martes, 30 de mayo de 2017

''La esclavitud en el Litoral Rioplatense durante la primera mitad del siglo XVIII: entre las obras públicas y las diferentes realidades en el contexto rural'', en V Encuentro de discusión de avances de investigación sobre diversidad cultural, Universidad Nacional de Rosario, 13 de agosto de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/15921911/La_esclavitud_en_el_Litoral_Rioplatense_durante_la_primera_mitad_del_siglo_XVIII_entre_las_obras_p%C3%BAblicas_y_las_diferentes_realidades_en_el_contexto_rural_en_V_Encuentro_de_discusi%C3%B3n_de_avances_de_investigaci%C3%B3n_sobre_diversidad_cultural_Universidad_Nacional_de_Rosario_13_de_agosto_de_2015

VI Jornadas Experiencias de la diversidad
V Encuentro de discusión de avances de investigación sobre diversidad
cultural
CEDCU-Universidad Nacional de Rosario, Facultad de Humanidades y
Artes
13 y 14 de agosto de 2015

La esclavitud en el Litoral Rioplatense durante la primera mitad del siglo XVIII:
entre las obras públicas y las diferentes realidades en el contexto rural

Mauro Luis Pelozatto Reilly1


Resumen
  La esclavitud ha sido muy estudiada para el período colonial, y también puntualmente en
el Litoral. Ya es sabido que en esos tiempos había esclavos trabajando en las estancias y
diferentes establecimientos rurales. En ese sentido, fueron importantes para el desarrollo productivo durante la primera mitad del siglo XVIII, en una economía fundamentalmente rural donde la ganadería se destacaba en distintos mercados (abasto de carne local, cueros de exportación, grasa y ganado en pie para el Norte minero, etc.). Tanto en las explotaciones o afuera (una de las características de la campaña era el fácil acceso a la tierra y la dispersión de la gente y los ganados), supieron desempeñar trabajos como las vaquerías, recogidas de ganado, yerras, faenas, explotaciones agrícolas, entre otras. Sin embargo, no solamente hay que pensarlos como mano de obra rural, ya que de hecho solía utilizarse a los mismos para la construcción de las obras públicas y demás tareas manuales en el ámbito de la ciudad. Además, las mismas no eran reguladas solamente por particulares sino también por autoridades como el gobierno local (Cabildo).
  El objetivo principal es analizar las diferentes funciones de los esclavos, tanto en el espacio rural como en el urbano; apreciar los intereses de los capitulares y vecinos criadores por la posesión de los mismos, y caracterizar las medidas que se tomaban desde el Ayuntamiento para la regulación de este tipo de mano de obra. Para eso, se tomarán distintos datos cuantitativos y cualitativos brindados por los Cabildos de Buenos Aires y Santa Fe2 (actas capitulares y archivos), padrones de la ciudad y campaña de Buenos Aires, y algunas sucesiones correspondientes a destacados cabildantes y hacendados porteños, para apreciar la presencia de esclavos entre sus explotaciones y los fines de dicha tenencia. 

Introducción: los esclavos en la sociedad colonial rioplatense
  Antes que nada, es preciso al menos señalar que nos encontramos ante una sociedad colonial, la cual tenía ciertas características que no se pueden obviar a la hora de intentar analizar la cuestión de la esclavitud en el Río de la Plata y diferentes problemáticas vinculadas a la misma. Hay como mínimo dos elementos a tener en cuenta para comprender las divisiones sociales características del orden colonial, a las cuales la región estudiada aquí no escapa: por un lado, la existencia de una estratificación social muy dura con base en una mentalidad señorial que se apoyaba en la posesión y explotación de la tierra como recurso indispensable y de los hombres que las trabajaban; y por el otro, la diferenciación por ‘‘razas’’ como construcción cultural para capitalizar la exclusión y segregación social3 . En este contexto, los esclavos representaban el último escalón de la pirámide social, ya que a diferencia de otros sectores subalternizados como indios, mestizos, mulatos, negros libres y pardos (estos últimos 3 subgrupos serán mencionados y caracterizados en este artículo), eran objetos y no personas en el sentido de que resultaban ser una mercancía que se compraba y vendía como tal en el mercado, y que estaban subordinados a la voluntad del amo, que además era dueño de su progenie y sus bienes. En este grupo en particular, lo que más influía como fundamento de la diferenciación social era lo étnico y racial más que la típica división por estratos, la cual tenía peso – y mucho- sobre todo entre peninsulares y criollos.
  Los esclavos se encontraban al margen de las castas que accedían más rápidamente y con mayor facilidad a la lengua, religión y costumbres españolas, y con ello a las profesiones que les permitían mayor asimilación con los ‘‘blancos’’4 . Sin embargo, es indudable que éstos ‘‘pasaron a formar parte de la sociedad colonial e influyeron en su conformación demográfica, étnica y cultural’’5 . A su vez, siempre se los consideró fundamentalmente como mano de obra, tanto urbana como rural, ya que durante largo tiempo en esta sociedad se consideró como algo ‘‘infame’’ el que hispano-criollos desempeñaran ciertas tareas manuales consideradas inferiores, idea que más adelante se discutirá. 
  La introducción de esclavos en el área rioplatense data de las primeras décadas del siglo XVI, pese a que nunca se trató de una región caracterizada por las economías basadas en las grandes plantaciones. En 1534 la Corona autorizó por primera vez la introducción de esclavos africanos y en 1595 se acordó el primer asiento de negros en manos de un comerciante portugués6. La política asentista iría cambiando, pasando por manos de compañías comerciales francesas y británicas durante el período en cuestión. Como es lógico, los intercambios por los esclavos tomaron las características que les permitió economía rural rioplatense durante la primera mitad del siglo XVIII, con los cueros como principal producto pecuario de exportación.
  Durante el período analizado en este trabajo, las principales prácticas productivas vinculadas a la obtención de cueros fueron las vaquerías tradicionales7 primero y las recogidas de ganado después (ya sean los alzados que se recogían en la campaña de Buenos Aires y Santa Fe para devolverlos a las estancias, o los que eran ‘‘importados’’ desde lugares como la Banda Oriental para repoblarlas o hacer faenas). Sin embargo, también había establecimientos productivos como las chacras y estancias, donde los esclavos comprendían la mano de obra principal8 . Asimismo, participaban en todo tipo de faenas rurales tanto dentro de las explotaciones como en los rodeos9, además de que tuvieron distintas condiciones de vida y de trabajo.
  En lo que toca al ámbito urbano, la presencia de esclavos no fue, ni mucho menos, inexistente. De hecho, es sabido que los vecinos de Buenos Aires (o de otros puntos como la Ciudad de Santa Fe), poseían esclavos domésticos. Estos se destacan en las dotes y testamentarias de las mujeres de la élite, con valores que generalmente rondaban entre los 350 y 500 pesos. Por otra parte, este artículo parte de la base de que no solamente se destacaron en la ciudad como sirvientes domésticos, sino también en la práctica de diversos oficios urbanos (zapateros, carpinteros, artesanos, etc.)10.
  El otro eje que se va a desarrollar corresponde al interés de las autoridades locales (Cabildo) por el uso de la mano de obra esclava para distintos fines, lo cual puede apreciarse en las actas capitulares. En líneas generales, dicho cuerpo no fue importante solamente como lugar de expresión de los intereses y las tensiones existentes entre los miembros de los sectores dominantes, sino también porque controlaba todo lo vinculado a los servicios, la organización y regulación de los mercados, el abasto local y las obras públicas, además de sus funciones como poder judicial dentro de su jurisdicción11. Se seguirá la idea de que funcionó activamente como órgano regulador de la mano de obra forzada (y también de los grupos subalternizados libres) para distintos objetivos, y a su vez tuvo incidencia como propietario de esclavos. 

El contexto urbano y las intervenciones capitulares
  A partir del análisis de las fuentes del Cabildo y los padrones bonaerenses, es innegable
una realidad: los vecinos poseían esclavos en sus propiedades urbanas. Si bien no
corresponde directamente al objetivo de esta investigación, hay que señalar que existían
distintas formas de obtenerlos: hipotecas, donaciones, testamentos, compra directa a los
comerciantes tratantes, etcétera12.
. Respecto a las funciones que los mismos desempeñaban en la ciudad, el panorama parece
ir bastante más allá del solo trabajo servil (doméstico). Si bien las mismas no pueden
apreciarse bien directamente, podrían hacerse estimaciones a partir de los oficios y
actividades de los propietarios. Por ejemplo, el español Juan Antonio de Ortega tenía un esclavo y se sabe que vivía en ¼ de solar manteniéndose con lo que obtenía de su tienda13; Melchor Domínguez también tenía un esclavo y trabajaba en su pulpería14; por su parte, el Teniente Matías Flores también tenía uno en la tienda que explotaba pero que pertenecía a otro vecino15; Petronila Asturiana tenía 2 esclavos trabajando en su tahona que tenía en ¼ de solar, junto a un matrimonio con hijo viviendo con ella16.
  Pero el destino de dichos negros iba más allá de las construcciones de fuertes o casas para
los alcaldes. Incluso solían ser empleados en obras para instituciones religiosas. En 1733, a
pedido de clérigo presbítero y cura interino de naturales en la Parroquia de San Roque, Dr.
Antonio de Oroño, la Sala Capitular santafesina extendió un certificado para que el cura de
naturales Ministro Tomás de Salazar, tuviera a su cargo todo lo concerniente a la atención
de negros, mulatos libres, esclavos e indios, los cuales eran muy pocos, y que debía
encargarse de las edificaciones por estar el edificio de la Iglesia con ‘‘poca estabilidad’’21;
en 1747 se autorizó la designación del Mayordomo para que se hiciera cargo de la
construcción de la Iglesia matriz, para lo cual dispondría del uso de la cuatropea y los
esclavos que necesitara, obtenidos de la Iglesia y de la Cofradía del Santísimo22. Asimismo,
había otras tareas que se les daban que no necesariamente tenían que ver con las
construcciones, como cuando en 1737 dentro del contexto de proximidad del Corpus
Christi, se decidió que los ‘‘indios, mulatas y negros’’ prestaran los servicios que fueran
necesarios para la celebración23.
  Era algo bastante normal que los esclavos domésticos recibieran por parte de sus dueños la
manumisión24, por distintas vías como lo fueron la testamentaria y la posibilidad de auto compra por parte del esclavo a partir de su propio trabajo25. Aquellos que fueron hábiles
para aprender algún oficio pudieron entrar en el mercado urbano como herreros, zapateros,
fabricantes, entre otras cosas26. En este contexto tuvieron lugar las organizaciones como
cofradías y hermandades en donde supieron organizar la vida de su comunidad y rescatar lo
que quedaba de sus elementos culturales, y en donde a su vez tuvieron un fuerte contacto
con las costumbres españolas, la doctrina cristiana, los Sacramentos y tuvieron lugar para
asociarse, formar sus propios hospitales, cabildos y obras de beneficencia27. Casos como
estos abundan (ver Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires).
  Este grupo que se podría denominar como de ‘‘negros libres’’ supo desempeñarse en
distintas tareas y sus miembros vivieron realidades dispares en el contexto urbano. Por un
lado estaba el control de las autoridades sobre estas poblaciones, lo cual puede apreciarse
con medidas como la tomada por el Cabildo de Buenos Aires en 1736, cuando se decidió
que los ‘‘indios, indias, negros, negras y mulatas libres’’, ‘‘en lo conveniente al servicio de
Dios y a la causa pública’’, vivieran bajo lo conforme a las leyes, ante lo cual se mandó a
romper bando para que dichas poblaciones obedecieran bajo penas si fuera necesario28. Por
otra parte estaban las tareas en las casas de la ciudad y las distintas situaciones de vida.
Juana de Assona, una parda libre, vivía en uno de los cuartos de Francisco Cabrera29; Doña
Teodora de Ocaña tenía un cuarto alquilado por un pardo zapatero30, al igual que otro que
era sastre y vivía en lo del mestizo Juan de Ramos31. Sin embargo, no todos vivían
alquilando cuartos o en casas de otros, sino que los hubo propietarios urbanos, como un tal Marcos, pardo cordobés que tenía bajo dependencia a una mujer del mismo sector social,
llamada María Pastor32; similares fueron los casos de Juan Rivera, propietario de un cuarto
en la ciudad, y Lucía Pereyra, dueña de unas 17 varas de tierras33.
  Volviendo al uso que le daban las autoridades locales, hay que mencionar otras tareas de
carácter militar y público. En 1725 se decidió buscar un esclavo para que sirviera de
pregonero (lo cual era algo bastante común por aquel entonces) y otros ministerios que se
ofrecían en la ciudad, de lo cual debía encargarse el mayordomo34. En cuanto las funciones
militares, es de conocimiento que participaban en las milicias o guarniciones junto a
‘‘blancos’’ y diversas castas, sobre todo en áreas de frontera o de mayor inseguridad, como
fue el caso de los 50 ‘‘indios, negros y mulatos’’ que participaron junto a unos 150
‘‘españoles’’ en la campaña contra los abipones en 1716 por encargo del Cabildo
santafesino35.
  Al mismo tiempo, la intervención de la Sala Capitular no se limitaba exclusivamente a la
propiedad y la regulación de la mano de obra, sino que además tuvo mucho peso en el
comercio negrero. Desde muy temprano en la región, y sobre todo Buenos Aires, había
funcionado como ‘‘puerta de entrada’’ de aquellos bienes y otros productos que llegaban de
ultramar para a partir de allí ser distribuidos por el área rioplatense y otras partes del
‘‘espacio peruano’’36. Durante el recorte temporal seleccionado para este escrito, la Corona alternó la concesión de asientos37 a compañías de comercio con las brindadas a particulares
hasta el Reglamento del Libre Comercio (1778)38.
  Por lo general, estos asentistas se comprometían a proveer de esclavos a cambio de otras
transacciones comerciales, llevándose consigo cueros, los cuales eran producidos y luego
exportados a partir de los famosos ‘‘ajustes’’ designados por las autoridades locales a los
vecinos criadores de la jurisdicción. Existen innumerables ejemplos para ver cómo
funcionaban las negociaciones. En 1713 el Gobernador concedió licencia a don Francisco
Nicolás Maillet, director del Real Asiento francés de negros, 20.000 cueros de toros para
que cargara sus navíos, los cuales se mandó a ajustar entre las personas capaces de hacer la
corambre necesaria. Más adelante se especificó que los diputados nombrados para hacer el
ajuste debían destinar las faenas de cueros entre los vecinos que fueran legítimos
accioneros sobre el ganado cimarrón39. Dos años más tarde los diputados dieron cuenta de
haber ajustado los 45.000 cueros acordados con el Asiento británico, valuados a 12 reales y
medio por pieza, cantidad que fue dividida entre conventos y productores particulares40. En
1734 la mujer de Dionisio Chiclana dio cuenta de los 348 pesos y 3 reales que su marido
había recibido del Asiento de Negros por 929 cueros41.
  Como contrapartida de los negocios que podían hacer entorno a los cueros, los asentistas
debían poner su parte. En 1730 el Procurador General presentó un escrito en acuerdo con la
Real Hacienda que proponía la retención de 800 esclavos para el abastecimiento de la
ciudad y que se debía asegurar que los asentistas vendieran, tanto al contado como fiados, negros correspondientes a la carga que traía el navío ‘‘La Sirena’’42. En 1743 don Francisco
Rodríguez, vecino de la ciudad, declaró haber traido una cargazón de negros provenientes
de la costa de Guinea comprando también una porción de cueros de toro y novillo43.
  A partir de las fuentes citadas, pueden apreciarse varias cosas a tener en cuenta: por un
lado, la presencia del Cabildo tratando con los comerciantes, decidiendo los ajustes de
cueros, estableciendo precios por pieza, nombrando accioneros para el ganado vacuno
cimarrón y regulando la distribución de los esclavos que llegaban hasta el puerto de Buenos
Aires. Además, hay que resaltar que el procedimiento y el trato establecido entre las partes
era bastante similar para con todos los asentistas, más allá de si pertenecieran al Asiento
francés, al británico, o fueran comerciantes particulares como el caso de don Francisco
Rodríguez. 
  Este tema se relaciona directamente con el otro eje del trabajo: la importancia de esclavos
y demás grupos socialmente segregados en el contexto rural, centro de la producción de los
productos pecuarios, entre los que se destacaban los cueros para exportación. 



Distintas realidades en el ‘‘mundo rural’’
  Al igual que sus pares de la ciudad, los esclavos y negros libres tuvieron distintos roles y
vivieron diversas realidades en el marco rural. Si bien son conocidos por su papel como
trabajadores en las chacras y estancias junto a los peones, arrendatarios y demás44, dentro
del mismo había matices. Autores como Juan Carlos Garavaglia, Raúl Fradkin, Carlos
Mayo y Jorge Gelman coinciden en que los esclavos fueron importantes como elemento de
estabilización de la fuerza de trabajo por su carácter de trabajadores permanentes y por la
existencia que había de una complementación con la mano de obra libre45.
  Existen diferencias en cuanto a las cantidades que había de este tipo de personal en las
unidades productivas. Según Julio Djenderedjian, la escasa cantidad de éstos era algo
característico de muchas explotaciones rioplatenses46, postura con la cual discrepaba Carlos
Mayo, para quien ellos tuvieron mucha importancia demográfica (en 1744 representaban el
5,40 % de la población rural total) en relación al resto de los trabajadores libres, y que si no
había más de ellos en el campo era porque existía una demanda acotada, característica de la
ganadería a campo abierto y la poca capitalización con la falta de dinero para poder
disponer de un esclavo47. Pero, ¿qué nos dicen las fuentes respecto a esto? Según parece, las
cantidades de esclavo por unidad no eran demasiado altas, tanto en establecimientos
registrados como chacras o estancias: 

Establecimientos rurales con ‘‘negros y esclavos’’ (1726)48
Unidades con esclavos Total de UP  Porcentaje de unidades
38                                   549                6,92 %
(1738)49
Unidades con esclavos Total de UP  Porcentaje de unidades
120                                 1.023             11,73 %

% de UP con esclavos según grupos ocupacionales (1744)50 
Grupos  % de propiedades con esclavos 
Grandes propietarios 63 % 
Medianos y pequeños propietarios 14 %
En tierras ajenas 7 %

Establecimientos rurales de Buenos Aires con y sin esclavos
1726
Con esclavos: 5%
Sin esclavos: 95%
1744
Con esclavos: 12%
Sin esclavos: 88%
Total
Con esclavos: 15%
Sin esclavos: 85%

  Si se comparan los números de los dos primeros cuadros con los obtenidos por Carlos
Mayo para el período 1740-1820 (sobre un total de 66 establecimientos seleccionados, 41
poseían esclavos, los cuales totalizaban 164 entre hombres y mujeres -90 y 74
respectivamente-, dando como resultado que el 62% tenían esclavos)51, las conclusiones
resultan algo contradictorias. Esto se debe a varios aspectos: en primer lugar, el autor
seleccionó únicamente 66 unidades productivas caracterizadas como estancias para un período de tiempo mucho más largo. Por lo tanto, es normal que la concentración tanto en
la existencia de esclavos como en el porcentaje de los mismos por lugar sea mucho más alta
que tomando todos los establecimientos, en mucho de los cuales no había esclavos o eran
muy pocos. Por su parte, Moreno sostuvo a partir de los datos expuestos en el último
cuadro que había más grandes establecimientos con esclavos que pequeños y medianos, lo
cual sigue abierto a discusión. Lo que muestran los últimos 3 gráficos es que, a lo largo del
período aquí estudiado, fue creciendo en proporciones moderadas el porcentaje de
establecimientos del campo que utilizaban mano de obra esclava. 
  En lo que toca a los trabajos que desempeñaban y las condiciones de vida, todo era muy
variable. Además, tenían que ver con la existencia o no de manumisión para el esclavo, con
las características de la explotación rural en donde trabajaran, etc. Según Fradkin y
Garavaglia, las chacras52 cercanas al mercado urbano se concentraban en la producción de
cereales y contaban con mano de obra esclava como algo predominante53. En estos
establecimientos, la mano de obra esclava, al parecer, no era demasiado abundante en
número por explotación, aunque sí estaba presente en una considerable cantidad de las
explotaciones, y aparentemente se produjeron variaciones durante este período, al igual que
con las estancias poseedoras de esclavos:

Unidades productivas (UP) con esclavos (1726)54
Tipo de UP Nº de UP  Con esclavos  Promedio de UP
Chacras      61             10                    16,39 %
Estancias   143            7                      4,89 %

Unidades productivas (UP) con esclavos (1738)55
Tipo de UP  Nº de UP  Con esclavos  Promedio de UP
Chacras        36              11                    30,55 %
Estancias      56              25                    44,64 %

Unidades productivas (UP) con esclavos (1744)56
Tipo de UP  Nº de UP  Con esclavos  Promedio de UP
Chacras        194            33                    17 %
Estancias      185            43                    23,24 %

  A partir de estos datos, surgen algunas conclusiones provisionales sobre dicho aspecto: en
comparación al número de UP, las que poseían esclavos no eran la mayoría, ni en el caso de
las chacras como en las estancias. A su vez, hay que resaltar el cambio de tendencia que se
produjo según los datos obtenidos de los padrones, siendo que en un primer momento la
concentración era mayor en las producciones agrícolas, y con un posterior aumento en los
establecimientos más bien orientados hacia la ganadería. Sin embargo, también surgen
dudas que no hay que pasar por alto, como por ejemplo la disminución del nº de
establecimientos registrados en ambos tipos de propiedad territorial, lo cual resulta al
menos curioso. Se desconoce el motivo por el cual se produjo una disminución tan
importante de chacras y estancias y un aumento considerable de las unidades registradas
bajo otras denominaciones como ‘‘ranchos’’, lo cual no habla directamente sobre las
características de la explotación y hace de las cifras algo inexactas aunque representativas
para los intereses de esta investigación.
  Para los últimos autores citados, la importancia que tenían los esclavos (vale aclarar, no
numérica) se debía a que había tierras disponibles en abundancia, por lo que era
complicado mantener sujetos a los peones y jornaleros en forma más o menos
permanente57. La misma idea es sostenida por Jorge Gelman, quien a partir de analizar el caso correspondiente a la región comprendida por Colonia, Víboras y Santo Domingo
(ubicada en la Banda Oriental), llegó a la conclusión de que la mano de obra libre en forma
permanente era inestable por la demanda estacional que condicionaba el movimiento de la
misma, concentrándose en determinados períodos del año –según las actividades
predominantes- los ingresos y egresos del establecimiento productivo58.
  Respecto a las tareas y trabajos reservados para los negros, mulatos y esclavos, parece ser
que eran bastantes y diversas: desollaban el ganado, estaqueaban los cueros, recolectaban la
carne, domaban caballos, estaban presentes en la yerra y los apartes, desempeñaban tareas
agrícolas (siega, trilla, etc.), cultivaban en huertas, entre otras cosas. En definitiva, se los
conoce como funcionales a las distintas actividades de la estancia rural rioplatense59. En su
detallado estudio sobre la estancia betlemita de Fontezuela (entre 1753-1809), Tulio
Halperín Donghi comprobó la coexistencia entre la mano de obra libre y la esclava,
predominando la compra como forma de adquisición de esclavos, y aparentemente este tipo
de fuerza de trabajo era preferible por sobre la asalariada, que más bien se constituyó como
complemento60. Quizás esto se debiera no solamente a la movilidad tan amplia que tenían
los trabajadores libres, sino también al alto costo que representaban los salarios de los
peones, lo cual puede distinguirse a través de unos datos muy importantes relevados por
dicho historiador, más los siempre interesantes testimonios que nos brindan fuentes como
los inventarios de estancias y sucesiones. 

Salario de los peones de la estancia de Fontezuela durante 10 años (1756-1765)61
Año                     Salarios (en pesos)
1756                    300 ½
1757                    498,4
1758                    160,4
1759                    267,7
1760                    256,7
1761                    626,4
1762                    62
1763                    14
1764                    280
1765                    293

Valor de los esclavos de la estancia (1783)62
Nº Esclavos  Valor total Promedio
10 2350         235

  En las fuentes consultadas aparecen algunos datos en relación a esto. Joseph Reinoso tenía
3 esclavos (2 varones y una mujer), más una negra llamada Lucía que estaba valuada en 52
pesos, y entre sus deudas figuraban 50 pesos por la adquisición de otra negra63. La
diferencia de precios que había entre algunos esclavos y otros puede verse muy claramente
entre las posesiones del Capitán Marcos Rodríguez. Entre las mismas, una negra llamada
María de 40 años, un negro de 40 años valuado en 260 pesos, otro muy viejo de 50 pesos64.
  La variación en los valores monetarios se debía, aparentemente, en las características de los
esclavos, las cuales aparecen bien resaltadas en las fuentes, como por ejemplo entre los que
tenía Antonio Ruiz de Arellano: un negro esclavo de 40 años llamado Juan, un mulato de
18 años llamado Felipe, una ‘‘mulatilla’’ de nombre María con 19 años, una esclava ‘‘de pechos’’ y a Juana, una mulata de 15 años.65. Lo que daba el valor era su utilidad para el trabajo, lo cual estaba condicionado por el sexo, la edad y el físico: en 1726 se discutió sobre la necesidad y conveniencia de comprar un esclavo mulato a 330 pesos por ser hábil y necesario para la fábrica, el cual finalmente fue adquirido con el dinero de la fábrica por parte del diputado a su dueño don Pablo González66; nueve años más tarde se presentó un memorial por don Jacinto de Aldao en el cual pedía la alcabala correspondiente a la venta de 5 esclavos que la Ciudad vendió a 1250 pesos67; durante el año próximo anterior el Alcalde de Segundo Voto dio razón de que había vendido un negrito llamado Luis a 200 pesos68 . En síntesis, tanto para el ámbito rural como para los esclavos que circulaban en las transacciones comerciales de la ciudad, parece que los varones adultos (jóvenes) tenía una consideración económica superior a las mujeres y ancianos, además de la utilidad que tuviera cada uno, lo cual era un parámetro importante.

Los negros y mulatos libres 
  Entre los negros libres también había distintas realidades. Bien podían ser peones, criados,
agregados e inclusive llegar a ser capataces de estancia, promovidos a partir de la madurez
o de la confianza que les tuviera el amo69. Había negros que desempeñaban trabajos
públicos en la ciudad y ‘‘recibían’’ un salario a cambio, como el pago de los 7 meses que el
escribano del Cabildo pidió por el negro Joseph, de su propiedad, quien había trabajado
como pregonero y para lo cual se le habían prometido 40 pesos al año, de los cuales se le
libraron solamente veinticinco70. Dentro de las producciones rurales, la situación era
bastante diversa entre los integrantes de estos grupos: existieron negros (seguramente libres) que recibían salarios por parte de sus patrones, como fue el caso de Lorenzo,
‘‘Pascualito’’, Bernardo y ‘‘Tomasillo’’, que estaban bajo el mando de don Miguel de
Riblos. Al primero se le debían pagar, según el testamento, 4 pesos y 3 reales, mientras que
‘‘Tomasillo’’ recibiría ‘‘otros tantos pesos’’, y los dos restantes algunos pañetes71; Jacinto de
Rocha, un mulato libre proveniente de Córdoba, se conchabó en una de las estancias de
Riblos en Areco a razón de 7 pesos anuales, de los cuales debían pagársele 3 pesos en plata,
una camisa, platilla, pañetes, bayeta, unas espuelas grandes, 4 libras de yerba y 4 de tabaco,
2 cuchillos, cintas y un sombrero 72. Juan Puno, llegado de Santa Fe en 1727, recibió pago
en bayeta, 3 pesos en plata, 3 cuchillos, paños, cintas, platilla, seda, hilo, 4 libras de tabaco,
etc.73. Por su parte, Juan de Rocha, mulato libre y casado, estaba instalado en casa del
capataz y se conchabó por 3 meses, recibiendo 13 pesos y 3 reales en plata hasta el tiempo
en el cual huyó de las estancias74. El caso de los negros conchabados de Riblos sirve para
ilustrar varias cuestiones: en primer lugar, la fuerte presencia, al menos aquí puntualmente,
de un salario pagado fundamentalmente en ropa, herramientas, textiles, especies, etc., sobre
un pago en plata mínimo; en segundo término, que el salario entre los trabajadores
‘‘comunes’’ era más o menos parejo en cantidad y formas de pago; había algunos
desempeñados como capataces que recibían un salario considerablemente más elevado (y
en plata) que el resto, como fue el citado Juan de Rocha.
  Aparte, estaban aquellos que lograban escalar aún más en términos socioeconómicos. Tal
fue la situación de un tal Pedro, un pardo libre entre cuyos bienes se encontraron una
imagen de Nuestra Señora del Rosario, un hacha, una olla de hierro, una carreta con 6
bueyes, 116 vacas (dentro de las cuales había 4 lecheras), unos estribos de bronce, 36 yeguas vendidas a 1 ½ real por cabeza, 3 manadas más de yeguas supuestamente alzadas,
una caja de herraduras, 4 caballos mansos a cargo del capataz don Joseph de Arellano y 2
cabezas de arados con rejas. Por otra parte, se menciona que era propietario de una estancia
y una chacra75. Aquí hay varios datos a resaltar: primeramente, la diversidad de bienes,
entre ellos de ganados, lo cual habla de distintas prácticas productivas emprendidas por el
sujeto analizado (cría de mulas destinadas fundamentalmente al mercado minero, caballos
posiblemente utilizados como animales de carga o en actividades agrícolas, herramientas
para este tipo de trabajos, ganado vacuno, etc.); segundo, la posesión de carretas, lo cual es
indicio de cierta actividad comercial; por último, como algo a mencionar, aquellas
representaciones como la de la Virgen, que se corresponden a la influencia cultural y
religiosa del Catolicismo sobre todos los sectores de la sociedad.
  Aquí podría citarse también como similar el caso del Capitán Fermín Pesoa76, antiguo
esclavo de don Miguel de Riblos, quien en el padrón de 1744 aparece administrando
considerables extensiones de tierras (que anteriormente pertenecían al finado Riblos) para
chacras en el pago de Escobar (un total de 54 unidades productivas), lo cual es un caso
atípico para la época y el contexto social, además de encontrarse varios mulatos,
provincianos, criollos y ‘‘españoles’’ pagándole un arrendamiento77.
  Pero no todos los negros eran peones o propietarios, como en este último caso, sino que
también los había en diferentes situaciones de dependencia respecto a otros propietarios. El
Capitán Bernardino de Rocha, de La Matanza, tenía como agregados a 3 indios y un mulato
proveniente de Córdoba78; en la propiedad del entonces difunto Bernardino de Acosta
vivían, además de 6 esclavos, 2 agregados (un mestizo del Paraguay y un pardo)79; la viuda de Pedro Cruz, en Los Arroyos, tenía a 2 negros viviendo con ella80; don Nicolás de
Echeverría, además de 3 esclavos, contaba con una parda y una mulata viviendo con él81;
don Diego Sorarte tenía 10 esclavos y un ‘‘mulatillo’’ que vivía de su trabajo82. A simple
vista, parece que en los establecimientos solían coexistir tanto negros sometidos a la
esclavitud como libres, lo cual aparece en todos los casos mencionados. Muchos de estos
negros socialmente segregados solían estar en situaciones de dependencia como la
agregación, la cual consistía a grandes rasgos en una relación de dependencia informal y no
escrita entre el dueño de la tierra y el agregado, según la cual el primero se comprometía a
dar una porción pequeña de tierras al segundo a cambio de un canon pagado
fundamentalmente en trabajo83.
   Según los datos del padrón de 1744, parece ser que este grupo era bastante importante en
los establecimientos productivos, sobre todo en los grandes, y más si se comparan con los
promedios de esclavos y negros anteriormente calculados. Los números entre ambos grupos
resultan parejos: las grandes explotaciones contaban con 4,9 agregados cada una, mientras
que las medianas y pequeñas 2,7 por unidad productiva84.
   Respecto a las tareas, también iban desde las recogidas de ganado hasta la cosecha del
trigo, pasando por la labranza, los tejidos (fundamentalmente mujeres), etc., a cambio no
solo de tierras, sino también comida, animales, diversos efectos, ropa, entre otras cosas85. En resumen, no parece haber mucha diferencia con el salario que recibían los negros libres que funcionaban como peones, sobre todo en la conformación del mismo86.
  Para cerrar este último apartado, hay que decir que existieron negros, mulatos y esclavos
que vivieron distintas realidades en la campaña, lo cual pudo denotarse a partir de las
fuentes trabajadas: estaban los esclavos, los que vivían y trabajaban como agregados o
arrimados, los peones asalariados, e incluso aquellos que llegaban a capataz o
‘‘hacendado’’87. Esta conclusión provisional puede considerarse a discusión para la segunda
mitad de la centuria en cuestión, al menos en algunos puntos de la campaña de Buenos
Aires: por ejemplo, los mulatos hacendados de Areco hacia 1789 sumaban un total de 83
vacas, 97 caballos y 115 ovejas, y un promedio de 16 animales cada uno88, al mismo tiempo
que estaban los que no tenían siquiera una casita o un rancho89. Ese mismo año en Cañada
de la Cruz también fueron registradas diferentes realidades: Tadeo de Ojeda, un pardo, era
capataz de las estancias de doña Isabel Gil, encontrándose a cargo de 500 varas de frente y
legua y media de fondo, con 2000 cabezas de vacunos, 500 ovejas, 1000 yeguas y 60
caballos90; por su parte, otro llamado Marcelo Ramírez no tenía tierras, ovejas, bueyes ni
yeguas, contando con 40 vacas y 4 caballos como únicos bienes91; Joaquín Ortiz contaba con ‘‘mil varas de tierras de sobras de cabezadas’’, 40 vacas, 12 caballos y 5 bueyes con su
marca92; mientras que Luis Berna, quien había llegado desde Santiago del Estero para
agregarse, no poseía ni tierras ni ganados, ni propiedad alguna, por lo que fue marcado
como ‘‘perjudicial para el vecindario’’93. Los casos y las diferencias abundan, apoyando la
hipótesis planteada al principio. Sería interesante continuar investigando y debatiendo sobre
estas cuestiones a nivel local y regional, al mismo tiempo que resulta necesario un análisis
comparativo entre distintos recortes temporales y regionales. 



Conclusiones 
  A partir del análisis y la puesta en juego de distintos testimonios, casos y fuentes
documentales, se han alcanzado algunas conclusiones de importancia, siguiendo los ejes
planteados para esta exposición (las diversas realidades de esclavos y negros marginados en
la ciudad y el campo, su importancia para las prácticas productivas, el interés de los vecinos
y las autoridades locales): 
 Los negros, mulatos y esclavos tuvieron distintas funciones en la ciudad: desde la
construcción en obras públicas hasta las tareas religiosas, pasando por el servicio
doméstico en las viviendas particulares y distintos oficios (zapateros, sastres,
trabajadores en atahonas, pulperos y tenderos, asistentes, etc.).
 Hubo también quienes desempeñaron funciones públicas (como los pregoneros) y
de defensa (milicianos, sobre todo en zonas de frontera como Santa Fe).
 La intervención capitular parece que era bastante amplia, tanto en Buenos Aires
como en Santa Fe: nombramiento de vecinos accioneros para el ganado cimarrón,
organización de recogidas, regulación del mercado local, ajustes de cueros, trato con
los asientos negreros, redistribución de esclavos por el territorio, control sobre la
población ‘‘negra’’, obras públicas y religiosas, armado de milicias, reparación de
fuertes y edificios, entre otras cosas. 
Aparentemente la presencia de esclavos y otros negros segregados fue más fuerte en
Buenos Aires que en Santa Fe. Si bien contamos con un espectro mucho más amplio
de fuentes para la primera de dichas jurisdicciones, si se comparan los acuerdos
capitulares en ambos casos puede apreciarse la misma conclusión.
 En el contexto rural existieron diferentes funciones y formas de vida para los
‘‘negros’’: propietarios libres e independientes, esclavos, agregados o arrimados,
peones asalariados, capataces, e incluso hasta ‘‘hacendados’’.
 Estos sectores fueron importantes para la economía, fundamentalmente como mano
de obra en los establecimientos productivos, tanto en chacras (destinadas
fundamentalmente a los cereales y el mercado local) como en estancias
(principalmente ganaderas, con todas las alternativas productivas y comerciales que
ello implicaba).
 Pareciese existir una relación de complementariedad entre peones libres y esclavos,
más que una clara supremacía de un tipo de fuerza de trabajo sobre el otro. Más
bien sería conveniente seguir la idea de que las diferentes formas de mano de obra
eran necesarias para la producción agropecuaria. 

Bibliografía
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colonial. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro.
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 Djenderedjian, J. (2003). ‘‘¿Peones libres o esclavos? Producción rural, tasas de
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Plata. Los establecimientos productivos (I). Buenos Aires, Centro Editor de
América Latina, pp. 67-81.
 Mayo, C. (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires,
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 Milletich, V. (2000). ‘‘El Río de la Plata en la economía colonial’’, en Tandeter, E.
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 Presta, A. M. (2000). ‘‘La sociedad colonial: raza, etnicidad, clase y género. Siglos
XVI y XVII’’, en Tandeter, E. (Director). Nueva Historia Argentina. La sociedad
Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, pp. 55-85.
 Rosal, M. A. (2011). ‘‘Modalidades del comercio de esclavos en Buenos Aires
durante la tercera década del siglo XVII’’, en Estudios Históricos, CDHRP, Año III,
Nº 7. 

Fuentes
Archivo General de la Nación (AGN), Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos
Aires.
 AGN, Tribunales, Sucesiones.
 Academia Nacional de la Historia (ANH). Documentos para la Historia Argentina.
Tomo X. Padrones de la Ciudad y campaña de Buenos Aires (1726-1810). Padrón
de 1726.
 ANH, Padrón de 1738.
 ANH, Padrón de 1744.
 Archivo General de la Provincia de Santa Fe (AGPSF), Actas del Cabildo de Santa
Fe (ACSF).

Notas
1 Profesor en Historia egresado de la Universidad de Morón (UM) y Especialista en Ciencias
Sociales con mención en Historia Social de la Universidad Nacional de Luján (UNLu). Actualmente 
se encuentra realizando la Maestría en Ciencias Sociales con mención en Historia Social en la 
misma institución. 
2 Es preciso y necesario aclarar que las fuentes capitulares de Santa Fe son utilizadas como
ejemplos y a modo de comparación con algunos aspectos de lo analizado para Buenos Aires, ya que
se ha podido disponer de un corpus documental mucho más amplio para este último caso. 
3 Presta, A. M. (2000). ‘‘La sociedad colonial: raza, etnicidad, clase y género. Siglos XVI y XVII’’,
en Tandeter, E. (Director). Nueva Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, pp. 57-59.
4 Ibídem, p. 83.
5 Areces, N. (2000). ‘‘Las sociedades urbanas coloniales’’, en Tandeter, E. (Director). Nueva
Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, p. 174. 
6 Milletich, V. (2000). ‘‘El Río de la Plata en la economía colonial’’, en Tandeter, E. (Director).
Nueva Historia Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
p. 230.
7 Se hace referencia a las expediciones organizadas por autoridades y vecinos en búsqueda del
ganado vacuno cimarrón para cazarlo y obtener el cuero.
8 Fradkin, R. (2000). ‘‘El mundo rural colonial’’, en Tandeter, E. (Director). Nueva Historia
Argentina. La sociedad Colonial. Tomo II, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, p. 267.
9 Ver Mayo, C. (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires, Editorial
Biblos. 
10 Presta, A. Op. Cit., p. 80.
11 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009). La Argentina colonial. El Río de la Plata entre los siglos
XVI y XIX. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, p. 154.
12 Rosal, M. A. (2011). ‘‘Modalidades del comercio de esclavos en Buenos Aires durante la tercera
década del siglo XVII’’, en Estudios Históricos, CDHRP, Año III, Nº 7, p. 2. 
13 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 196.
14 ANH, Documentos para la Historia Argentina, Tomo X, Padrones de la ciudad y campaña de
Buenos Aires (1726-1810), Padrón de 1738, p. 197.
15 Ibídem, pp. 204-205.
16Ídem.
17 Rosal, M. A. Op. Cit., p. 11.
18 AGPSF, ACSF, Tomo VIII, ff. 8-9b. 
19 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 637.
20 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, Libros XXI, XXII y XXIII, p. 570.
21 AGPSF, ACSF, Tomo X ‘‘A’’, ff. 186-187b.
22 AGPSF, ACSF, Tomo XI, ff. 145-145b.
23 AGPSF, ACSF, Tomo X ‘‘B’’, ff. 387-388b.
24 Presta, A. M., Op. Cit., p. 80. 
25 Areces, N. Op. Cit., p. 175; Rosal, M. A. Op. Cit., p. 11.
26 Presta, A. M., Op. Cit., Ibídem.
27 Gutiérrez Azopardo, I. (2008). ‘‘Las cofradías de negros en la América hispana. Siglos XVIXVIII’’,
en www.africafundacion.org (Blog académico), pp. 1-2.
28 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXIII y XXIV, p. 305.
29 ANH, Padrón de 1738, p. 280.
30 Ibídem, p. 271. 
31Ibídem, p. 263.
32 Ibídem, p. 264.
33Ibídem, pp. 266 y 273.
34 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 442.
35 AGPSF, ACSF, Tomo VII, ff. 271-273b.
36 Se denomina ‘‘espacio peruano’’ a todo el inmenso territorio que la minería altoperuana fue
gestando entorno a sí misma como polo de atracción y organización de las economías regionales.
Ver en Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 41. 
37 Consistía en contratos monopólicos a partir de los cuales el que lo recibía debía cumplir con la
introducción de una determinado número de esclavos a cambio de un período de años establecidos
para comerciar con el puerto.
38 Milletich, V. Op. Cit., pp. 231-232.
39 AGN, AECBA, Serie II, Tomo II, Libro XV, pp. 628-629 y 641.
40 AGN, AECBA, Serie II, Tomo III, Libros XVI y XVII, p. 226.
41 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXIII y XXIV, p. 20. 
42 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, Libros XXI, XXII y XXIII, p. 171.
43 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, Libros XXIV y XXV, p. 411.
44 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 96. 
45 Djenderedjian, J. (2003). ‘‘¿Peones libres o esclavos? Producción rural, tasas de ganancia y
alternativas de utilización de mano de obra en dos grandes estancias del sur del litoral a fines de la
colonia’’, en Terceras Jornadas de Historia Económica, Asociación Uruguaya de Historia
Económica, p. 2; Mayo, C. Op. Cit., pp. 135-136; Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. Op. Cit., p. 96.
46 Djenderedjian, J. Op. Cit., p. 7.
47 Mayo, C. Op. Cit., pp. 135-136.
48 ANH, Padrón de 1726, pp. 143-187.
49 ANH, Padrón de 1738, pp. 188-327.
50 ANH, Padrón de 1744. Fuente trabajada en Moreno, J. L. (1989). ‘‘Población y sociedad en el
Buenos Aires rural a mediados del siglo XVIII’’, en Desarrollo económico, Vol. 29, Nº 114, p. 274. 
51 Mayo, C. Op. Cit., p. 41. 
52 Garavaglia establece muy bien la diferenciación entre los establecimientos productivos rurales
del siglo XVIII. Respecto a las chacras, define a éstas como unidades productivas dedicadas
mayormente a la producción agrícola, tanto forrajera y hortícola como triguera, y por lo general
estaban ubicadas cerca del ejido de la ciudad. Ver Garavaglia, J. C. (1999). Pastores y labradores
de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830. Buenos Aires,
Ediciones de la flor, pp. 159-164.
53 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C. Op. Cit., p. 96.
54 ANH, Padrón de 1726, pp. 143-187. 
55 ANH, Padrón de 1738, pp. 188-327.
56 ANH, Padrón de 1744, pp. 509-709.
57 Fradkin, R. y Garavaglia, J. C., Op. Cit., p. 97. 
58 Gelman, J. (1993). ‘‘Nuevas perspectivas sobre un viejo problema y una misma fuente: el
gaucho y la historia rural del Río de la Plata’’, en Fradkin, R. (Compilador). La historia agraria del
Río de la Plata. Los establecimientos productivos (I). Buenos Aires, Centro Editor de América
Latina, p. 128.
59 Mayo, C. Op. Cit., pp. 139-141.
60 Halperín Donghi, T. (1993). ‘‘Una estancia en la campaña de Buenos Aires, Fontezuela, 1753-
1809’’, en Fradkin, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata. Los establecimientos
productivos (I). Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 54-59. 
61 Halperín Donghi, T. Op. Cit., p. 55. Vale la pena aclarar que se el cuadro original contiene los datos del
período 1756-1808, y que solamente se han tomado 10 años por resultar lo suficientemente necesarios para
este trabajo, y porque no es la idea extenderse mucho más allá de mediados de siglo.
62 Los datos de dicho año fueron tomados para hacer un pequeño paralelo con los de nuestro
recorte temporal.
63 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, pp. 4-5b y 22b.
64I bídem, pp. 11b-12. 
65 Ibídem, pp. 19b-20.
66 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, Libros XVIII y XIX, p. 637.
67 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXI y XXII, p. 181.
68 Ibídem, p. 102.
69 Mayo, C. Op. Cit., p. 140. 
70 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, Libros XXI y XXII, p. 252.
71 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8122, p. 1.
72 Ibídem, pp. 6b-7.
73 Ibídem, pp. 7b-8.
74 Ibídem, p. 14. 
75 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5337, pp. 4-4b.
76 El caso de este liberto fue analizado más puntualmente en Birocco, C. (2014). ‘‘Fermín de Pesoa,
liberto’’, en Apuntes. Estudios histórico-sociales de Buenos Aires, pp. 1-21.
77 ANH, Padrón de 1744, pp. 326-335.
78 ANH, Padrón de 1726, p. 172. 
79Ibídem, p. 173.
80 ANH, Padrón de 1738, p. 321.
81 ANH, Padrón de 1744, p. 335.
82 Ibídem, p. 333.
83 Mayo, C. Op. Cit., pp. 73-74.
84 ANH, Padrón de 1744. Ver otras interpretaciones sobre el mismo tema y a partir de la misma fuente en
Moreno, J. L. Op. Cit., p. 276.
85 Mayo, C. Op. Cit., pp. 74-75.
86 Para elaborar sus conclusiones, el autor analizó fuentes obtenidas del Juzgado del Crimen
(Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires) y Solicitudes Civiles (AGN, Sala IX).
87 Se hace referencia a un propietario de ganado, indistintamente de la cantidad de cabezas que
tuviera.
88 Censo de Hacendados (1789), citado en Mayo, C. Op. Cit., p. 79.
89 Ibídem.
90 Padrón de Hacendados del partido de Cañada de la Cruz (1789), en Azcuy Ameghino, E. (1996).
Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial. Buenos Aires, Fernando García
Cambeiro, p. 229.
91 Ídem. 
92 Ibídem, pp. 234-235. 
93 Ibídem, p. 236.





sábado, 13 de mayo de 2017

''El Cabildo de Buenos Aires y la economía rural: las recogidas de ganado y el abasto dentro de su jurisdicción, 1723-1750'', en Carta Informativa XXXVII de la Junta de Estudios Históricos del Partido de La Matanza, UNLaM, Julio de 2015, pp. 7-42. ISSN 1852-2483

Indagaciones históricas

Artículo de investigación1 

El Cabildo de Buenos Aires y la economía rural: las recogidas de ganado y el abasto dentro de su jurisdicción, 1723-1750 
Mauro Luis Pelozatto Reilly 2

Resumen 
 El siguiente trabajo consiste en un análisis de las medidas políticas tomadas por el Cabildo de Buenos Aires entre 1723 y 1750 dentro de su jurisdicción, orientadas fundamentalmente a la provisión del mercado de la ciudad y la producción rural, tanto para el ámbito interno como para la exportación. En el mismo se tendrán en cuenta las características de las decisiones tomadas regularmente por los alcaldes en dichos territorios, analizando también las características de las diferentes explotaciones rurales, con el objetivo de apreciar el grado de importancia que tenía, en ese entonces, dicha producción y sus resultados para la población urbana y rural.

Palabras claves 
Cabildo de Buenos Aires – recogidas de ganado – abasto de carne – cueros – economía rural 

Problema
  Si uno recorre las zonas rurales del territorio que corresponde hoy en
día a la Provincia de Buenos Aires, o si se remonta aún más en el
tiempo, leyendo las descripciones de algunos de los innumerables
trabajos que se han realizado sobre historia rural (e inclusive si toma los
manuales de historia ‘‘tradicionales’’), o bien si lee algún pasaje de la
literatura gauchesca decimonónica, es prácticamente imposible pasar
por alto una cosa: el carácter fundamentalmente rural de la región
bonaerense, llamada convencionalmente ‘‘pampeana’’, al menos hasta
bien entrado el siglo XVIII. Éstas características ambientales se
corresponden con la organización de su economía y de la población
durante la primera mitad del siglo XVIII. En ese contexto, para las
poblaciones del Litoral Rioplatense (y en el caso de este estudio, las de la
jurisdicción del Cabildo de Buenos Aires), la producción rural era
fundamental, tanto para el abastecimiento de productos centrales en la
alimentación y el consumo cotidianos (carne, grasa, sebo, etc.), como
para la obtención de bienes primarios comercializables en otros puntos y
regiones del Virreinato del Perú (como por ejemplo el ganado en pie –
tanto mular como vacuno­ que se vendía en los mercados del Norte),
como también así para la exportación (primordialmente cueros, que
para la época que se desea analizar aquí, constituían –aunque muy por
debajo de la plata altoperuana­, el principal producto rural de
exportación desde el puerto de Buenos Aires). Por eso se ha elegido
estudiar, a partir de esta idea, las medidas del Cabildo de Buenos Aires

con respecto a la ganadería vacuna.
  La problemática sobre la cual gira el presente proyecto de
investigación consiste, justamente, en poder apreciar e interpretar
analíticamente las medidas tomadas por los funcionarios capitulares (alcaldes representantes del gobierno municipal) precisamente sobre las prácticas más importantes en la economía rural de la época: organización de las recogidas de ganado, la otorgación de licencias para hacer matanzas y productos derivados, entre otras, las cuales serán desarrolladas más adelante. Por otra parte, es necesario entender a estas órdenes y decisiones como medidas de alcance local, emitidas justamente para resolver cuestiones locales: la producción ganadera en los diferentes pagos pertenecientes a la jurisdicción y las necesidades de los vecinos que a ésta correspondían, como motor principal para dichas medidas gubernamentales.

Antecedentes
  En la actualidad se dispone, lamentablemente, de pocas
investigaciones consistentes cuyas temáticas principales sean el
Ayuntamiento de Buenos Aires y las medidas que se tomaban desde allí
sobre la organización y regulación de la producción y el comercio
pecuarios. La gran mayoría de los autores y especialistas que han
estudiado acerca de esta región, aunque no lo hicieron precisamente
sobre el tema tratado en este proyecto (historiadores que se
especializaron en la región y sus características durante la Época
Colonial), coinciden en la importancia que siempre han tenido sus
condiciones ambientales y climáticas, en el marco de una economía
principalmente agrícola­ganadera. Comparten también en que se trata (y
siempre se ha tratado), de una amplia región con ‘‘subregiones’’ muy
diversas (las zonas más cálidas del Norte de la Provincia, las serranías
de Tandil, las grandes extensiones de llanuras, etc.). Sin dudas, se habla
en este caso de un espacio apto para las prácticas agrarias y pecuarias,
tanto por su clima como por la enorme disponibilidad de tierras, que
había sobre todo en el período que se analizará en este artículo. Según Jorge Gelman y Juan Carlos Garavaglia, quienes sostienen la medular
importancia de la zona para la economía, ‘‘el desarrollo del agro
pampeano no se inicia de golpe, como resultado de un cambio
institucional3, sino que se trata de un lento proceso, que se abre paso
durante el período colonial adaptándose a una serie de condiciones de
Antiguo Régimen y que se consolida en el siglo XIX, incorporando las
novedades, pero manteniendo una serie de rasgos que supo construir a
largo plazo’’4. Se trae esta cita porque tiene que ver con el objeto de
estudio de este trabajo: observar, en primer lugar, las medidas tomadas
por el Cabildo de Buenos Aires sobre la producción pecuaria dentro de
las actividades productivas a nivel local y regional hacia mediados del
siglo XVIII, en el marco del ‘‘Antiguo Régimen’’ 5, basadas
fundamentalmente en las explotaciones de productos agropecuarios
para diversos fines, las cuales supieron desarrollar ciertos rasgos que
perduraron en el futuro de la economía rioplatense y luego argentina.
  Sin embargo, planteos de otros historiadores como Tulio Halperín
Donghi y Carlos Mayo, motivan a investigar más a fondo acerca de las
características del espacio rioplatense (y las áreas locales que lo
componen) y su economía durante la época de la colonia. Ambos
coinciden, en que lejos de ser próspera y de producción abundante, la
‘‘pampa’’ bonaerense no era, promediando el siglo XVIII, ‘‘la principal
zona ganadera del litoral ni, al parecer, la más apta. Era inútil buscar en la llanura colonial bonaerense la prosperidad y el rol protagónico que
luego, andando el siglo XIX, llegaría a tener’’ 6. Por su parte, Juan Carlos
Garavaglia afirma que Buenos Aires, era hasta bien entrado el siglo
XVIII, una pobre aldea, rodeada por una abundante tierra fértil, un
clima y un régimen hídrico muy favorables para la cría de grandes
animales y la producción de cereales7. Este trabajo tratará de tener en
cuenta estas características a la hora de llevar a cabo el análisis de las
medidas tomadas por el Ayuntamiento de Buenos Aires en relación a las
prácticas económicas ganaderas que se podían denominar importantes
para todos los vecinos en este marco. Es por eso que las resoluciones y
órdenes de los cabildantes se analizarán bajo dos ejes centrales: a) las
recogidas de ganado y el abasto de la ciudad; y b) la producción de
cueros para el comercio de exportación, haciendo mayor hincapié sobre
el primero, debido a su importancia para la economía y sociedad locales.

Hipótesis y objetivos
  La hipótesis central de este trabajo consiste en afirmar que:
El Cabildo de Buenos Aires funcionó, durante el período analizado
(1723-1750), como una institución activa en lo que respecta a la toma
de medidas políticas económicas, regulando la explotación y
distribución del ganado.
  Para la realización de esta investigación y para tratar de comprobar
la hipótesis anteriormente formulada, se han planteado los siguientes objetivos de trabajo:
 Describir y analizar las diferentes funciones del Cabildo de Buenos
Aires como organizador y regulador de la producción rural.
 Detallar y examinar, desde una perspectiva histórica, las distintas
medidas reguladoras llevadas a cabo por esta institución, haciendo
hincapié en las vinculadas a la producción y el consumo de
productos pecuarios.
 Explicar la importancia del ganado y la propiedad/usufructo sobre
el mismo para los vecinos de la jurisdicción.
 Elaborar algunas conclusiones acerca de la importancia de éstas
actividades productivas, tanto para el gobierno municipal como
para la población.
 Identificar y analizar algunos de los problemas vinculados a la
elaboración de productos rurales, y cómo el Ayuntamiento trató de
compensarlos.

Metodología y fuentes
  Desde el punto de vista metodológico, esta investigación se
concentrará, casi exclusivamente, en la recopilación, selección, lectura
crítica y análisis de documentos escritos correspondientes al período
1723­1750, con el fin de llegar a algunas reflexiones sobre el tema. Se
trata de compilados de fuentes históricas oficiales, en el sentido que
muestran directamente lo que ha quedado registrado en las sesiones del
Cabildo de Buenos Aires, y las diferentes correspondencias de
funcionarios locales que llegaban hasta el Ayuntamiento de la ciudad.
Por otra parte, es preciso aclarar el recorte temporal que se hizo: tiene
que ver directamente con la extinción de las vaquerías en esta región del litoral rioplatense (desde 1723 empiezan a ‘‘desaparecer’’ de los
testimonios disponibles las vaquerías ‘‘tradicionales’’), y se ha decidido
finalizar el mismo justo a mediados del siglo XVIII, para no extender
demasiado el mismo, puesto que ya desde la mitad de dicha década, la
jurisdicción capitular de Buenos Aires pierde dominios con los nuevos
Cabildos de Montevideo y Luján, mientras que se consolidaron otro tipo
de prácticas ganaderas de diferente organización y estructuras, como la
estancia colonial y las recogidas de ganado organizadas para diversos
fines como el abasto de carne, hacer corambre para el comercio exterior,
u obtener diferentes efectos para consumo local.



La economía rioplatense hacia la primera mitad del siglo XVIII:
una breve caracterización
La extinción del ganado cimarrón y las recogidas de ganado
organizadas por el Cabildo
  Sin dudas, 1580 es un año central para lo que le compete a este
trabajo, por varias razones: en primer lugar, porque es el año de la
fundación de Buenos Aires (la conocida como ‘‘segunda fundación’’ y
definitiva), la cual pronto se convirtió ‘‘en un puerto de tráfico lícito e
ilícito entre el Atlántico y el camino de Potosí’’8, principalmente como
punto de salida de productos provenientes del interior del Virreinato
del Perú9, con la particular importancia que tenía la plata potosina para
el mercado ‘‘mundial’’. A su vez, el desarrollo del puerto pronto obligó
a las autoridades coloniales de Lima a establecer guarniciones con
mayor regularidad, así como también un Cabildo (gobierno municipal), el cual funcionó desde las primeras décadas del siglo XVII con funcionarios que teóricamente se encontraban por debajo de Su Majestad, el Virrey y el Gobernador. Como consecuencia de esto, se inició ‘‘un proceso de ocupación del Hinterland agrario de la ciudad en función, en primer lugar, de la alimentación de sus habitantes y es así como se forman las primeras chacras trigueras en su inmediata campaña’’10.
  En segundo lugar, junto con la instauración de la ciudad portuaria,
los colonizadores introdujeron ganado vacuno y equino proveniente del
Litoral, el Paraguay y algunos puntos del interior del Virreinato
(Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, etc.). Esto sería crucial para la
configuración del sistema económico colonial y para el crecimiento
agrario de la región rioplatense, siendo la demanda de alimentos y
medios de transporte (destinados a los diversos mercados internos,
desde la ciudad de Buenos Aires hasta Lima y el Alto Perú, pasando por
puntos clave como Córdoba, Salta y el Tucumán), y de algunos
productos para el mercado exterior (sobre todo los cueros de toro), los
elementos dinamizadores del sistema11.
  En lo que concierne a la explotación del ganado, se debe resaltar que,
debido a las características del espacio ‘‘pampeano’’ ya antes
mencionadas, y de dichos animales traídos por los españoles (enorme
abundancia de tierras y de animales, más allá de los condicionamientos
impuestos por los frecuentes períodos de secas), nació el sistema de
ganadería destructiva conocido como ‘‘vaquerías’’, las cuales, básicamente, consistían en la caza del ganado cimarrón 12 y la extracción
de la piel prácticamente en el momento. A su vez, gracias a la dispersión
de las numerosas yuntas como consecuencia de las sequías frecuentes,
podría decirse que la cría ocupaba un lugar muy marginal, ya que el
ganado era librado a pastar y reproducirse libremente. El mismo iba
alejándose de la ciudad buscando mejores pastos y aguadas cada vez
más hacia el oeste, y para recogerlo se debían organizar partidas de
hombres. Según Carlos Mayo, los tiempos de falta de agua fueron
fundamentales para la dispersión del ganado, no solamente a comienzos
del período colonial, sino que los mismos continuaron por lo menos
hasta bien entrado (y durante) el siglo XVIII (el autor menciona registros
de sequías en 1740, 1742, 1760, 1764, 1766 y 1768, mientras que las
décadas de 1770 y 1780 no fueron mejores13).
  Pero todavía a principios del siglo XVIII predominaban las vaquerías, aquellas expediciones de vecinos y peones armados que salían por la campaña en busca del ganado salvaje, práctica que ‘‘tuvo su origen en los animales que huyeron de los rodeos de los conquistadores y sus descendientes y, por lo tanto, nunca fue considerado un bien mostrenco, sino pertenecientes a los vecinos que tenían estancias pobladas cuando aquellos comenzaron a alzarse’’ 14.
  Las primeras explotaciones de este tipo registradas datan de
principios del siglo XVII: ya en 1608 el Cabildo de Buenos Aires
otorgaba permiso para recoger ganado ‘‘alzado’’ a Francisco Maciel,
vecino de la ciudad15; desde 1609, para evitar la matanza indiscriminada,
comenzó a matricular propietarios y reconocerles la acción sobre las
vaquerías16. De esta manera, se ve que ya desde esa época tan temprana,
el Ayuntamiento se ocupaba de regular las matanzas de ganado. Éstas
consistían básicamente en la caza de vacunos (principalmente toros,
puesto que se trataba de no matar a las vacas, para que pudiesen
continuar con la reproducción) a campo abierto, encabezadas por
grupos de jinetes armados, que por lo general comenzaban por cortarles
los tendones de las patas a los animales, con una especie de ‘‘media
luna’’ de metal, para que cayeran y así poder capturarlos fácilmente,
para finalizar con la ejecución y posterior extracción de las pieles. Tulio
Halperín Donghi define muy bien esta forma de usufructuar el bovino
salvaje, refiriéndose al Litoral rioplatense como una región en la cual
‘‘hasta mediados del siglo XVIII ha dominado una ganadería
destructiva, que caza y no cría el vacuno’’ 17.
  Sin embargo, hacia comienzos del siglo XVIII, la extinción del
cimarrón era ya progresiva, como consecuencia (justamente, como
marcaba Halperín Donghi), de la explotación desmedida llevada a cabo
por los pobladores de Buenos Aires, los vecinos de otras provincias y lo arreos realizados por los ‘‘indios’’18, agotándose prácticamente en la
campaña de Buenos Aires promediando la década de 1720. Este
agotamiento daría como resultado la consolidación de nuevas formas de
organizar, matar y aprovechar los derivados del ganado vacuno: las
recogidas organizadas por el Cabildo porteño y los vecinos propietarios,
y el asentamiento de las cabezas de ganado recolectadas en propiedades
territoriales (repoblamiento de estancias). Emilio Coni, en un trabajo
dedicado a las vaquerías, sostiene que la estancia colonial nació como
resultado de la extinción del cimarrón en estos pagos, argumentando
que ‘‘no es aventurado pensar que los vecinos, mientras tuvieron
ganado silvestre en cantidad y a la mano, prestaron poca atención a la
cría del doméstico. Por esto la desaparición de esa clase de hacienda los
encuentra con un stock doméstico sumamente reducido’’19.
  En cuanto a la fecha de finalización de las vaquerías en esta
jurisdicción, no se puede afirmar nada como verdaderamente cierto.
Según Harari, la última vaquería que salió por el puerto de Buenos Aires
fue en 1718, con un total de 20.000 cueros20, los cuales fueron
exportados. Se tienen algunos testimonios que indican la ausencia de
prácticas vaqueras de este tipo en la campaña bonaerense desde 1723:
ese año, se presentó ante el Cabildo una petición del Procurador
General, don Juan de Ribas, en la cual hacía referencia al estado de la
campaña en ese momento y a la escasez de ganado vacuno, pidiendo
que se hiciera una corrida general en las pampas. Teniendo en cuenta que las tierras se encontraban en tiempos de cultivo, los capitulares no vieron conveniente hacer esa recorrida. Se prefirió mandar a cinco personas (tres españoles y dos ‘‘indios’’) para que reconocieran los campos y que luego informaran sobre su estado 21. A fines de ese mismo año, Diego Ramírez Flores presentó una solicitud al Ayuntamiento, pidiendo acción sobre el ganado cimarrón, la cual fue derivada a discusión entre las partes interesadas22, justamente por la falta que había del mismo.
  Por el contrario, también se habla de ‘‘vaquerías’’ con mayor
frecuencia en otros puntos de la jurisdicción, como la Banda Oriental: en
1724 se leyó un memorial de Jorge Burjes en el cual pedía que se
prohibieran las recogidas y matanzas de ganado en la zona de
Montevideo, de la cual era poblador23 ; en 1726, los diputados de la
ciudad de Santa Fe presentaron ante el Cabildo de Buenos Aires un
pedido para que se le aplicaran ,de las próximas vaquerías, 6.500
cabezas en vez de las 6.000 que tenían asignadas, por no ser éstas
suficientes para el abasto de dicha ciudad, la cual se encontraba
haciendo la guerra contra los ‘‘indios infieles’’ que hostilizaban las
estancias de la zona. El Concejo aprobó esta petición estableciendo que
cada comprador debía pagar 5 reales por cabeza de ganado 24. Así, se
aprecia como el gobierno municipal se encargaba no solamente de
asignar el permiso para realizar las vaquerías dentro de sus límites territoriales25, sino también de fijar los precios que cada comprador
debía pagar por unidad. Ese mismo año, ordenó que los encargados de
dos vaquerías que se estaban haciendo en la Banda Oriental le
reintegraran el ganado que había recogido de más26; a fines de 1726, se
trató sobre las diligencias formadas por don Gaspar de Bustamante para
hacer conteo de los vacunos que se habían reunido en la campaña de la
Banda Oriental. Se acordó, de común acuerdo, que se diera voz al
Procurador General sobre dichas diligencias y que se informara lo más
rápido posible al Gobernador y Capitán General, para evitar que se
sigan recogiendo vacas antes de que trajeran las que estaban en exceso 27.
   Empero, hay que tener cuidado con la utilización del término ‘‘vaquerías’’. En los últimos casos citados, sobre todo en el de las recogidas organizadas por don Gaspar de Bustamante, se puede apreciar claramente que no se está hablando de expediciones de caza, sino de grupos de hombres organizados que salían a la campaña oriental en búsqueda del ganado disperso para recogerlo. Sin dudas, ya no se puede hablar del mismo tipo de explotación económica. Evidentemente algo ha cambiado desde 1723 (al menos por lo que dicen los acuerdos), debido a la escasez y progresiva extinción de los bóvidos salvajes en los campos de esta banda28.

Las recogidas de ganado 
  Ahora bien, estas recogidas de ganado se realizaban por diferentes motivos. Según Garavaglia, por dos razones centrales: para abastecer la demanda de carne de la población (urbana y rural) y para extraer los productos duraderos de consumo y exportación (fundamentalmente cueros, sebo y grasa). ‘‘Se constata que, al menos desde 1719, se nos habla del ganado invernado para referirse a los animales que, ya sea que venían desde la campaña bonaerense o desde la Banda Oriental, estaban destinados fundamentalmente al abasto de la ciudad’’ 29. De hecho, en este punto, se podría sostener que el Cabildo se molestaba casi constantemente por dar el abasto de carne y sus derivados para el consumo de la población local. Según las fuentes, sacaba a pregonar (remate) los derechos del abasto de carne a los mejores postores que quisieran hacerse cargo del mismo, es decir, los que ofrecían más y mejores ganados, lo cual bien podría ser indicio de propiedad sobre los mismos por parte de esos vecinos (de hecho, en algunos documentos de la época se habla de ‘‘vecinos criadores’’ o directamente de ‘‘estancieros’’). Con respecto a esta función del Municipio 30, en 1726 se presentó un auto proveído por el Gobernador, que hacía referencia a los pregones otorgados para el abasto de carne en virtud de la postura del capitán Juan de Rocha, por el que mandó que se hiciera cuanto antes el remate del mismo, en la persona que fuera más conveniente para ese fin31. Ese mismo año, don Gerónimo de Escobar pidió licencia para hacer 100 piezas de sebo y grasa en la Banda Oriental en el plazo de dos meses, lo cual le fue concedido, pero con la condición de que trajera esa cantidad para el abasto de la ciudad. También se le dio permiso bajo las mismas obligaciones a don Alonso Suárez, quien no especificó la cantidad que quería producir32. Tiempo más tarde, en 1736, se aprobó la postura del capitán Luis de Giles, al mismo precio en que se remató el año anterior33; en 1739, Antonio Orencio de Águila propuso al Ayuntamiento la mejor postura para el abasto de carne, prometiendo dar la res en pie a 10 reales y el cuarto de res a 2 (dos)34.
  En pocas palabras, el Municipio se encargaba de dar los permisos para hacer matanzas y extraer productos, aunque casi siempre con el condicionante de traer dichos géneros para el mercado citadino. Vale recalcar que no solamente se ocupaba de abastecer la demanda de carne, sino también de otros productos del vacuno: a fines de 1724, Jorge Burjes presentó un pedido para hacer grasa y sebo en Montevideo, prometiendo traer dichos productos para el abasto de Buenos Aires. Teniendo en cuenta las condiciones, los cabildantes decidieron darle licencia por cuatro meses35; ese mismo año, le dieron permiso a Tomás de Soto para hacer sebo y grasa en la Banda Oriental, ya que no había en ese momento un obligado para el abasto de dichos géneros 36; en 1723 el Cabildo trató sobre que era conveniente pedir al Gobernador mandar a romper bando en la Banda Oriental, para que ningún vecino hiciera cueros sin licencia, ni en la campaña de Buenos Aires ni del otro lado del Río de la Plata, aunque le compraran los registros a los miembros del Real Asiento37, ya que una Real Cédula le concedía a la ciudad el derecho de penalizar a quienes lo hicieran38; en 1747 se trató sobre la Real Orden de que Manuel Warnes cargara de cueros el navío francés llamado ‘‘La amable María’’. Se le permitió cargar dicho barco con pieles compradas a productores de Buenos Aires y Montevideo. Esas transacciones serían controladas por el Cabildo, para evitar los robos y daños que solían sufrir los vecinos sobre sus ganados, y para que permitiera solamente hacer matanza a los hacendados y no a gente ‘‘volantona’’39, o sea, aquellos que robaban ganado para vender sus efectos en forma ‘‘clandestina’’.
  Como se puede ver con todo esto, el cuerpo capitular de Buenos Aires intervenía tomando medidas sobre la producción y comercialización de cueros, dando licencia a los vecinos que solicitaban permisos para hacer y embarcar pieles, según lo creyera conveniente, y en la mayor parte de los casos fijando condiciones. De hecho, las respuestas a dichos pedimentos no siempre eran las que los demandantes esperaban: por ejemplo, en 1749, Gabriel Antonio Gómez pidió permiso para despachar desde Buenos Aires a dos navíos que aguantasen hasta 350 toneladas. Se lo concedieron, pero se le fijaron algunas pautas que debía seguir: para cargar la nave con productos de la jurisdicción, que fueran siempre los más convenientes (que no faltaran en la región); que pagara los derechos correspondientes por dicha acción; y que lo hiciera en todas las ciudades en las cuales comprara y cargara productos40.
  Otro aspecto en el cual se involucraba el Concejo municipal era, como se puede notar, la exportación de cueros. Por ejemplo, en 1739 presentó registros de los cueros que salieron del puerto de Buenos Aires desde 1726 hasta 1731, en los navíos pertenecientes al Real Asiento de Inglaterra, así como también los que marcharon en los registros españoles, contabilizando un total de 78.079 pieles de toro 41. Así, este órgano se ocupaba no solamente de dar permisos para la extracción y compra­venta de cueros (la cual, como se refleja en las cifras, no era para nada despreciable), sino que además ejercía control sobre las cantidades que salían vía marítima hacia Europa.
  Además, se tienen registros de que el Ayuntamiento actuaba en forma activa ante las recogidas de ganado, tanto en su organización como en los permisos que se daban para que las mismas tuvieran lugar. Se podrían agregar en este punto otros ejemplos correspondientes a las vaquerías organizadas en esta época (recuérdese que también se denominaba como ‘‘vaquerías’’ a las expediciones armadas de vecinos que salían a hacer recogidas del vacuno alzado en los campos de esta banda y en la Banda Oriental). En 1749, los vecinos del pago de La Matanza salieron a la campaña a hacer la recogida de los ganados que allí se hallaban dispersos. Éstos juntaron porciones considerables, sin marcas ni señales. El Cabildo nombró al Teniente Domingo Díaz para que cuidara quiénes eran los vecinos que entraban a hacer la recogida del ganado, y para que les hiciera declarar con qué licencia la habían realizado. En caso de no tenerla, se ordenó que se embargaran las cabezas de ganado reunidas42. Poco tiempo después, el mismo Domingo Díaz comunicaba que ya se encontraba en la estancia de Antonio Gutiérrez, en el pago de La Matanza, para llevar adelante el cumplimiento de la comisión que se le había otorgado por el Alcalde de Primer Voto, Juan Gutiérrez de Paz43. Un año antes, el Alcalde Provincial de la Santa Hermandad, Gaspar de Bustamante, informó al Ayuntamiento, a modo de consulta, que creía conveniente convocar a los vecinos de Cañada de la Cruz para organizar la recogida del ganado disperso44, el cual se había escapado por la falta de agua y buenos pastos.
  Volviendo a las características de estas empresas, hay que resaltar que, como bien sostiene Juan Carlos Garavaglia, ‘‘paralelo al abasto de carne para la ciudad y su campaña, están las faenas para hacer cueros, sebo y grasa’’45, y a medida que se fueron agotando las vaquerías ‘‘tradicionales’’46 por la extinción avanzada del ganado salvaje, los accioneros de las vaquerías ‘‘fueron perdiendo gradualmente la posibilidad de usufructuarlo’’47 y fue surgiendo la figura de los vaqueadores o recogedores quienes, a diferencia de los accioneros, eran aquellos quienes encabezaban las recogidas de ganado alzado, a los cuales ‘‘las autoridades otorgaban licencia para hacer corambre’’ 48 (conjunto de cueros, por lo general en importantes cantidades). El Municipio se encargaba de nombrarlos regularmente, como fue el caso de don Juan de Rocha en 1726 y 1734: en la primera de estas fechas, se mencionan los desórdenes acontecidos durante las vaquerías en la Banda Oriental, de las cuales era encargado. Entre otras cosas, se acordó suplicar a Su Excelentísima49 que librara despacho a su lugarteniente en Santa Fe, para que éste no permitiera la salida de tropas hacia la ‘‘otra banda de este río’’50, con la finalidad de que no se recogieran más ganados51; en 1734, se informó al Cabildo que don Juan de Rocha ya se encontraba en la ciudad y que no había cumplido anteriormente con las condiciones pactadas en el remate de las recogidas anuales, las de dar 12.000 cabezas de ganado para el abasto de la ciudad. Se mandó a informar a dicho encargado para que saliera nuevamente al campo para traer dentro de seis meses los animales acordados. Además, se le aplicó una multa de 2.000 pesos52. En 1738, el Procurador General respondía a una petición del mismo Rocha, describiendo las vaquerías de la siguiente manera53: 
‘‘Diose una petiz.on por dho. Proc.or Gnrl. en q. responde a la petiz.on pres.da por D.n Juan de de Rocha En el punto de la Vaqueria en las Campanas del Uruguai; Que vistas y premeditadas las razones expresadas por dho. Juan de Rocha y atendiendo en equidad a la causa y q. no ay quien aga postura alguna a la vaqueria del Uruguay y q. es combeniente El q. porsta vecindad se desfrute aquel criadero trayendose ganado para Criar i abastecer esta Ciu.d supuesto de q. los estraños están Consumiento dho. criadero; y q. assi la Ziudad tiene por conveniente el q. se le conseda liz.a p.a q. sin la m.or dilaz.on pase a dha. otra vanda y haga recoxida de veynte mil Cavezas con la óbligaz.on presisa de traerlas todas asta Ziudad para dho. abasto lo q. á de cumplir en diez y seis mses q.corran desde el día / en q. se le conseda la liz.a con cargo de no exeder y q. se despachara persona ó personas q. Cueten la tropa a su Costa y dexando en su vixor y fuerza el remate todas sus condiz.nes favorables y fianza y habiendo de darlas nuevam.te a satisfax.on de la Ziu.d y q. el s.or Gov.or se sirva aprobar la liz.a y se lleve por el pres.te ess.no’’54.
  La anterior es sin duda una fuente muy rica55, la cual permite sacar, al menos, algunas conclusiones puntuales sobre las recogidas de ganado: 
1) Las recogidas de ganado eran expediciones grupales encomendadas por el Cabildo de Buenos Aires, mediante la concesión de una licencia al ‘‘recogedor’’ (en este caso Juan de Rocha), la cual era aprobada también por el Gobernador y Capitán General. 2) Por la cantidad de ganado que se mandaba a ‘‘vaquear’’ (20.000 cabezas), da lugar para pensar que la cantidad disponible en la región rural de la Banda Oriental era al menos considerable, lo cual no era así en los campos occidentales. Para esta época se hablaba de escasez y dispersión de los animales en este lado del Río de la Plata.
3) Se trataba de una tarea larga (16 meses en el caso citado), aunque no consta que todas las recogidas tuvieran esa misma duración. Este ejemplo nos muestra al menos que la empresa requería de unos cuantos hombres y de cierta organización previa. 4) En el documento se habla de la idea de traer el ganado juntado hacia estos pagos para criarlo, lo cual sostiene que para 1738 (por lo menos), ya se criaban ganados en esta jurisdicción. 5) Según lo que se le ordena al ‘‘recogedor’’, estas actividades estaban directamente vinculadas con el abasto de carne y otros géneros para la ciudad. Por eso se le ordenó que juntaran el ganado, lo contaran y lo trajeran para el abastecimiento local.
  Entre otras de las funciones primordiales de esta junta de alcaldes como reguladora de la producción ganadera, estaba el fijar los precios a las cabezas de ganado y los diversos efectos (productos) para el consumo: a comienzos de 1735 se encargó establecer los precios para el mercado de la ciudad (lo cual se hacía todos los años, frecuentemente a principios de los mismos)56, ordenando que se vendieran las dos libras y media de grasa a un real y el arroba de sebo a cuatro57; en 1737, don Pedro de Zamudio presentó un borrador con los precios de los productos al por menor, los cuales fueron aprobados y se mandó a hacer copia de los mismos58. También se esmeraba por controlar los precios de los cueros hechos por los vecinos en la campaña, como puede verse ya desde el arranque de este período, cuando convocó a cuatro vecinos con experiencia en las faenas para que analizaran y dijeran los costos que podrían tener los cueros de toros que se hicieren. Dijeron que por hallarse las pampas muy destruidas, y por quedar muy poco ganado vacuno disperso, más la amenaza que representaban los ‘‘indios’’, sería necesaria una escolta de por lo menos 100 hombres, y los cueros costarían tres pesos cada uno59, lo cual fue aprobado por el Gobierno Municipal.
  En síntesis, podría argumentarse, luego del análisis de los diferentes textos y fuentes históricas, que el Cabildo de Buenos Aires era un órgano activo en relación a las recogidas de ganado y su funcionamiento, el abastecimiento de carne, sebo y grasa para el mercado (local y regional), regulando la producción, el comercio y la exportación de cueros, y sobre las diferentes prácticas económicas rurales (por ejemplo, dando –o no­ permiso para concretarlas).


Las estancias del período
  Si se tiene la intención de estudiar los establecimientos conocidos como estancias, el material bibliográfico y las fuentes son más abundantes y brindan información más clara y un panorama mucho más amplio. No es el objetivo central de este trabajo analizar las características de la formación de las estancias ni su organización interna, lo cual ya se ha aclarado al comienzo, sino llegar a apreciar las diferentes opiniones de los especialistas para contrastarlas con lo que dicen las fuentes ‘‘oficiales’’ que se tomaron en este caso. 
  El primer problema se presenta a la hora de definir lo que era una estancia en el siglo XVIII, y cuáles fueron sus orígenes. En algo coinciden la mayoría de los historiadores: se trataba de organizaciones o unidades productivas de considerable tamaño que contaban con prácticas económicas de diversa índole al interior de su composición. Juan Carlos Garavaglia intentó definir la estancia haciendo un modelo de análisis, al cual llamó ‘‘establecimiento típico’’, que promediaba una extensión de 2.500 hectáreas y tenía 790 vacunos, 12 bueyes, 300 equinos, 40 mulares y unos 490 ovinos, sacando un promedio entre los datos obtenidos en los inventarios del período 1751­181560; en otro trabajo junto a Raúl Fradkin, definen a los estancieros (propietarios de las estancias y las chacras más grandes) como ‘‘ganaderos y agricultores que producían novillos para el abasto –una parte relevante de los cueros que salían de Buenos Aires hacia Europa venía de los mataderos urbanos­ y trigo para el mercado de consumo de la ciudad, así como también mulas y vacas para enviar hacia el Alto Perú61. Aparentemente, en las estancias bonaerenses existía una combinación de actividades y contenían fracciones de tierras destinadas al cultivo de cereales62. En pocas palabras, se las define como establecimientos de producción ‘‘mixta’’, en donde se complementaban la agricultura y la ganadería, con un importante protagonismo de la cría de equinos, yeguarizos, vacunos y mulares en este último rubro, como se puede observar en los siguientes registros tomados por Carlos Mayo y Juan Carlos Garavaglia:
El ganado en las estancias (1740-1820)63 
Vacunos (59) Bueyes (42) Caballos (62) Yeguas (62) Mulas (26) Burros (24) Cerdos (3) 
Establecimiento ‘‘típico’’ (1751-1815)64 
Vacunos (790) Bueyes (12) Equinos (300) Mulares (40) Ovinos (490) 
  Teniendo en cuenta los dos cuadros, se logra ver, salvando las distancias cualitativas (toman diferentes recortes temporales y no analizan el mismo número de estancias) y cuantitativas (por ejemplo, en las estadísticas de Mayo hay un predominio de los equinos­yeguarizos sobre los vacunos, mientras que en el cuadro hecho por Garavaglia éstos últimos son, con diferencia, los más predominantes) entre los mismos, algo que es fundamental: el claro protagonismo de la cría del ganado dentro de las estancias, ya que las cifras anteriormente citadas dan números poco despreciables para la época. Esto tiene que ver, más que nada, con dos factores, para el caso del ganado vacuno: la importancia de estos para el abastecimiento de carne del mercado, y por otra parte, para hacer cueros destinados a la exportación. Otro dato relevante es la no escasa presencia de equinos y mulares al menos desde 1750, lo cual tiene que ver, sin dudas, con el uso de dichos animales para el transporte y la carga, con el comercio de los mismos entre Buenos Aires y los mercados del norte, íntimamente vinculados a la producción de plata en el Potosí (fundamentalmente las mulas, los animales más capacitados para transporte y carga en zonas de altura). Vale aclarar aquí que la exportación de plata fue fundamental para el desarrollo de la ganadería rioplatense hasta por lo menos entrado el siglo XIX, y ‘‘hasta que los acontecimientos alto peruanos afecten duramente el tráfico mular con el Alto Perú y el Perú, es erróneo asimilar la ganadería bonaerense a los vacunos’’65, puesto que hacia fines del siglo XVIII, el 75% del metálico que Buenos Aires exportaba a Europa a través de sus comerciantes era captado mediante los intercambios con diversos mercados de las economías regionales y locales del Interior (por donde circulaba la plata potosina)66. Sin dudas, en este período el principal producto de exportación era, con diferencia, dicho metal.
  Ahora bien, ¿por qué concebir a la estancia colonial rioplatense como un establecimiento ‘‘mixto’’? Según las estadísticas, la gran mayoría de dichas unidades productivas, en el siglo XVIII, poseían al menos una herramienta útil para las prácticas agrícolas, o bien se han registrado cuantiosas recogidas de cereales (sobre todo trigo). Según estudios de Garavaglia, el 42% de los inventarios presentaban trigo almacenado, y el 63% de los casos presentaban entre sus dominios trigo, arados y hoces 67, lo cual es un importante indicio de presencia agrícola en las estancias, al menos para el período 1751­1815. Si bien no corresponde directamente a la periodización que se trata de analizar en este proyecto, puede ayudar con algunas consideraciones aproximadas, y lo que puede asegurarse aquí es que la ganadería y la agricultura no se desarrollaban en forma aislada, sino que más bien se complementaban.
  Otra gran problemática que surge entorno a estas organizaciones de producción agropecuaria es el de sus orígenes. Carlos Mayo sostenía que las estancias rioplatenses se originaron en el sistema de pastoreo nómade a campo abierto que se fue organizando desde el siglo XVII, fundado en la tendencia natural del ganado a reunirse en un lugar determinado y a volver a él68. A su vez, planteaba que la estancia se fue afirmando a medida que se iba agotando el ganado cimarrón, y la cría fue imponiéndose por sobre la caza69. Fradkin argumenta, por su parte, que ‘‘la cría de ganado vacuno no vino a suplantar a las vaquerías sino que empezó desde épocas tempranas’’70. Pero, ¿qué dicen las fuentes sobre todo esto? En 1738 se ordenó a Juan de Rocha, encargado de las recogidas de ganado en la Banda Oriental, que recogieran, contaran y trajeran 20.000 cabezas para el abasto de la ciudad 71, lo cual hace mención de una importante diferencia con las vaquerías ‘‘tradicionales’’ por un lado, y por el otro de una gran cantidad de ganado disponible no solo para el abasto sino también –posiblemente­ para repoblar las estancias de la Banda Occidental del Plata.

Las recogidas de ganado y la conformación de ‘‘haciendas’’ 
  Según Mayo, ‘‘la actividad acaso más característica de la estancia colonial eran las recogidas periódicas. Una vez parado el rodeo, el ganado debía permanecer reunido unas dos horas. Las vacas que acababan de dar a luz no debían ser recogidas hasta que sus terneros se endurecieran. Además, el ganado tenía que ser vigilado, rondado’’ 72. De hecho, durante la primera mitad del siglo XVIII, era normal que se denominara ‘‘estancia’’ o ‘‘hacienda’’ a las agrupaciones de ganado que resultaban de las recogidas. Por ejemplo, en 1748, se presentó ante el Ayuntamiento de Buenos Aires un expediente en el cual algunos vecinos de Santa Fe pedían permiso para trasladar sus ‘‘haciendas’’ con todos sus ganados hacia los poblados de San Nicolás de los Arroyos, por el peligro que representaban los ‘‘indios’’. El Cabildo aprobó dicha petición con la condición de que sirvieran con sus ganados para el abasto de la ciudad73. No se menciona ninguna de las características de la estancia ‘‘típica’’, pero en el documento se explica que los animales que tenían los vecinos de Santa Fe habían sido sacados de la jurisdicción capitular de Buenos Aires74. Anteriormente, en 1746, los cabildantes habían dado licencia a los mismos para que llevaran a sus tierras en Santa Fe unas 9.000 cabezas de ganado que habían sido recogidas en los campos bonaerenses75. Es decir, que las ‘‘estancias’’ o ‘‘haciendas’’ de los pobladores de Coronda (Santa Fe) habían nacido, según el mismo  Cabildo y sus representantes, como resultado de los vacunos y equinos (téngase en cuenta que las recogidas de ganado no solamente eran de bovinos) juntados y agrupados en la campaña de Buenos Aires76, para ser trasladados hacia dichos pagos. Para citar otro ejemplo, ese mismo año, se les dio licencia a los miembros del Colegio de Santa Fe (perteneciente a la Compañía de Jesús), para que poblaran sus estancias con 1.000 cabezas de ganado de Buenos Aires77.
  Con respecto a la propiedad del ganado, se puede encontrar bastante temprano –en el tiempo­ en los documentos de esta época. En 1723 se hizo mención de la posesión de 12.000 cabezas de ganado por parte de doña Gregoria de Herrera78; ese mismo año, se presentó una petición del Capitán Diego de Santana, en la que exclamaba que se le reintegraran 96 vacas que había otorgado para las expediciones de la campaña 79; en 1726, don Santiago dio razón de 6.000 vacas que le pertenecían 80. En 1739, el Alcalde de segundo voto fue nombrado como diputado para solicitar las piezas de artillería y armas que se necesitaban para una expedición, más un total de 2.500 vacas, las cuales se sacaron de los vecinos criadores de ganado81, quienes seguramente fueran propietarios de dichas cabezas. Un año más tarde, el Municipio trató sobre la necesidad de animales en los nuevos poblados que se estaban por formar cerca de los pagos de Magdalena y La Matanza, y acordó que era preciso pedir una limosna de vacas y ovejas en las estancias de la jurisdicción para la nueva población. Se mandó a informar al Gobernador para que diera orden a los comisionados de los partidos para que pidieran dichos ganados, en primera instancia los de los pueblos mencionados, por ser los más cercanos al nuevo paraje 82. Si bien estas fuentes no dicen demasiado acerca de la organización interna de las estancias (mano de obra, cifras exactas de los animales criados, presencia de la agricultura, etc.), se pueden extraer en limpio algunas aproximaciones importantes:
a) Por lo menos desde 1723 había en Buenos Aires vecinos propietarios de considerables cantidades de ganado vacuno, como los casos mencionados de doña Gregoria de Herrera, Diego de Santana y don Santiago. En 2 de los 3 casos, las cifras van entre 6.000 y 12.000 cabezas, mientras que el restante dice haber colaborado con 96 animales para abastecer a las expediciones recogedoras de la campaña, lo cual invita a pensar que esa cantidad en realidad representaba un número pequeño en comparación a su propiedad total. Vale la pena aclarar que los recogedores y sus acompañantes necesitaban provisiones para alimentarse durante las semanas o meses que pasaban recorriendo los campos. En los otros ejemplos, se ve como se pedía ganado para usar como alimento y transporte durante dichas recorridas. El mismo era solicitado por los comisionados de los partidos a los ‘‘criadores’’ de los distintos pagos, y si bien no hay cifras demasiado precisas, se hallaron casos en los cuales las cantidades solicitadas no eran para nada despreciables. Por ejemplo, las 2.500 vacas pedidas por el Alcalde de segundo voto a los vecinos en 1739.
 b) Aún hacia mediados de siglo, existía en realidad un alto grado de dispersión del ganado y la propiedad de la tierra no estaba bien delimitada. Hay que suponer que esto se daba principalmente en las zonas de frontera cercanas a los territorios dominados por los aborígenes, como en el caso de los vecinos de Coronda que pidieron trasladas sus ‘‘haciendas’’ hasta San Nicolás de los Arroyos. Por ese inconveniente, el Cabildo designó comisionado a Bernardino del Pozo, para que registrara quiénes se trasladarían, cuándo y con qué cantidad de ganado, ‘‘para que se execute con la mayor exactitud’’83. En este caso no sería incorrecto asegurar que el Cabildo actuaba activamente en las recogidas y el traslado de los mismos. 
c) No se debe descartar la posibilidad de que algunas de las estancias de aquel entonces hayan surgido a partir de las recogidas organizadas desde la extinción de las vaquerías ‘‘tradicionales’’. Esto puede apreciarse en los casos mencionado de los vecinos de Coronda y los jesuitas de Santa Fe que formaron sus ‘‘haciendas’’ con ganado recogido que les fue asignado por el Ayuntamiento en 1746. De esta forma, ‘‘más que como verdaderas estancias de cría de ganados muchas de estas tierras eran como campos para efectuar faenas de cueros o recogidas de ganado’’84, al menos hasta mediados de siglo. Sin embargo, también se hablaba de estancias cuando se hacía mención a los establecimientos productivos de mayor importancia, por ejemplo cuando se trataba sobre las limosnas en ovejas y vacas que se pidieron para abastecer los nuevos poblados que se estaban formando en La Matanza y Magdalena (1740), lo cual hace pensar que esos vecinos eran propietarios de importantes cantidades de ganado, al menos suficientes para alimentar a un considerable número de personas. Existen más datos sobre la conformación de grandes estancias en otras fuentes, como por ejemplos los padrones del año 1744 analizados por José Luis Moreno en uno de sus artículos, en los cuales se registraron 57 grandes propietarios con un total de 43 unidades productivas bajo su dominio85. Esto muestra, junto a las descripciones de los propios cabildantes y funcionarios, que para esa fecha ya existían en la campaña grandes estancieros, aunque predominaran claramente las pequeñas y medianas explotaciones: ese mismo año de 1744 se registraron 477 medianos y pequeños propietarios, con un total de 481 unidades productivas 86, superando ampliamente en número a las más extensas.

Conclusiones 
  Luego de analizar varios documentos para el período 1723­1750, e intentar contrastarlos con el material bibliográfico seleccionado, no se pueden establecer afirmaciones totalmente seguras, por varias razones. En primer lugar, debido a la dispersión y el deterioro de las fuentes (sobre todo las correspondientes al Archivo del Cabildo), se hace muy difícil conformar datos y series estadísticas. La idea principal de este artículo consistía en analizar esas fuentes ‘‘oficiales’’ (pertenecientes al Cabildo de Buenos Aires) y ver qué decían respecto a dicho organismo y sus funciones en el marco de una economía rural basada sobre todo en la explotación de la tierra y los ganados para diversos fines (producción de alimentos, efectos comerciables –grasa, sebo, carne, cueros, etc.­) y productos de exportación (fundamentalmente pieles de toro). Con respecto a todo ello, puede llegarse a algunas concusiones: 
1) El Cabildo de Buenos Aires desempeñaba un papel activo en las vaquerías y recogidas de ganado. De hecho, se pueden encontrar tempranamente acciones en torno a las mismas. Por ejemplo, nombrando accioneros sobre el ganado vacuno cimarrón desde comienzos del siglo XVII. Pero a medida que las vaquerías se fueron agotando en esta región, comenzaron a ser reemplazadas por las recogidas de ganado alzado o semisalvaje, perteneciente a los vecinos, el cual se dispersaba por los campos buscando agua y mejores alimentos. La situación era radicalmente distinta en el área rural de Colonia del Sacramento (en la Banda Oriental, aunque perteneciente a la jurisdicción capitular porteña), en donde todavía abundaba el ganado cimarrón hasta por lo menos mediados de la centuria. El mismo era empleado para hacer faenas o para ser reunido y organizado, y posteriormente traslado a las estancias de la Banda Occidental. El Ayuntamiento nombraba encargados de las recogidas, como en el caso del ya mencionado varias veces Juan de Rocha (encargado de encabezar las expediciones en 1726, 1734 y 1738). Éstos debían juntar vecinos para las recorridas, controlar las marcas y conteos del ganado, las faenas y traslados, etc. A su vez, no era extraño que los alcaldes nombraran comisionados para evitar cualquier tipo de irregularidades en este proceso, sobre todo relacionadas a las marcas y los hurtos. 
2) En cuanto a los intereses que tenían el Gobierno Municipal y los habitantes en estas prácticas, se pueden mencionar algunos: la extracción de carne y otros géneros para el abasto de la ciudad y las poblaciones locales (grasa, sebo y sus derivaciones), y la elaboración de cueros para exportar. Como se vio antes, los cabildantes mandaban a pregonar el abasto de carne de la ciudad, y lo hacían remate público mediante, eligiendo al vecino que hiciera la mejor postura. También se enfocaban, cuando lo veían necesario, de fijar los precios de los productos destinados al mercado local, y lo mismo sobre los cueros que se iban a cargar en los registros españoles o navíos británicos. En pocas palabras, se trataba de un órgano político al menos influyente en las prácticas productivas rurales de su jurisdicción, lo cual era importante para el sistema colonial en sí. De hecho, los cueros fueron durante todo el período colonial un producto de exportación muy significativo, aunque relegados, con diferencia, por la plata altoperuana, la cual constituía el 80% de las exportaciones rioplatense durante todo el siglo XVIII87.
3) Otro aspecto que se ha tratado de analizar con respecto a la economía rural, fue la utilización las tierras, la cual era muy diversa, yendo desde el cinturón de quintas y chacras que rodeaban la zona comercial hasta las grandes propiedades ‘‘mixtas’’, en las cuales predominaban la ganadería vacuna, equina y mular, complementarias con la agricultura del cereal, el cual era destinado fundamentalmente al mercado local debido a los costos del transporte 88. 
4) Asimismo, se debe agregar en este tramo del trabajo que algunos conceptos pueden dar lugar a confusiones. Según las fuentes que se utilizaron en este escrito, solía denominarse como ‘‘estancias’’ o ‘‘haciendas’’ no solamente a las grandes organizaciones territoriales productivas, sino también al pastoreo de ganados recogidos que tendían naturalmente a agruparse en determinadas regiones. En los casos tratados, como el de los vecinos de Santa Fe y los miembros de la Compañía de Jesús entre 1746­1748, el origen de sus ‘‘haciendas’’ estaba en el ganado recogido en otras áreas rurales de la jurisdicción, el cual usaron para repoblar sus tierras. Otro término bastante dudoso es el de ‘‘vaquerías’’, que en los documentos anteriores a 1723 hace referencia, según lo que se describe en la campaña bonaerense, a las expediciones grupales que salían a matar ganado salvaje para sacarle el cuero, desperdiciando la mayor parte de la carne; por otra parte, desde mediados de la década de 1720 se puede ver, al menos en los casos tenidos en cuenta, que se mencionan como ‘‘vaquerías’’ a las recogidas de ganado que, realizadas mayoritariamente en las zonas rurales de Colonia del Sacramento, eran organizadas por iniciativa del Cabildo y los ‘‘vecinos criadores’’ de Buenos Aires. Las mismas estaban destinadas al abasto de carne (y otros géneros), la producción de cueros, y la conformación de ‘‘haciendas’’. Como ya se ha concluido líneas más arriba, el Cabildo de la ciudad de Buenos Aires estaba, durante la primera mitad del siglo XVIII, muy lejos de la pasividad en este sentido.


Bibliografía
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CONI, Emilio (1979). Historia de las vaquerías en el Río de la Plata. Buenos Aires, Platero. 
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Fuentes 
Archivo General de la Nación. Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires, Tomo II, Libros V, VI, VII, VIII y IX. Archivo General de la Nación. Archivo del Cabildo de Buenos Aires, 19­2­1, 19­ 2­2 y 19­2­3. 

Notas
1 El presente artículo es parte del trabajo final de la Especialización en Ciencias
Sociales con mención en Historia Social, de la Universidad Nacional de Luján
(UNLu).
2 Profesor en Historia, egresado de la Universidad de Morón (UM) en el año
2012. Especialista en Ciencias Sociales con mención en Historia Social.
Actualmente cursa la Maestría en Ciencias Sociales con mención en Historia
Social en la Universidad Nacional de Luján (UNLu).
3 Los autores están haciendo referencia a las Reformas Borbónicas, y los cambios
producidos por las mismas desde el último tercio del siglo XVIII.
4 GARAVAGLIA, Juan Carlos; GELMAN, Jorge (2003). ‘‘Capitalismo agrario en
la frontera de Buenos Aires y la región pampeana en el siglo XIX’’ en Historia
Agraria, Nº 29, p.107.
5 Se hace referencia al sistema económico capitalista­mercantil, en este caso bajo
la administración colonial.
6 MAYO, Carlos (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires,
Editorial Biblos, p. 24.
7 GARAVAGLIA, Juan Carlos (1999). Pastores y labradores de Buenos Aires. Una
historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830. Buenos Aires, Ediciones de la
flor, p. 38.
8 GARAVAGLIA, J.C. (1999). Op. Cit., p. 37.
9 Desde su fundación (1580) hasta la formación del Virreinato del Río de La Plata
(1776), la jurisdicción del Cabildo de Buenos Aires pertenecía a los dominios del
Virreinato del Perú, con capital en Lima.
10 GARAVAGLIA, J.C. (1999). Op. Cit., p. 38.
11 GARAVAGLIA, J. C.; GELMAN, J. (2003). Op. Cit., p.108.
12 BARBA, Fernando Enrique (2007). ‘‘Crecimiento ganadero y ocupación de tierras públicas, causas de conflictividad en la frontera bonaerense’’ en Revista ANDES, Nº 18, Universidad Nacional de Salta, p.1. 
13 MAYO, C. (2004). Op. Cit., p. 27. 14 BIROCCO, Carlos (2003). ‘‘Alcaldes, capitanes de navío y huérfanas. El comercio de cueros y la beneficencia pública en Buenos Aires a comienzos del siglo XVIII. Trabajo presentado en AUDHE, III Jornadas Internacionales de Historia Económica, Montevideo, Uruguay, p.1. 
15 HARARI, Emilio Fabián (2003). ‘‘Las vaquerías a comienzos del siglo XVIII:
una aproximación desde el marxismo’’. Trabajo presentado en AUDHE, III
Jornadas Internacionales de Historia Económica, Montevideo, Uruguay, p.2.
16 BIROCCO, C. (2003). Op. Cit., Ibídem.
17 HALPERÍN DONGHI, Tulio (2010). Historia contemporánea de América Latina.
Buenos Aires, Alianza Editorial, p.41.
18 BARBA, F.E. (2007). Op. Cit., Ibídem.
19 CONI, Emilio (1979). Historia de las vaquerías en el Río de la Plata. Buenos Aires,
Platero, p.24.
20 HARARI, Emilio Fabián (2002). ‘‘En busca del sujeto de la Revolución de
Mayo: las vaquerías en Buenos Aires a comienzos del siglo XVIII’’ en Razón y
Revolución, Nº 10, p. 3.
21 Archivo General de la Nación (AGN), Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos
Aires (AECBA), Serie II, Tomo V, p. 59.
22 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 214.
23 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 410.
24 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 652.
25 Para este período, Sana Fe y algunos territorios rurales de la Banda Oriental pertenecían a la jurisdicción del Cabildo de Buenos Aires. 26 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 636. 
27 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 533. 28 Se hace referencia a las zonas rurales de los pagos pertenecientes a la jurisdicción del Cabildo de Buenos Aires que estaban ubicados al oeste del Río de la Plata. Por ejemplo, los pagos de Magdalena, Matanza, Areco, etc. 
29 GARAVAGLIA, J.C. (1999). Op. Cit., p. 216.
30 Para no ser reiterativo, se ha optado en este trabajo por utilizar diferentes
sinónimos de Cabildo: Ayuntamiento, Municipio, Concejo, etc.
31 AGN, AECBA Serie II, Tomo V, p. 686.
32 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 620.
33 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 278.
34 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 19.
35 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 424.
36 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 338.
37 El Real Asiento de Gran Bretaña era una compañía comercial británica, que se
destaca en estos documentos como compradora de cueros.
38 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 117.
39 AGN, AECBA, Serie II, Tomo IX, p. 247.
40 AGN, Archivo del Cabildo de Buenos Aires (ACBA), 19­3­2, p.188.
41 AGN, ACBA, 19­2­2, pp. 16 y 17.
42 AGN, ACBA, 19­3­2, p. 302.
43 AGN, ACBA, 19­3­2, p. 303.
44 AGN, ACBA, 19­3­2, p. 117.
45 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Op. Cit., p. 216.
46 Se da empleo a este término entre comillas para distinguir a las cacerías de
ganado destinadas casi exclusivamente a la extracción de los cueros, de las
recogidas de ganado mencionadas por el Cabildo desde 1723.
47 BIROCCO, C. M. (2003). Op. Cit., Ibídem.
48 Ibídem.
49 Se hace referencia al Gobernador y Capitán General de Buenos Aires.
50 La expresión ‘‘la otra banda de este río’’ hace referencia a los territorios
ubicados al este del Río de la Plata, los cuales también formaban parte de la
jurisdicción capitular de Buenos Aires.
51 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 597.
52 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 106.
53 Las palabras del Procurador General fueron citadas textualmente como
aparecen en la fuente.
54 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 446.
55 Las palabras del Procurador General fueron citadas textualmente como
figuran en el documento original.
56 Ver los Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires correspondientes a
este período.
57 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 170.
58 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 364.
59 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, pp. 120­-122.
60 GARAVAGLIA, J.C. (1999). Op. Cit., p. 131.
61 GARAVAGLIA, Juan Carlos y FRADKIN, Raúl (2009). La Argentina colonial. El
Río de la Plata entre os siglos XVI y XIX, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, p.
96.
62 FRADKIN, Raúl (2000). ‘‘El mundo rural colonial’’ en TANDETER, Enrique
(Director). Nueva Historia Argentina. La sociedad colonial, Tomo II, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, p. 273.
63 MAYO, C. (2004). Op. Cit., p. 40.
64 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Op. Cit., Ibídem.
65 Ibídem, p. 142.
66 GARAVAGLIA, J.C.; FRADKIN, R. (2009). Op. Cit., p. 87­-88.
67 GARAVAGLIA, J.C. (1999). Op. Cit., p. 176.
68 MAYO, C. (2004). Op. Cit., p. 39.
69 Ibídem.
70 FRADKIN, R. (2000). Op. Cit., p. 271.
71 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 446.
72 MAYO, C. (2004). Op. Cit., p. 50.
73 AGN, ACBA, 19­2­3, página sin numeración.
74 AGN, ACBA, 19­2­3, Ibídem.
75 AGN, ACBA, 19­2­3, p. 450.
76 El documento no lo dice explícitamente, pero probablemente se tratara de
ganado reunido en la Banda Oriental, es decir, proveniente de los territorios que
correspondían a la jurisdicción del Cabildo porteño. Esto puede deducirse
porque la mayoría de las recogidas importantes de esta época se hacían en
dichos pagos.
77 AGN, ACBA, 19­23, p. 451.
78 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 114.
79 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 57.
80 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 657.
81 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 70.
82 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 136.
83 AGN, ACBA, 19­2­3, página sin numeración. 
84 FRADKIN, R. (2000). Op. Cit., p. 263.
85 MORENO, José Luis (1989). ‘‘Población y sociedad en el Buenos Aires rural a mediados del siglo XVIII’’ en Desarrollo económico, Volumen 29, Nº 114, p. 271. 
86 Ibídem.
87 HALPERÍN DONGHI, T. (2010). Op. Cit., p. 40. 
88 FRADKIN, R. (2000). Op. Cit., p. 273.
























''El desarrollo de la ganadería en Buenos Aires Colonial. Faenas, unidades productivas y alternativas mercantiles a comienzos del Siglo XVIII'', en III Encuentro de Investigación ''Dr. Rogelio C. Paredes'', Universidad de Morón, 14 de noviembre de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/19503538/El_desarrollo_de_la_ganader%C3%ADa_en_Buenos_Aires_Colonial._Faenas_unidades_productivas_y_alternati...