colonial. El Río de la Plata entre los siglos
XVI y XIX. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, p. 154.
12 Rosal, M. A. (2011). ‘‘Modalidades del comercio de esclavos en Buenos Aires durante la tercera
década del siglo XVII’’, en Estudios Históricos, CDHRP, Año III, Nº 7, p. 2.
13 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 196.
14 ANH, Documentos para la Historia Argentina, Tomo X, Padrones de la ciudad y campaña de
Buenos Aires (1726-1810), Padrón de 1738, p. 197.
15 Ibídem, pp. 204-205.
16Ídem.
17 Rosal, M. A. Op. Cit., p. 11.
18 AGPSF, ACSF, Tomo VIII, ff. 8-9b.
19 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 637.
20 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, Libros XXI, XXII y XXIII, p. 570.
21 AGPSF, ACSF, Tomo X ‘‘A’’, ff. 186-187b.
22 AGPSF, ACSF, Tomo XI, ff. 145-145b.
23 AGPSF, ACSF, Tomo X ‘‘B’’, ff. 387-388b.
24 Presta, A. M., Op. Cit., p. 80.
25 Areces, N. Op. Cit., p. 175; Rosal, M. A. Op. Cit., p. 11.
26 Presta, A. M., Op. Cit., Ibídem.
27 Gutiérrez Azopardo, I. (2008). ‘‘Las cofradías de negros en la América hispana. Siglos XVIXVIII’’,
en www.africafundacion.org (Blog académico), pp. 1-2.
28 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXIII y XXIV, p. 305.
29 ANH, Padrón de 1738, p. 280.
30 Ibídem, p. 271.
31Ibídem, p. 263.
32 Ibídem, p. 264.
33Ibídem, pp. 266 y 273.
34 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 442.
35 AGPSF, ACSF, Tomo VII, ff. 271-273b.
36 Se denomina ‘‘espacio peruano’’ a todo el inmenso territorio que la minería altoperuana fue
gestando entorno a sí misma como polo de atracción y organización de las economías regionales.
Ver en Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 41.
37 Consistía en contratos monopólicos a partir de los cuales el que lo recibía debía cumplir con la
introducción de una determinado número de esclavos a cambio de un período de años establecidos
para comerciar con el puerto.
38 Milletich, V. Op. Cit., pp. 231-232.
39 AGN, AECBA, Serie II, Tomo II, Libro XV, pp. 628-629 y 641.
40 AGN, AECBA, Serie II, Tomo III, Libros XVI y XVII, p. 226.
41 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXIII y XXIV, p. 20.
42 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, Libros XXI, XXII y XXIII, p. 171.
43 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, Libros XXIV y XXV, p. 411.
44 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 96.
45 Djenderedjian, J. (2003). ‘‘¿Peones libres o esclavos? Producción rural, tasas de ganancia y
alternativas de utilización de mano de obra en dos grandes estancias del sur del litoral a fines de la
colonia’’, en Terceras Jornadas de Historia Económica, Asociación Uruguaya de Historia
Económica, p. 2; Mayo, C. Op. Cit., pp. 135-136; Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. Op. Cit., p. 96.
46 Djenderedjian, J. Op. Cit., p. 7.
47 Mayo, C. Op. Cit., pp. 135-136.
48 ANH, Padrón de 1726, pp. 143-187.
49 ANH, Padrón de 1738, pp. 188-327.
50 ANH, Padrón de 1744. Fuente trabajada en Moreno, J. L. (1989). ‘‘Población y sociedad en el
Buenos Aires rural a mediados del siglo XVIII’’, en Desarrollo económico, Vol. 29, Nº 114, p. 274.
51 Mayo, C. Op. Cit., p. 41.
52 Garavaglia establece muy bien la diferenciación entre los establecimientos productivos rurales
del siglo XVIII. Respecto a las chacras, define a éstas como unidades productivas dedicadas
mayormente a la producción agrícola, tanto forrajera y hortícola como triguera, y por lo general
estaban ubicadas cerca del ejido de la ciudad. Ver Garavaglia, J. C. (1999). Pastores y labradores
de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830. Buenos Aires,
Ediciones de la flor, pp. 159-164.
53 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 96.
54 ANH, Padrón de 1726, pp. 143-187.
55 ANH, Padrón de 1738, pp. 188-327.
56 ANH, Padrón de 1744, pp. 509-709.
57 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C., Op. Cit., p. 97.
58 Gelman, J. (1993). ‘‘Nuevas perspectivas sobre un viejo problema y una misma fuente: el
gaucho y la historia rural del Río de la Plata’’, en Fradkin, R. (Compilador). La historia agraria del
Río de la Plata. Los establecimientos productivos (I). Buenos Aires, Centro Editor de América
Latina, p. 128.
59 Mayo, C. Op. Cit., pp. 139-141.
60 Halperín Donghi, T. (1993). ‘‘Una estancia en la campaña de Buenos Aires, Fontezuela, 1753-
1809’’, en Fradkin, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata. Los establecimientos
productivos (I). Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 54-59.
61 Halperín Donghi, T. Op. Cit., p. 55. Vale la pena aclarar que se el cuadro original contiene los datos del
período 1756-1808, y que solamente se han tomado 10 años por resultar lo suficientemente necesarios para
este trabajo, y porque no es la idea extenderse mucho más allá de mediados de siglo.
62 Los datos de dicho año fueron tomados para hacer un pequeño paralelo con los de nuestro
recorte temporal.
63 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, pp. 4-5b y 22b.
64I bídem, pp. 11b-12.
65 Ibídem, pp. 19b-20.
66 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 637.
67 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXI y XXII, p. 181.
68 Ibídem, p. 102.
69 Mayo, C. Op. Cit., p. 140.
70 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXI y XXII, p. 252.
71 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8122, p. 1.
72 Ibídem, pp. 6b-7.
73 Ibídem, pp. 7b-8.
74 Ibídem, p. 14.
75 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5337, pp. 4-4b.
76 El caso de este liberto fue analizado más puntualmente en Birocco, C. (2014). ‘‘Fermín de Pesoa,
liberto’’, en Apuntes. Estudios histórico-sociales de Buenos Aires, pp. 1-21.
77 ANH, Padrón de 1744, pp. 326-335.
78 ANH, Padrón de 1726, p. 172.
79Ibídem, p. 173.
80 ANH, Padrón de 1738, p. 321.
81 ANH, Padrón de 1744, p. 335.
82 Ibídem, p. 333.
83 Mayo, C. Op. Cit., pp. 73-74.
84 ANH, Padrón de 1744. Ver otras interpretaciones sobre el mismo tema y a partir de la misma fuente en
Moreno, J. L. Op. Cit., p. 276.
85 Mayo, C. Op. Cit., pp. 74-75.
86 Para elaborar sus conclusiones, el autor analizó fuentes obtenidas del Juzgado del Crimen
(Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires) y Solicitudes Civiles (AGN, Sala IX).
87 Se hace referencia a un propietario de ganado, indistintamente de la cantidad de cabezas que
tuviera.
88 Censo de Hacendados (1789), citado en Mayo, C. Op. Cit., p. 79.
89 Ibídem.
90 Padrón de Hacendados del partido de Cañada de la Cruz (1789), en Azcuy Ameghino, E. (1996).
Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial. Buenos Aires, Fernando García
Cambeiro, p. 229.
91 Ídem.
92 Ibídem, pp. 234-235.
93 Ibídem, p. 236.
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