LINK: https://www.academia.edu/19503538/El_desarrollo_de_la_ganader%C3%ADa_en_Buenos_Aires_Colonial._Faenas_unidades_productivas_y_alternativas_mercantiles_a_comienzos_del_Siglo_XVIII_en_III_Encuentro_de_Investigaci%C3%B3n_Dr._Rogelio_C._Paredes_Universidad_de_Mor%C3%B3n_14_de_noviembre_de_2015
Introducción
Estamos de acuerdo que la ganadería fue una rama productiva de fundamental importancia
para la campaña de Buenos Aires y el Litoral Rioplatense en líneas generales. La misma se
fue desarrollando a lo largo de todo el Período Colonial pasando por distintas e importantes
transformaciones en cuanto a la producción se refiere (organización de las faenas y
unidades productivas, tipos de ganado más relevantes, etc.).
El objetivo de esta ponencia se centra en el análisis de los cambios que se fueron
produciendo en las prácticas y establecimientos productivos ganaderos durante los primeros
decenios del Siglo XVIII. Se ha elegido dicho período para hacer el repaso analítico por
varias razones: a) la extinción de un recurso privilegiado como lo fuera (desde la fundación
de Buenos Aires y durante toda la centuria anterior) el ganado vacuno cimarrón; b) el
crecimiento demográfico dentro de la jurisdicción, sobre todo llegando a mediados de
Siglo; c) la división territorial (y con esto, de las zonas rurales), en distintas jurisdicciones
(desde 1726 con el Cabildo de Montevideo y efectivamente a partir de 1759 con el de
Luján); d) la consolidación de nuevas explotaciones pecuarias y la conformación de
establecimientos productivos más concentrados en la cría de ganados.
Partiremos de la base de que fue la extinción del ganado vacuno salvaje la que ayudó a la
consolidación de nuevas prácticas en torno a dicho tipo de animales: las recogidas
organizadas y las estancias de cría más orientadas en este sentido. A su vez, la ganadería
vacuna supo coexistir con otra variante de la actividad pecuaria, la cual tuvo mucha mayor
relevancia hasta bien entrado este período: la cría y comercialización de mulas, destinadas
fundamentalmente hacia el Alto Perú. Asimismo, la agricultura, sobre todo la del cereal
(para los productos de consumo en el mercado local), no estuvo ausente en los
establecimientos de cría, contradiciendo la visión ‘‘tradicional’’ de que la producción de
cereales carecía de importancia en las estancias. Por eso es que se toma en el análisis la idea
de establecimientos ‘‘mixtos’’.
Todas estas caracterizaciones se profundizarán a partir del análisis de distintas fuentes
correspondientes al período 1723-1759: testimonios extraídos de las medidas tomadas por
el principal órgano político a nivel local (Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires), más
descripciones y estadísticas armadas desde los datos brindados por los padrones rurales
(1726, 1738 y 1744) y las sucesiones (inventarios, tasaciones de bienes, testamentarias) que
representan a aquellos establecimientos que poseían ganados.
La ganadería bonaerense durante el Siglo XVIII
La ganadería en el Litoral Rioplatense colonial constituye un tema que ha sido abordado
desde múltiples perspectivas, fuentes y objetos de estudio planteados. En lo que toca a los
intereses de esta investigación, habría que concentrarse particularmente sobre dos ejes
temáticos: a) las prácticas pecuarias y sus características; b) los diferentes mercados
coloniales a los cuales se dedicaban.
En cuanto al primer punto destacado, resulta preciso resaltar los aportes de autores como
Emilio Coni y Enrique Wedovoy. El primero, en su famoso libro sobre las vaquerías en el
Río de La Plata, sostuvo que la extinción del ganado cimarrón fue lo que condujo a los
cambios en las formas de explotación del vacuno, puesto que mientras hubo este tipo de
animales disponibles, la cría ocupaba un lugar secundario1
. Por su lado, el segundo de estos
autores relaciona a la aparición de las estancias de cría con la tendencia natural de los
animales a reunirse cerca de los cursos de agua, formándose una especie de sistema de
pastoreo a campo abierto que permitía a los criadores juntar al ganado, castrarlo y marcarlo,
entre otras cosas2
. Siguiendo esta misma línea, Carlos Mayo agregó que a medida que se
acababan los planteles salvajes se fue imponiendo la cría en las estancias por sobre la mera
caza3.
La extinción del recurso en cuestión ha sido un tema que mantuvo cierta importancia en la
historiografía colonial hasta hace unas décadas atrás. Tulio Halperín Donghi definió con
mucha simpleza la situación hacia comienzos de la centuria, cuando la naturaleza
destructiva de las vaquerías condujo a la inevitable extinción del cimarrón, puesto que la
caza exclusiva no permitía la cría4
. Dicho agotamiento, que se percibe desde los años 20 del
Siglo XVIII, fue causante, según Garavaglia, no solamente de cambios en las actividades
productivas, sino de las nuevas orientaciones seguidas por las incursiones indígenas que
empezaron a intensificarse sobre las estancias5
, como consecuencia lógica. De esta forma,
se trató de un condicionante importante no solamente para la producción rural, sino para la
situación social de la campaña en general.
En cuanto a las formas que fue tomando la explotación pecuaria, existen distintos puntos
de vista al respecto. Hacia comienzos del período que aquí nos toca, las vaquerías
tradicionales6
llegaban a su fin como actividad vacuna por excelencia. Una vez extinto el
cimarrón, la ganadería vacuna fue consolidándose en las recogidas y las estancias de cría.
Respecto a las primeras, Carlos Mayo, luego de analizar las instrucciones planteadas en el
Siglo XIX por Juan Manuel de Rosas, argumenta que las recogidas, el pastoreo y vigilancia
del ganado representaban, todavía en ese entonces, una de las actividades más regulares,
incluso dentro de los establecimientos7
. A su vez, las recogidas presentaban sus variantes:
por un lado estaban las que se hacían sobre los ganados alzados que se escapaban de las
unidades productivas en los campos del margen occidental del Río de la Plata, con el
objetivo de repoblar las tierras de cría; por otro lado, las que se efectuaban sobre los todavía abundantes cimarrones de la Banda Oriental (en la tierras pertenecientes a la jurisdicción
capitular de Buenos Aires), los cuales servían para hacer faenas diversas. Se profundizará
más adelante sobre estas prácticas.
En cuanto a los establecimientos de producción pecuaria, éstos fueron caracterizados de
diferentes maneras por los especialistas teniendo en cuenta fundamentalmente fuentes
protocolares como las sucesiones, inventarios de estancias, tasaciones de bienes, etc.
Tomando el período 1740-1820, Carlos Mayo, parándose desde una perspectiva de análisis
regional (lo que él denomina la ‘‘pampa’’ bonaerense), analizó 66 establecimientos
identificados como estancias, sobre los cuales pudo obtener algunas conclusiones de
importancia: en primer término, el ganado representaba lo principal entre las inversiones,
teniendo fundamental papel dentro del mismo el vacuno (presente en 59/66
establecimientos), al igual que el mular (presente en el 93,92% de los mismos, desde la
apreciación de los sitios que contaban con caballos y yeguas de cría), mientras que las
ovejas tuvieron una presencia poco despreciable (63%) pese a su poco valor monetario,
pudiéndose desprender de todo esto la diversificación del stock ganadero como una
realidad; en segundo lugar, los cuantiosos gastos que se hacían en esclavos, fundamentales
como mano de obra estable, y tierras (abundantes pero baratas); en lo que corresponde a las
condiciones materiales de vida, se produjo una aproximación a viviendas más bien
modestas, al igual que su mobiliario, las cuales solían contar con capillas en su interior; por
su parte, las herramientas no representaban un gasto demasiado abultado (10% del capital
total invertido), siendo importantes para apreciar la presencia de prácticas agrícolas
(atahonas), ganaderas (marcas, yerros, etc.), y de un sector textil doméstico en base a la
utilización de la lana8.
Garavaglia, analizando el recorte extendido de 1750-1815, pudo elaborar un modelo
teórico definido como ‘‘establecimiento típico’’, el cual se caracterizaba por el fuerte peso
de los vacunos y de los animales destinados a la producción mular, llamando la atención
que el promedio de extensión territorial sea de 2.500 hectáreas. Más precisamente, se
componía de 790 vacas, 490 ovejas, 300 equinos y 40 mulares9
(vale aclarar que éstos
aparecen muy pocas veces definidos como tales en las fuentes). De esta manera, el autor mantiene una postura elaborada similar a la de Mayo, al menos en cuanto a la importancia
de bovinos y mulas, destinados a los mercados ya mencionados al principio.
Asimismo, estudios anteriores, aunque distintos en perspectiva de análisis y metodologías,
muestran que la presencia de vacunos y mulares en los establecimientos no es exclusiva de
la segunda mitad del siglo XVIII. Rodolfo González Lebrero, quien analizó sucesiones
correspondientes al lapso 1602-1640, período en el cual las vaquerías tradicionales tenían
mucho más auge en la campaña bonaerense, arribó a conclusiones muy interesantes: a)
tanto las chacras como las estancias desempeñaban prácticas agrícolas (en ambos tipos de
establecimientos se encontraron atahonas, percheles y molinillos, destacándose
herramientas como hachas, hoces y otros instrumentos como carretas y amasadores; b)
respecto al ganado, el 93% de las unidades contaban con ganado vacuno, mientras que en
las chacras primaban las lecheras; c) el resto de las especies eran de menor importancia
cuantitativa, llamando la atención el alto porcentaje de cerdos registrados (78%), y la poca
relevancia que le otorga el autor a los mulares10. Estos puntos serán puestos en discusión
para las fuentes correspondientes al período 1723-1759.
Por otro lado, existen estudios elaborados desde la historia local-regional, los cuales
resultan muy interesantes para desarrollar algunas cuestiones. Analizando la estancia
betlemita de Fontezuela (1753-1809), Tulio Halperín Donghi demostró a nivel de estudio
de caso la importancia que radicaba en la complementación existente entre la mano de obra
libre y la esclava (los representantes de esta última significaban uno de los gastos más
pesados según los libros de cuentas del establecimiento); el segundo gran aporte está en lo
desarrollado acerca de la producción pecuaria y su relación con los mercados, destacándose
principalmente la cría de mulas (para los mercados del Norte minero) y el ganado vacuno
con sus distintas alternativas (cueros y novillos para el abasto de carne)11.
Respecto a este último tema, el cual no carece para nada de importancia para los intereses
de esta exposición, Juan Carlos Garavaglia sostiene, a partir del análisis de los inventarios,
diezmos, cartas y testimonios del Cabildo, que existieron diferentes corrientes mercantiles
para la ganadería bonaerense: el mercado local (carne, grasa, sebo, etc.), las diversas ferias
regionales (vacas y mulas enviadas a pie) y el mercado exterior (cueros)12. Estas bases
teóricas son tenidas en cuenta a la hora de analizar y elaborar los datos de la primera mitad
del siglo XVIII.
Por último, se deben tratar los establecimientos productivos siguiendo algún tipo de
clasificación. En este sentido, sirve mucho la distinción hecha por Garavaglia en quintas,
chacras, estancias de cercanías y estancias. Las primeras eran las ubicadas en el ejido de la
Ciudad, y se dedicaban más que nada a la producción agrícola-forrajera. Las segundas,
cercanas a la zona urbana, también se caracterizaban por la fuerza de la agricultura, aunque
no se descarta la presencia de ganados. Las estancias de cercanías eran aquellos
establecimientos ‘‘mixtos’’, en cuanto complementaban agricultura con ganadería. Por
último, las estancias eran explotaciones más extensas y alejadas del mercado citadino,
mayormente especializadas en la cría de animales13. Partiendo de esta clasificación, se
analizarán y caracterizarán los establecimientos productivos del período seleccionado,
haciendo hincapié en la ganadería y sus alternativas mercantiles más importantes: los
bovinos y las mulas. Asimismo, no se abandona la idea de la producción mixta, en el
sentido de complementación entre los diferentes tipos de ganadería y la agricultura.
El ganado vacuno: explotación y cría
Ya se ha dicho que el estudio de las prácticas pecuarias centradas en el ganado vacuno
deben ser distinguidas en dos partes: los distintos tipos de recogidas (de alzados y de
cimarrones) y los establecimientos productivos.
En cuanto a las primeras, hay que señalar la diferencia, en cuanto a características y
procedimientos, de las recolecciones de alzados organizadas por los vecinos criadores,
autoridades rurales y el Cabildo de Buenos Aires para buscar los animales que se escapaban
de las tierras en busca de agua de las planificadas para realizar sobre los planteles de
salvajes que todavía abundaban en las campañas de la Banda Oriental correspondientes a la
misma jurisdicción capitular14.
Las recogidas de alzados consistían en salir a juntar ganados que se alzaban o que se
internaban en la campaña para buscar agua. Los criadores iban a buscarlos y solían
identificarlos por las marcas y/o señales, lo cual trajo muchos problemas. El objetivo
central era más que las faenas, el devolver los ganados a las unidades productivas. Estas
recolecciones a campo abierto de alzados y sus crías, más el reparto de orejanos en
prorratea15 entre los vecinos ganaderos eran algo común a comienzos del siglo XVIII16. La
abundancia del ganado cimarrón en el Río de la Plata había permitido, durante el siglo
anterior, el desarrollo de una empresa recolectora-cazadora. Pronto, algunos vecinos
lograron hacerse de la propiedad de los ganados, diferenciándose así del ganado cimarrón,
que pertenecía a los vecinos accioneros, pero que dejaría de existir en algunos puntos de la
región hacia comienzos del siglo XVIII, dando paso a otras explotaciones como las estancias de alzados. En las mismas, las reservas de rodeo manso servían como fuentes de
grasa, sebo y cueros, y dichos animales se criaban con libertad, teniendo esto como
consecuencia la dispersión de los mismos durante el alzamiento (por causas de motivos
naturales como las sequías y la consecuente partida en busca de aguas). Según Osvaldo
Pérez, estas prácticas productivas tuvieron como elemento dinamizador fundamentalmente
la producción de cueros para el mercado externo, cuyo crecimiento en la demanda se dio
antes del boom causado por la apertura del Libre Comercio desde 1778, y que dicha
demanda fue amortiguada en primera instancia por los alzados y orejanos más que por el
ganado manso de las estancias17.
Los testimonios que se desprenden de las reuniones del Cabildo porteño permiten apreciar
el funcionamiento de estas expediciones de búsqueda y captura de los alzados.
Aparentemente, el Ayuntamiento se encargaba de dar los permisos, organizarlas y de fijar
cómo se haría la redistribución del recurso obtenido. En este sentido, hay un caso
correspondiente al pago de la Matanza que resulta ilustrativo: en los vecinos salieron a la
campaña a hacer la recogida de los ganados que allí se hallaban dispersos. Éstos recogieron
porciones considerables sin marcas ni señales. El Cuerpo Capitular nombró al Teniente
Domingo Díaz para que cuidara quienes eran los vecinos que entraban a la campaña a hacer
la recogida de ganado y hacerles declarar con qué licencia la habían realizado. En caso de
no tener licencia, se ordenó que se embargaran las cabezas de ganado recogidas18. Ese
mismo año, el mismo designado comunicaba a los capitulares que ya se encontraba en la
estancia de Antonio Gutiérrez del pago de La Matanza para llevar adelante el cumplimiento
de la comisión que se le había otorgado por el Alcalde de Primer Voto Juan Gutiérrez de
Paz19. En este caso, puede apreciarse el accionar del Cabildo en cuanto a las licencias y su control, el nombramiento de comisionados para que se ocuparan de prever problemas y el
ordenamiento de sanciones contra posibles infracciones sobre el ganado.
Hay casos que son más explicativos para otras cuestiones, como la conformación de
estancias de alzados. El ya nombrado Domingo Díaz envío una carta en la cual informaba
sobre que se había encontrado con Gutiérrez en una de las estancias del difunto Juan De
Rocha. Gutiérrez traía el ganado recogido en presencia de ‘‘buenas personas’’,
argumentando que había entrado a la campaña a hacer la recogida por orden de Gaspar de
Bustamante, Alcalde Provincial. Para demostrarlo, le mostró a Domingo Díaz la orden de
dicho Alcalde. Se hallaron 700 cabezas de ganado vacuno entre grande y chico, además se
registraron 130 orejanos, y el resto eran animales con diferentes marcas y señales, las
cuales no se identificaron todas debido a su variedad. Con este ejemplo, puede apreciarse
cómo hubo vecinos que repoblaban sus planteles de ganado con alzados, como fue el caso
de don Juan de Rocha, quien años antes había actuado como Alcalde de la Hermandad,
encargado de recogidas en varias oportunidades y también ocupándose del abasto de
carne20. Asimismo, puede notarse la distinción entre el ganado mayor y los orejanos,
aquellos que por ser muy jóvenes no poseían aún marcas ni señales, por lo que eran
repartidos en prorratea.
Por otra parte, el Cabildo eran quien se ocupaba de que se controlaran las licencias, como
cuando en 1749 el Capitán Tomas Billoldo, que había venido con su gente del pago de la
Magdalena, recogió 134 cabezas que les correspondían a él y a otros vecinos según sus
marcas, presentando las órdenes que le dieron los mismos para que las recogiera. Se le
obligó a dar cuenta de ello21. Otros casos ayudan a considerar cómo había ciertas facultades
correspondientes exclusivamente a la Sala Capitular: en ese mismo año Juan Gutiérrez de
Lea, Alcalde de la Santa Hermandad, recordó que Gaspar de Bustamante, Alcalde
Provincial de la Santa Hermandad, no tenía la facultad ni jurisdicción para dar licencias ni mandar a que los vecinos hiciesen recogidas de ganado. Dichas facultades eran del Cabildo.
El mismo que cada uno de los vecinos de Areco saliera a recoger sus ganados y se mandó a
juntar todas las licencias y autos que se hubiesen dado sin su permiso22.
Otro punto primordial era el nombramiento de vecinos con comisiones especiales para
determinados asuntos que involucraban a las prácticas pecuarias, como cuando en octubre
de ese mismo año de 1749, se nombró un comisionado para que controle a aquellos que
especulaban con las marcas y señales para recoger ganado. Se estableció una pena de 50
pesos para los españoles, 100 azotes para los negros, mulatos, esclavos y libertos23.
Al mismo tiempo, existieron otras problemáticas en torno a las recogidas de ganados, tal
como podían ser los traslados de poblaciones en las zonas rurales de frontera, causadas
fundamentalmente por las incursiones indígenas, las cuales fueron muy intensas en la
región desde el decenio de 1740. En 1746 se registró un caso interesante, cuando el
Gobernador de Buenos Aires estableció que los vecinos de Santa Fe que querían trasladar
sus haciendas hasta San Nicolás de los Arroyos por la amenaza de los ‘‘indios’’, tenían la
obligación de estar al servicio de la Ciudad con sus armas, sus caballos, sus personas y su
ganado. El ganado sería pagado a los vecinos con puntualidad siempre y cuando se contara
con dinero en la Caja de Arbitrios24
. Podrían enumerarse otros casos en los cuales se ve la
relación entre las recogidas de alzados y la situación de la frontera abierta: por ejemplo, en
1739 el encargado de las expediciones armadas, Juan de Sa Martín, propuso ante el
Ayuntamiento que ya era tiempo para que se le dieran las providencias necesarias para
hacer las recogidas de ganado y caballadas contra los ‘‘indios infieles’’25
. Aquí puede
deducirse el carácter armado de las salidas de vecinos, además de la interacción entre
encargados, vecinos y cabildantes por estos problemas. Según Garavaglia, las tensiones con
los ‘‘infieles’’ se intensificaron en la campaña bonaerense, sobre todo en las zonas de frontera, a partir de la extinción del ganado cimarrón visible desde los años 20 de la
centuria en cuestión, lo cual condujo a un cambio de orientación de las malocas al saqueo
de estancias26.
Sin embargo, dichas prácticas anteriormente mencionadas y descriptas predominaron en la
Banda Occidental de la campaña bonaerense y en las cercanías de la ciudad de Santa Fe.
Por otro lado estaban las vaquerías que se realizaban sobre los abundantes cimarrones
disponibles en la Banda Oriental. Sobre éstas, también correspondían al Cabildo porteño las
principales atribuciones. Para Juan Carlos Garavaglia, al menos desde 1719 ya existía un
ganado denominado ‘‘invernado’’ en Buenos Aires, haciendo referencia a los animales
alzados que se recogían en la parte occidental y sobre todo a los cimarrones que todavía
abundaban en el otro margen del Plata27. En este sentido, las vaquerías tradicionales
quedaron concentradas en los campos entrerrianos y orientales, en donde la actividad fue
tan importante que fue necesario el repoblamiento ganadero28. Con respecto a la finalidad
de estas recogidas y vaquerías que tenían lugar en las zonas rurales en donde todavía
abundaba ese tipo de vacunos, es más que evidente que estuvieron orientadas a más de una
necesidad y a diversas rutas mercantiles. Entre ellas se destacaron la obtención de animales
para el abasto de carne, las faenas para hacer cueros y piezas de grasa y sebo, los envíos de
animales en pie hacia el Alto Perú argentífero y el repoblamiento de estancias de cría en
donde hacían falta los animales29.
Son muchos los casos útiles para ejemplificar esos rasgos de las recogidas en ‘‘la otra
banda’’. Por ejemplo, 1726, se presentó una petición de Don Gerónimo de Escobar para
hacer 100 piezas de sebo y grasa en la Banda Oriental en el plazo de dos meses. Se le
concedió licencia con la condición de que trajera dicha cantidad de sebo y grasa para el abasto de la Ciudad de Buenos Aires. También se le concedió una licencia con las mismas
condiciones a Don Alonso Suárez, quien no especificó la cantidad de piezas que quería
realizar30; ese mismo año se concedió licencia a Domingo Monzón para hacer piezas de
sebo y grasa en la Banda Oriental con la condición que sirviera al abasto de esta
jurisdicción31. Al mismo tiempo que se ocupaba de las faenas para producir sebo y grasa,
debía encargarse de regularlas en determinadas situaciones y de imponer autoridad para
evitar excesos que perjudicaran desde su óptica al bien público: en 1733 se mencionaba
como, a causa de la falta de ganados y como consecuencia de grasa y sebo, había vecinos
que no encontraban las velas y el jabón que necesitaban32; 7 años más tarde se mandó a los
comisionados a que prohibieran la saca de sebo y grasa por los perjuicios que seguirían de
no evitarse la misma33.
Sin dudas, lo que más les interesaba a los vecinos y las autoridades era el vacuno para
hacer cueros y para el abasto de carne de la jurisdicción. En este sentido, el Cabildo
también se encargaba de dar las licencias correspondientes, de organizar y de regular las
prácticas productivas. En esos casos, el Cabildo también era el encargado de dar los
permisos y administrar los recursos. En 1723, por ejemplo, se dio lugar para hacer 25.000
cueros en tierras de la Banda Oriental, los cuales fueron fijados a 11 pesos por pieza, contra
los 13 que valían los de la Banda Occidental, donde para esa misma partida se consiguieron
15.00034; mucho más avanzado el período, en 1749, Juan de Vargas solicitaba mediante
comprar cueros producidos en la Jurisdicción de Buenos Aires y cargarlos en el navío
‘‘Nuestra Señora de la Luz’’, ya que no había los suficientes en otros lugares, para lo cual
creía necesario que se les permitiera a los vecinos hacer las matanzas suficientes para que pudieran venderle todos los que necesitaba35; ese mismo año, Gabriel Antonio Gómez pidió
permiso para despachar desde Buenos Aires a dos navíos que aguantasen hasta 350
toneladas, el cual se le concedió con algunas condiciones: para cargar el navío con
productos de la Jurisdicción, que sean los más convenientes; que pagara los derechos
correspondientes por dicha acción; y que los pagara en todas las ciudades de la Provincia en
las cuales cargara productos36. Aquí pueden notarse otras atribuciones capitulares relevantes
en relación a las recogidas, vaquerías y producción de cueros:
El Cabildo daba permisos para hacer cueros a los vecinos criadores de la ciudad.
El mismo se encargaba de fijar los precios a los cuales debían venderse dichos
efectos.
También debía autorizar la carga de los navíos compradores de cueros.
Al mismo tiempo, otra de las finalidades más destacadas era la del abasto de carne, para lo
cual se utilizaban aquellos animales del ‘‘ganado invernado’’ que menciona Garavaglia
como traído desde la Banda Oriental para suplir las necesidades de la población37. Por
ejemplo, en 1726 se presentó un auto proveído por el Gobernador, en el cual hacía
referencia a los pregones otorgados al abasto de carne en virtud de la postura del Capitán
Juan de Rocha, encargado de las vaquerías en la Banda Oriental, por el que mandó que se
hiciera cuanto antes el remate de dicho abasto en la persona que fuera más conveniente para
ese fin38
. Más adelante ese mismo año se presentó un auto del día anterior por el
Gobernador en vista de los autos presentados anteriormente sobre la carnicería anual, por lo
que los miembros del Ayuntamiento nombraron de común acuerdo como diputado al
alcalde de segundo voto, para que se hiciese responsable de los mataderos y que el fiel
ejecutor se hiciera cargo de las vacas que debían traerse para el matadero, las cuales serían sacrificadas entre diciembre y febrero los días lunes, miércoles y viernes39
. En este caso,
puede apreciarse como había algunos casos en los cuales el ganado era recogido en la otra
banda para ser invertido en el abasto de carne local.
Sin embargo, el procedimiento más común consistía en que el Cabildo convocara y se
encargara de difundir el remate público del derecho al abasto de carne anual, el cual se
realizaba entre los vecinos criadores de Buenos Aires. El caso de 1734 sirve mucho para
ilustrar este proceso: el 5 de abril el Ayuntamiento mandó a pregonar el abasto de carne
anual de la Ciudad; el 4 de mayo los miembros de la Sala acordaron, una vez dados los
pregones, que se saquen a remate y se dieran a quienes le fuera más favorable al bienestar
de la República, y que se informara de todo al Gobernador; cinco días después este último
mandó a que avisaran a los vecinos sobre el remate del abasto de carne en las juntas que
solían hacerse en las capillas de Areco, Luján, Magdalena y el pago de Las Conchas para
que algunos vecinos que pudiesen hicieran sus posturas al respecto40
. De esta forma, se
pueden diferenciar 3 etapas fundamentales: convocatoria, remate y divulgación.
Finalmente, el derecho recaía en quien hiciera la mejor postura posible, tanto en cuanto a la
cantidad de animales y su precio.
Por otra parte es preciso analizar los establecimientos productivos, que desde bien
temprano en la Época Colonial tuvieron cierta dedicación a la cría de vacunos. Tras el
análisis de 34 sucesiones, González Lebrero demostró la existencia de chacras y estancias
ganaderas a principios del Siglo XVII, donde se destacaron el ganado vacuno, ovino y
porcino41. Por su parte, Azcuy Ameghino, sosteniendo una postura distinta a partir del
estudio de Actas Capitulares, que en las primeras explotaciones ganaderas comenzaron con
una clara orientación al ganado mular, lo cual está directamente relacionado con el engarce
con el espacio peruano42. Este punto será discutido con los padrones y sucesiones.
En lo que toca al ganado vacuno durante la primera mitad del siglo XVIII, se pueden decir
varias cosas. En primer lugar, la existencia de establecimientos clasificados como chacras y
estancias, en el sentido de más orientadas a la agricultura del cereal (ver último apartado) o
a la ganadería, con superioridad de las últimas por sobre las primeras, al menos en líneas
generales (Ver gráfico 1). Por otra parte, es innegable la existencia de distintas especies de
ganado dentro de los establecimientos: en las unidades productivas analizadas hemos tenido
datos sobre vacas, bueyes, caballos, yeguas, burros y ovinos. Según los padrones, los
principales animales de cría fueron los vacunos y los involucrados en la cría de mulas
(yeguas y caballos), lo cual no es un dato menor (Ver gráfico 2). Sin lugar a dudas, se trató
de las especies más importantes, en cantidades y en salidas mercantiles. Por eso, se debe
analizarlas a partir de otros datos más precisos brindados por las sucesiones del período
seleccionado, para establecer una relación entre ambos.
Los establecimientos productivos: el ganado
Ahora bien, ¿qué describen las fuentes consultadas acerca de los establecimientos
productivos que poseían ganados? A partir del análisis de 60 UP correspondientes al
período 1726-1759, se pudieron elaborar importantes datos y caracterizaciones sobre la
organización de las mismas, los tipos de ganado que predominaban y la relación entre la
ganadería y la agricultura.
Yendo más puntualmente a las características, habría que decir que las explotaciones
pecuarias lejos estaban de ser homogéneas, sino que aparecen diferentes realidades. Por
ejemplo, había grandes estancias como las que habían quedado de don Miguel de Riblos en
Areco: dentro de las mismas se encontraron burros hechores, caballos, 14 bueyes, 869
mulas, más de 4000 yeguas de cría, 806 vacas, 410 terneros, 30 caballos mansos, 800 reses
herradas, entre otras cosas43. Otro caso aproximado es el de don Lorenzo Rodríguez, quien también presentaba un stock ganadero bastante robusto y diversificado: en 1745 se contaron
entre sus propiedades 1280 vacas, 50 terneras, mulas, yeguas madrinas, 80 caballos, 50
bueyes, 1500 ovejas y otras 6 manadas de yeguas44. En este punto, los datos brindados por
los padrones resultan útiles e ilustrativos: por ejemplo, en 1738 Antonio Gelves, vecino de
Arrecifes, declaró tener 500 cabezas de vacuno, 300 yeguas, 30 caballos y 400 ovejas45; don
Fernando Quintana poseía 1000 vacas, 2000 yeguas y 20 caballos46; Tomás de Arroyo,
criador de Magdalena, en 1744 registró 1500 vacas y 3000 ovejas entre sus tierras de
estancia y chacra47.
Al mismo tiempo, tenían lugar en la campaña otros establecimientos también orientados
hacia la ganadería, pero que eran de menor tamaño. Tal fue el caso de don Joseph de
Esquivel, que si bien tenía 800 varas de tierras, acusó tener 3 vacas, 5 bueyes mansos, 6
caballos y 2 novillos48; el Capitán Antonio Barragán, de Luján, solo tenía 50 vacas y 50
yeguas49, en 1744, Pedro Gómez y Gonzalo Cabrera, ambos de Magdalena, vivían de los 50
vacunos que poseía cada uno50.
Por último, no hay que olvidarse de los pequeños pastores, es decir, aquellos que, ya
fuesen propietarios de tierras o no, se mantenían de la cría de algunas pocas cabezas,
destinadas más que nada al mercado local o el autoconsumo. Los ejemplos son muy numerosos, pero no viene al caso citar aquí más que algunos representativos de la situación:
la viuda del difunto Lagos, de Cañada de la Cruz, únicamente tenía ‘‘algunas vacas’’,
mientras que Gregorio Pereira, vecino suyo, unos pocos caballos51; Juan de Bustos, de
Pesquería, vivía gracias a sus ‘‘pocos animales’’, al igual que Faustino Coello52.
Lo que interesa de todos estos casos, tiene que ver principalmente con dos realidades: a)
las diferentes situaciones que vivían los distintos grupos de la campaña; b) la
diversificación de la producción pecuaria en todos los niveles, respondiendo a la idea ya
planteada de las alternativas mercantiles dentro del espacio colonial y de una economía
insertada en un ‘‘mercado mundial’’.
En cuanto a las alternativas mercantiles, éstas son visibles si uno se pone a analizar tanto
los datos brindados por los padrones como las descripciones del ganado que aparecen en las
sucesiones. Como quedó sentado en los gráficos anteriores, dentro de los establecimientos
ganaderos y ‘‘mixtos’’ predominaban los vacunos y los animales vinculados a la producción
de mulas. Si uno revista los datos de las UP, se vuelve a comprobar esta idea. Sobre un total
de 60 establecimientos con ganado, 34 (56,7%) tenían tanto vacas como mulares (mulas,
yeguas y/o burros hechores), mientras que solamente uno tenía únicamente vacunos y otro
se dedicaba solo a las yeguas. Esto nos dice algo fundamental: la complementación entre
ambos tipos de animales. A su vez, el 100% de los establecimientos con ganado tenían
alguna de estas especies.
Por otra parte, vale la pena señalar que tanto bovinos como mulares (sumando yeguas de
cría, mulas y burros), aparecen en grandes cantidades. Los números dan como cifras totales
12520 vacunos y 9629 cabezas en la producción mular. Esto quiere decir, que tomando la
primera mitad del siglo XVIII y algunos años más, se puede ver cómo los establecimientos
se van orientando progresivamente hacia la cría de vacunos, pero que la de mulas sigue
teniendo un papel muy importante hasta bien entrada dicha centuria por lo menos. Estos números dan un promedio de 160,5 ‘‘mulas’’ y 208,7 vacunos por UP. En cuanto a la
relación entre ambas tipos de ganado, la misma es de 1,3 vacas por cada ‘‘mular’’, siendo
por lo tanto muy pareja en este período. Es preciso señalar que la cría de mulas era una
práctica que requería una inversión de capitales y especialización mucho mayores, así como
también era más arriesgada en cuanto a pérdidas de crías. A su vez, dentro del proceso de la
‘‘fabricación’’ de este híbrido entraban en juego varias especias: yeguas de cría, caballos y
burros hechores. El proceso consistía en la reproducción manipulada por el hombre entre
las yeguas y los burros hechores, aquellos que eran acostumbrados desde sus primeros días
a convivir con las yeguas. Para eso, era preciso sacrificar crías de caballo y colocar las
pieles sobre el burrito cubriéndolo con la misma, para que de esta manera pudiera ser
integrado en las manadas. De esta forma, no solamente era complejo y costoso, sino que
también el ganado mular se veía condicionado por el stock de ganado equino y sus
variaciones53.
Resulta interesante hablar un poco de esta última actividad antes de cerrar el apartado, ya
que la misma tuvo mucha importancia para la economía rioplatense colonial desde
comienzos del siglo XVII, lo cual se ve reflejado todavía en las fuentes trabajadas para esta
ponencia. Ya en el siglo XVI existía un ‘‘espacio peruano’’ (tomando las palabras de Carlos
Assadourian) centrado en Lima y Potosí como principales centros económicos. ‘‘Este
espacio, que abarcaba desde Quito hasta el Río de La Plata, estaba articulado por el capital
mercantil generado en esos dos centros, sobre todo por la minería potosina’’54
. Para autores
como Assadourian y Gustavo Paz, la región pampeana formaba parte de este ‘‘espacio
peruano’’, cuya característica principal era que ‘‘la demanda de mercancías por parte de
Lima y Potosí generaba una especialización regional de la producción de las diferentes
subregiones dentro del espacio peruano. La consecuencia fundamental fue la formación de
un mercado interno de mercancías provistas por las diferentes regiones y consumidas dentro del espacio peruano, en particular en los dos centros de desarrollo’’55. Para Gustavo
Paz, la importancia de la cría y comercialización de mulas desde la subregión rioplatense
fue que su circulación ‘‘articuló un espacio económico entre Buenos Aires y el Perú desde
comienzos del siglo XVII que perduró hasta fines del período colonial’’56.
Con respecto al origen de la cría de mulas destinadas al mercado limeño-potosino, existen
diferentes opiniones. Para Assadourian, ésta actividad comenzó a desarrollarse en forma
importante por primera vez en el área de Córdoba hacia comienzos del siglo XVII (entre
1610-1630), naciendo como adaptación a las necesidades del mercado peruano, que
necesitaba de estos híbridos como elementos de transporte (sobre todo en las minas del
Potosí, cuya superficie es de muy difícil adaptación para otros tipos de animales de carga,
como por ejemplo los bueyes)57. Paz sostiene que comenzó a consolidarse recién hacia fines
del siglo XVII, y Salta se transformó en un centro de acumulación de mulas en donde se
compraban y vendían estos animales58. Según esta hipótesis, las mulas se criaban
mayoritariamente en Córdoba y se concentraban en el mercado salteño, para luego se
llevadas por quienes las compraban hacia diferentes puntos del Alto Perú.
Además, se trataba de una actividad compleja, mucho más que el usufructo del ganado
vacuno cimarrón, puesto que, a diferencia de éste último, ‘‘es un animal doméstico que
exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en las diferentes
etapas que llegan hasta su venta: seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar
de la alimentación de las pequeñas crisis, capar los machos, marcar los animales con el
hierro, amansados’’59. Por suerte para los productores y comerciantes, ‘‘estas nuevas especies incorporadas al ecosistema pampeano por el proceso colonial europeo se
adaptaron ventajosamente a las condiciones ambientales de esta región’’60
.
Ahora, se harán algunas aproximaciones a la economía rural ‘‘mixta’’, con la idea de
poder ver si se daba o no cierta relación complementaria entre la ganadería y la producción
agrícola.
Los establecimientos ‘‘mixtos’’
Partiendo del análisis de inventarios para el período 1750-1815, Juan Carlos Garavaglia
supo demostrar, entre otras cosas, la existencia prácticas agrícolas en las denominadas
estancias, y en definitiva una relación de complementariedad más que de contraposición
entre la producción de cereales y animales61. En este apartado se parte de la idea de que,
además, las chacras, reconocidas como UP fundamentalmente agrícolas, también se
concentraban, aunque en menor medida, en la cría de animales para distintos fines.
¿Cómo hacer para notar la presencia o no de agricultura en las estancias? Como bien
sostiene el autor, podría ser mediante la presencia de bueyes (para carretas y arados), o de
herramientas agrícolas en los inventarios62. Esta relación se daba tanto en las grandes
estancias ganaderas como en las pequeñas y medianas explotaciones: entre las tierras de
estancias de don Francisco Casco se encontraron herramientas agrícolas y varias fanegas de
trigo63; Joseph de Esquivel tenía estancia y además una chacra de 800 varas de frente, donde había 7 fanegas de trigo, 7 palas, una fuente de estaño, 8 hoces y carretillas64; don
Lorenzo Rodríguez, quien contaba con cuantiosas haciendas, también tenía arados, azadas,
tachos, 2 carretones, 3 carretas, un molino de tiro, caballos y bueyes65.
Casos como los anteriores permiten pensar en que había UP reconocidas como estancias
dedicadas en menor medida a la agricultura. A su vez, existían las chacras y pequeñas
explotaciones que complementaban ambas ramas de la economía colonial. Por ejemplo,
José Díaz de Adorno, un pequeño productor de Las Conchas, complementaba la cría de
ovejas con la de bueyes y el uso arados para explotaciones agrícolas66; Miguel Díaz, de
Luján, poseía algunas vacas lecheras y ovejas, sirviéndose además de bueyes para arar67;
Joseph Jufré criaba bueyes y caballos pero además sembraba68; Julio Celiz tenía vacas y
ovejas, y además una tahona69; ya en 1744, Juan de Valdivia, chacarero de La Matanza, se
dedicaba también a la cría de vacas y yeguas70; Diego de Videla se mantenía de sus vacas
lecheras y los productos de su chacra71; Juan Manuel de Arce (1734) tenía una chacra con
árboles frutales, donde además se encontraron herramientas agrícolas, 60 mulas, 27 mansas,
10 bueyes, 2 yeguas madrinas y 4 caballos mansos72; en las chacras del Capitán Francisco Cordero había yeguas, mulas, vacas, terneras, caballos y esclavos73. Todas estas
descripciones permiten apreciar que en UP medianas o menores, o en las más
especializadas en la producción agrícola, también había cría de animales diversificada para
los distintos mercados.
Respecto a la importancia de la agricultura, habría que sostener que esta se concentraba
más que nada en la de cereales, y entre estos la del trigo. Este era un elemento fundamental
para la elaboración de panificados, central en la dieta de los porteños y bonaerenses de
aquella época. Sin ir más lejos, el Cabildo estimaba en 1721 que se necesitaban entre
15.000 y 16.000 fanegas anuales para alimentar a todos, mientras que a fines de la centuria
la cifra superaba las 80.000 y a comienzos de la siguiente oscilaba entre 96.000 y 120.000
por año74.
En definitiva, las fuentes consultadas permiten percibir la presencia de agricultura en las
UP ganaderas y de ganadería en las más agrícolas. Sería interesante profundizar más esta
relación y el protagonismo de los cereales a partir de la interacción entre diferentes fuentes.
Conclusiones
Luego de analizar diferentes fuentes (Acuerdos y Archivos Capitulares, Sucesiones,
Padrones rurales), se han alcanzado algunas conclusiones provisionales en lo que respecta a
las prácticas y formas productivas de la primera mitad del Siglo XVIII:
El ganado vacuno y las prácticas productivas en torno al mismo fueron sufriendo
transformaciones a lo largo de este recorte: a) la caza condujo progresivamente a la
extinción del cimarrón; b) a partir de ello se consolidaron otras formas de
aprovechar los derivados de estos animales: las recogidas de ganado y las estancias
cría; c) se configuraron diferentes tipos de recogidas: las de alzados para repoblar
estancias (Banda Occidental) y las destinadas a faenar o a ‘‘importar’’ cimarrones
(Banda Oriental).
El Cabildo, sus funcionarios y vecinos designados intervenían activamente en
problemáticas vinculadas a las vaquerías, redistribución de los animales recogidos,
control de licencias, marcas y señales, permisos o prohibiciones para las distintas
faenas, abasto de carne, etc.
Las estancias bonaerenses se concentraron fundamentalmente en dos tipos de
ganado: vacuno y mular. Los mismos respondían a diversos intereses mercantiles:
cueros (mercado exterior), grasa, sebo y carne (mercado local y transacciones
regionales), animales en pie (para abastecer de carne a los mercados del Norte
minero, y de mulas para los trabajos en las explotaciones argentíferas).
Dentro de los ‘‘hacendados’’ (en cuanto propietarios de ganado, en cualquier
medida), existieron realidades dispares: había desde grandes propietarios y
terratenientes (los menos) y un importante sector de medianos y pequeños
propietarios (pastores y labradores).
Un porcentaje considerable de las UP que contaba con ganados diversificaban sus
stocks por las razones económicas y explicadas, indistintamente de si se trataba de
terratenientes estancieros o campesinos de poca monta.
La mayoría de los establecimientos analizados presentaban una producción
‘‘mixta’’, en el sentido de que complementaban, con mayor pesos de la ganadería, a
esta última con la agricultura, fundamentalmente del cereal (vista a través de los
utensilios y las fanegas de trigo).
La producción agrícola parecía ser, al menos teniendo en cuenta los datos
elaborados más los brindados por el Cabildo y los diezmos de 1724 y 1738, bastante
importante, casi exclusivamente para el consumo local.
Notas
1 CONI, E. (1979). Las vaquerías en el Río de la Plata. Buenos Aires, Platero, p. 24.
2 WEDOVOY, E. (1990). La estancia argentina. Explotación capitalista o bárbara. Buenos Aires,
Mimeo, p. 29.
3 MAYO, C. (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires, Biblos, p. 39.
4 HALPERÍN DONGHI, T. (2010). Historia contemporánea de América Latina. Buenos Aires,
Alianza, p. 41.
5 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la
campaña bonaerense 1700-1830. Buenos Aires, De la flor, p. 39.
6 Se hace referencia a las expediciones de caza organizadas por las autoridades y los vecinos para
salir a buscar vacunos cimarrones, cazarlos y extraer recursos fundamentales como el cuero (pieza
principal de la faena, por su importancia para la exportación), sebo, grade y carne para el abasto
local.
7 MAYO, C. Op. Cit., p. 48.
8 MAYO, C. Op. Cit., pp. 40-43.
9 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 131.
10 GONZÁLEZ LEBRERO, R. (1993). ‘‘Chacras y estancias en Buenos Aires a comienzos del
siglo XVII’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata colonial. Los
establecimientos productivos (II), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 71-87.
11 HALPERÍN DONGHI, T. (1993). ‘‘Una estancia en la campaña de Buenos Aires, Fontezuela,
1753-1809’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata colonial. Los
establecimientos productivos (I), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 45-65.
12 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Op. Cit., pp. 216-218.
13 Ibídem, pp. 123-175.
14 PELOZATTO REILLY, M. L. (2015). ‘‘El Cabildo, los vecinos y la utilización de ‘la otra banda’
como territorio alternativo en la economía rural colonial. Buenos Aires y Santa Fe durante la
extinción del ganado cimarrón y las vaquerías tradicionales (1720-1750)’’, en Estudios Históricos,
Centro de Documentación Histórica del Río de la Plata y Brasil ‘‘Dr. Walter Rela’’, Año VII, Nº 14, p. 8.
15 Los ganados orejanos, es decir, aquellos que eran jóvenes y no estaban marcados (en teoría no
debían estarlo) eran repartidos proporcionalmente entre los vecinos. Por ejemplo, 40 crías a un
criador que tuviera 4 vacas con su marca. Vale aclarar que los repartimientos no eran exactos.
16 PÉREZ, O. (1996). ‘‘Tipos de producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La estancia de
alzados’’. En: AZCUY AMEGHINO, Eduardo (Director). Poder terrateniente, relaciones de
producción y orden colonial. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, p. 152.
17 Se recomienda para ampliar sobre este tema ver el trabajo de Osvaldo Pérez (1996). ‘‘Tipos de
producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La estancia de alzados’’, en AZCUY
AMEGHINO, Eduardo (Director). Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial’’.
Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, pp. 151-184.
18 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-3, f. 302.
19 Ibídem, f. 302b.
20 Ver PELOZATTO REILLY, M. L. (2015). ‘‘Recogidas de ganado y repoblamiento de estancias
en el contexto local bonaerense: el rol de un vecino hacendado de La Matanza durante las primeras
décadas del siglo XVIII’’, en Carta Informativa XXXVIII de la Junta de Estudios Históricos del
Partido de La Matanza, 26 págs.
21 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-3, f. 303.
22 Ibídem, fols. 304-304b.
23 Ibídem, f. 305b.
24 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-2.
25 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 76.
26 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 39.
27 Ibídem, p. 216.
28 FRADKIN, R. (2000). ‘‘El mundo rural colonial’’, en TARDETER, E. (Director). Nueva
Historia Argentina. Tomo II: la sociedad colonial, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 270-271.
29 GARAVAGLIA, Juan Carlos. Op. Cit., pp. 216-217.
30 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 620.
31 Ibídem, p. 608.
32 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, p. 659.
33 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 136.
34 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 139.
35 AGN, Sala IX, AC, 1747-1750, 19-2-3.
36 Ibídem, pp. 188-188b.
37 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 216.
38 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 686.
39 Ibídem, p. 696.
40 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, pp. 45, 67 y 70.
41 GONZÁLEZ LEBRERO, R. Op. Cit., pp. 72-81.
42 AZCUY AMEGHINO, E. (1995). El latifundio y la gran propiedad colonial rioplatense, Buenos
Aires, Fernando García Cambeiro; FRADKIN, R. y GARAVAGLIA, J. C. (2009). La Argentina
colonial. El Río de la Plata entre los siglos XVI y XIX, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 45.
43 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8122, Sucesión de don Miguel de Riblos (1727), pp. 12-15.
44 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de don Lorenzo Rodríguez (1745), pp. 6-7.
45 ANH, Documentos para la Historia Argentina, Tomo X, Padrones de la Ciudad y campaña de
Buenos Aires (1726-1810), Padrón de 1738, p. 315.
46 Ibídem, p. 317.
47 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 701.
48 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5671, Tasación de bienes de don Joseph de Esquivel (1744), pp.
21-22.
49 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 302.
50 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 708.
51 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 289.
52 Ibídem, pp. 292-293.
53 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 218.
54 PAZ, G. (1999). ‘‘A la sombra del Perú: mulas, repartos y negocios en el Norte Argentino a fines
de la colonia’’, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ‘’Dr. Emilio Ravignani’’,
Tercera Serie, Nº 20, p. 45.
55 Ídem.
56 Ibídem, p. 46.
57 Ibídem, p. 47.
58 Ibídem, p. 48.
59 ASSADOURIAN, C. (1982). Op. Cit., p. 42.
60 MAZZANTI, D. y QUINTANA, C. (2010). ‘‘Estrategias de subsistencia de las jefaturas
indígenas del Siglo XVIII. Zoo arqueología de la localidad arqueológica Amalia (Tandilia Oriental)
’’, en Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXV, Buenos Aires, p. 144.
61 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 176.
62 GARAVAGLIA, J. C. (1993). ‘‘Las ‘estancias’ de la campaña de Buenos Aires. Los medios de
producción (1750-1850) ’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata
colonial. Los establecimientos productivos (II), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp.
124-134.
63 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5337, Sucesión de don Francisco Casco, p. 5.
64 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5671, Sucesión de don Joseph de Esquivel (1744), pp. 12b-13.
65 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de don Lorenzo Rodríguez (1745), pp. 3-7.
66 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 307.
67 Ibídem, p. 310.
68 Ibídem, p. 312.
69 Ibídem, p. 313.
70 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 672.
71 Ibídem, p. 674.
72 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Sucesión de Juan Manuel Arce (1734), pp. 11-14.
73 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5336, Sucesión del Capitán Francisco Cordero (1746), pp. 17-18.
74 GARAVAGLIA, J. C. (1991). ‘‘El pan de cada día: el mercado del trigo en Buenos Aires, 1700-
1820’’, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ‘‘Dr. Emilio Ravignani’’, Tercera
Serie, Nº 4, p. 9.
75 Ibídem, p. 10.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
jueves, 7 de septiembre de 2017
‘‘El Rey ha muerto, viva el Rey’’: un estudio general de las celebraciones de exequias y aclamaciones Reales en las villas de Lima, Buenos Aires y Santa Fe, en III Encuentro de Investigación ''Rogelio C. Paredes'', Universidad de Morón, 14 de noviembre de 2015.
LINK: https://www.academia.edu/19468729/_El_Rey_ha_muerto_viva_el_Rey_un_estudio_general_de_las_celebraciones_de_exequias_y_aclamaciones_Reales_en_las_villas_de_Lima_Buenos_Aires_y_Santa_Fe_en_III_Encuentro_de_Investigaci%C3%B3n_Rogelio_C._Paredes_Universidad_de_Mor%C3%B3n_14_de_noviembre_de_2015
Introducción
En esta ponencia analizaremos las costumbres fúnebres de la Monarquía española, relacionadas a la persona del Rey, y las prácticas sociales que suscitaron en sus dominios a través de las exequias de los reyes Carlos II Habsburgo y Felipe V de Borbón, en 1700 y 1746, respectivamente. Para reforzar nuestro análisis de las exequias reales en la América española, haremos un estudio comparativo entre la ciudad capital del Virreinato del Perú, es decir Lima, y las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe. En este sentido, examinaremos el papel que tiene la villa en la organización ceremonial. En un siglo como fue el XVIII, donde el avance del Absolutismo situó a la figura Real en el centro de la organización estatal, la muerte convirtió un problema natural (el fin de una vida) en un problema de Estado (de legitimidad). El principal inconveniente que enfrentaron las dinastías españolas (Habsburgo primero y Borbón después) fue la unión, en la persona del Rey, de numerosos reinos con pretensiones no convergentes. La muerte del Monarca fue una oportunidad para reforzar la dignidad de la investidura real, buscando la unión de todos los reinos en el marco de una única ceremonia. Hemos de aclarar que la dignidad real no muere, sino que sigue viviendo a través del difunto y de su heredero. La muerte del Soberano, entonces, y como todas las muertes de la Cristiandad europea, estaba rodeada de un ritual. Al morir, los siguientes pasos debían cumplirse para llevar a buen término la costumbre: exposición de la persona real durante un tiempo determinado; la procesión y la pompa fúnebre hacia el lugar de descanso; la inhumación y, finalmente, el duelo. ‘‘El rey no muere. Inmediatamente después de su último suspiro era expuesto como viviente, en una habitación donde se preparaba un banquete, con todos los atributos de su poder de vivo. La conservación de la apariencia de vida era necesaria a la verosimilitud de esta ficción, como la detención de la descomposición era físicamente impuesta por la longitud de las ceremonias’’.1 Correspondía al heredero suplir a la persona real durante este período de transición, llegando a realizar incluso las actividades cotidianas en nombre del difunto (comer, beber, dormir). Podríamos decir que se representaba una parodia, donde el ser al que todos ya consideraban muerto no era un cadáver, sino un transido. Alguien que ha abandonado la vida, pero que todavía no ha dejado el mundo. El cuerpo, centro de todas las miradas, no estaba totalmente muerto hasta que se ocultaba dentro de un ataúd. La negativa a ver el cuerpo muerto no era rechazo de la individualidad física, sino rechazo de la muerte carnal del cuerpo2.
Los símbolos reales (cetro y corona), la representación de la muerte (arte macabro), la memoria (la Fama real) y la persona del Rey (la urna, el retrato o el estandarte) predominaban en el sistema simbólico creado para las ceremonias. La construcción de grandes obras de arquitectura efímera en las diversas ciudades del imperio español (desde la Península hasta América) se enmarcó dentro de un doble juego de demostración de riqueza y de fidelidad, por un lado, y de exaltación del papel que esa villa tenía dentro de la organización espacial, por el otro. Las exequias reales tenían, además, otro motivo: el Rey debía ser visto en toda su gloria, incluso en la muerte. Ya durante el reinado de los Austrias, los reyes eran representados como vencedores ante la muerte (sacralizados en el mismo nivel que los héroes clásicos y la divinidad). En el caso de Buenos Aires y Santa Fe, la representación del Rey aparece reflejada fundamentalmente en el Real Estandarte. El mismo era encargado al Alférez Real cada vez que era renovado el cargo. En el marco de las celebraciones en honor a San Jerónimo era utilizado por el mismo funcionario, y en su ausencia se le otorgaba a otro, generalmente algún Regidor. El Alférez saliente debía devolverlo al Cabildo y pedir testimonio de su actuación en el cargo, y aparentemente se lo llevaba a su casa. También aparece con su portador en las procesiones de Semana Santa, costumbre que se suspendió desde 1700 en adelante3.
En Buenos Aires, fue un elemento de fundamental importancia, sobre todo a partir de las marchas a caballo encabezadas por el Maestre de Campo, en el caso de las aclamaciones a Felipe V, Manuel de Prado Maldonado (24 perpetuo de Sevilla y Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata), los oficiales de la Real Hacienda, el contador don Miguel Castellanos y don Pedro Fernández de Castro y Velasco quien tenía el título de Caballero de la Orden de Santiago (tesorero), todos mentados a caballo, de gala y con toda la ostentación correspondientes. Éstos marchaban hacia la casa del Alférez Real, don Joseph de Arregui, donde se encontraba el Real Estandarte, ubicado sobre un ‘‘majestuoso trono’’, y debajo del mismo un dosel dedicado a la situación y acompañado de vistosas y costosas colgaduras. El mismo le fue entregado al Alcalde de Primer Voto, Capitán don Antonio Guerrero, y al Alguacil Mayor don Miguel de Obregón, quienes lo tomaron luego de hacer las reverencias debidas.
En el momento de la recepción, el Alférez se hallaba a caballo y puesto a su derecha el Gobernador y al costado los ‘‘Cuatro Reyes de Armas’’, a quienes seguían todas las Compañías de Caballería, con dotaciones del Presidio hacia la Plaza Mayor. Allí se había formado un túmulo de 8 varas en cuadro y 2 de alto con 2 escalas más capaces, vestido con ricas alfombras y colgaduras. Las aclamaciones se hacían reiteradas veces con el Estandarte mientras todo el pueblo, a grito de ‘‘viva el Rey’’, estaba congregado en la Plaza. Todo esto acompañado de la exposición de armas por parte de las Compañías que escoltaban el túmulo, sonando a la vez las campañas de todas las iglesias4.
En el caso de la Corte, la celebración era realizada a cargo de la Casa Real y de sus dependientes. Hacían uso del funcionariado de la Monarquía utilizando los recursos y los profesionales adscritos a la Cámara y las Obras Reales para el aprovisionamiento y la construcción del túmulo. La Capilla Real se preparaba para la realización de las misas pertinentes. Durante los reinados borbónicos, se buscó que el tesoro real bastase para el pago de toda la ceremonia. En el Río de la Plata, el Cabildo se encargaba de la organización y de las provisiones necesarias, ya sea para la construcción del arte efímero como de los animales y armas utilizadas: por ejemplo, en 1701 el Ayuntamiento santafesino se encargó de los gastos de todos los lutos correspondientes por Carlos II 5.
Dentro del protocolo español había un orden establecido para llevar a cabo las diversas ceremonias, además de marcar los límites económicos y temporales que cada región tenía que cumplir tanto en las exequias como en las aclamaciones de los nuevos reyes. La Ordenanza que daba comienzo a las exequias era emitida por el nuevo Rey lo más rápido posible, para marcar una rápida transición del poder real de una persona a otra. Respecto a esto, el caso de las realizadas en honor a Carlos II en la Plaza de Santa Fe son bastante ilustrativas: el 23 de agosto de 1701 se dispusieron los actos; el 27 se doblarían las campanas; el 28 se informaría al pueblo mediante la publicación de un bando; el 5 de septiembre a la tarde debía cumplirse la vigilia; finalmente era la hora del cierre al día siguiente, con la misa y el sermón a cargo del Cura Vicario y otros prelados6.
El Cabildo ante la muerte del Rey
En las ciudades españolas, tanto en la Península Ibérica como en las colonias americanas, las celebraciones dependían de varios factores: los deseos expresos del Rey, el rango de la villa en la organización territorial, la costumbre local y la influencia de un orden interesado en la celebración póstuma (como los Jesuitas en Zaragoza7 ). La costumbre dictaba un protocolo: comenzaba con la emisión de la Ordenanza Real que disponía el inicio de la ceremonia en honor al monarca difunto y los requisitos que debían seguirse junto con las costumbres ya establecidas.
Entre el fallecimiento del Rey y la llegada de las Ordenanzas a lugares tan alejados como Lima o Manila podían pasar meses. Aun así, no se podía dar comienzo al ritual antes de que estas fueran leídas a los Cabildos en la plaza mayor de la ciudad. Una vez la Ordenanza estuviera leída y archivada, pregoneros públicos anunciaban la muerte del señor del reino a todos los vecinos y habitantes de la comarca.
‘‘La procesión del pregón era un ritual importante que trazaba y narraba la geografía del poder en la Lima colonial alrededor de la plaza. En ella, los vecinos notables, montados y lujosamente ataviados, acompañaban al pregonero real cuando anunciaba en voz alta en determinadas esquinas de la ciudad —siempre identificadas como las más principales o de más calidad— la futura ceremonia que se celebraría en Lima’’.8
El Cabildo nombraba un comisario para que se encargara de supervisar los ritos fúnebres. Al comenzar las exequias se suspendían las actividades administrativas y se nombraba una Junta de Exequias conformada por vecinos ilustres, oficiales y miembros del gobierno local. Esta junta determinaba la fecha y el lugar de la ceremonia, aprobaba la elección de los comisarios y decidía qué fondos se usarían para pagar por esta 9 . La primera medida del comisario de las exequias era encargar la representación real y el túmulo público. Los túmulos eran tradición antigua en la cultura española: instaurados por los Austrias Carlos V y Felipe II, y modificados por sus sucesores, los túmulos se convirtieron en el centro de la celebración de las exequias reales10.
Estos eran estructuras en forma de torre de varios pisos (de 20 a 40 metros), decorados con una gran cantidad de velas, cirios y hachas para dar la sensación de estar observando una pira. En los diferentes pisos se podían ver imágenes de todo tipo: alegorías de las virtudes del rey, las armas de la realeza y de los reinos, arte macabro que representaba a la muerte (calaveras, huesos), y lienzos con pinturas de héroes y dioses clásicos como Atlas (que representaba las cargas del poder real) y Hércules (representando las pruebas superadas del Monarca).
Sobre el túmulo, rematando la estructura, se encontraba una efigie dedicada normalmente a la muerte o a la Gracia Divina. En los túmulos más modernos podían existir referencias a la memoria y a la Historia para marcar la perduración del recuerdo del difunto luego de su muerte física.
‘‘(…) la iconografía, los emblemas, las alegorías, y los jeroglíficos utilizados en las fiestas cívicas solemnes fueron esenciales para el desarrollo de “hábitos mentales” en la lectura e interpretación de estos símbolos, que no sólo eran asequibles y legibles al público, sino que también cumplían una función didáctica en que las lecciones morales eran compartidas con el pueblo en general’’11.
Hay que mencionar que, dentro de esta estructura, el cuerpo real (o el ataúd o urna que lo representaba) estaba situado en el segundo piso. Puede parecer casual, pero el mensaje que se quería dar con esto era la elevación del monarca por sobre los hombres comunes que le permitía acercarse a Dios. Toda esta parafernalia de adornos, símbolos y luces tenía como fin la glorificación máxima del Poder Real, grabando en las mentes de los súbditos que lo presenciaban un sentimiento a la vez de inferioridad, compasión y admiración hacia la Dignidad Regia. El arte barroco, con su ostentación, era ideal para conseguir este efecto. Una vez elegido el proyecto para el túmulo el comisario elegía la iglesia donde seria puesto, para llevar a cabo las misas por el alma del Rey.
Una vez finalizada la ceremonia, el túmulo era desmontado y guardado para su uso posterior en algún otro funeral. En este contexto, tengamos en cuenta que mientras Lima recibía las noticias en el menor tiempo posible gracias a su situación de puerto importante y capital de Virreinato, la Gobernación de Buenos Aires era notificada con un retraso mayor y, en ocasiones, mediante fuentes de segunda mano (otras villas, barcos comerciales).
Hacia el siglo XVIII, la villa de Lima era la comunidad predominante en el Perú y uno de los principales puertos del Imperio español. La primera situación con la que se enfrentaron los limeños fue la ausencia de la persona real (y por lo tanto, la imposibilidad de una ceremonia con cuerpo presente). Lo solucionaron recurriendo a los modelos que proponían las ciudades de Zaragoza y Sevilla, donde la arquitectura efímera se situaba en el centro de la ceremonia. Mediante este recurso, lograron plasmar los gustos estéticos de la época, representar su visión del mundo y hacer honor a la memoria histórica. ‘‘En el caso de las Indias, el problema de hacer presente y real al Rey fue un asunto bastante más complejo para los oficiales coloniales y las elites locales dado que el Rey nunca visitó el continente’’12.
Como en Sevilla, el monumento fúnebre mostraba la unión de las armas del Rey y de Lima, los símbolos del reino (colores y heráldicas), los atributos del Poder Real ya mencionados y por último, la representación del Rey. La ciudad no reparaba en gastos para dejar asentada la presencia del Monarca y demostrar en todo momento el sometimiento y la lealtad de Lima hacia su Señor. Se buscaba asociar a la Dinastía española con el Perú, como herederos legítimos del Imperio Inca.
‘‘Debido a que, en el caso del Perú, el Rey “genuino” no fue nunca “producido como un original” sino más bien “re/producido”, su simulacrum —o copia para la cual no existe un original— convirtió al Rey español en un monarca hiperreal. Estas “re/presentaciones” del Rey fueron, sin embargo, siempre “auténticas” o verdaderas ya que, como el referente no fue nunca visto en Lima, el simulacro era verdadero por virtud de esta ausencia. ’’13.
A pesar de que hablamos de un simulacro, nadie podía dudar de que en Lima el Rey estuviera sentado en su trono. Un retrato del difunto estaba situado en la Plaza Mayor, en lo alto de un teatro, sobre un trono escoltado por esculturas de bulto. La ceremonia comenzaba una vez el Alcalde más antiguo depositaba el retrato en el centro del estrado. Soldados y oficiales, con uniformes de luto, marchaban por la plaza llevando el Estandarte Real, simbolizando su fidelidad. En torno a ellos, los edificios centrales de la ciudad estaban enlutados con largos paños negros, y panegíricos que mostraban los acontecimientos importantes del reinado que terminaba. Sobre el luto, la vestimenta estaba íntimamente relacionada con el rango y el orden social: las lobas, largas túnicas de terciopelo de calidad, demostraban la importancia y el estatus de la persona que las vestía.
A su vez, la Catedral limeña se aprestaba a preparar la maquinaria fúnebre para las varias misas en honor al Rey. La construcción de túmulos en Lima seguía los parámetros establecidos por los grandes arquitectos efímeros de la Península, gracias a que contaban con los modelos realizados en funerales especiales (como los de Luis XIV). El comisario nombrado en Lima para presidir la ceremonia por la muerte de Carlos II fue don Juan González de Santiago, oidor de la Real Audiencia; el Virrey ofreció cubrir los costos de la ceremonia a sus expensas, la cual se realizó entre el 26 y el 27 de Junio de ese año. La ceremonia realizada en 1701 14 en Lima en honor a la muerte de Carlos II significó algo nuevo: la muerte del último rey Habsburgo representó el fin de una época. La ciudad, según las fuentes que analiza Minguez Cornelles, se vistió de luto sin necesidad de bandos ni pregones; incluso la población indígena.
‘‘Representan también la muerte del imperio entendido como una unión de reinos y territorios bajo un mismo monarca. El heredero legal del rey fallecido y vencedor de la guerra, Felipe V, instaurará en el trono a la Casa de Borbón, y establecerá un imperio colonial subordinado a la metrópoli’’.15
El maestro mayor de las Fabricas Reales se encargó de la planificación y construcción del túmulo, decisión tomada en base a su experiencia en la realización de tales obras. Se tomó la decisión de representar a la ciudad de Lima junto con Madrid y las “cuatro partes del mundo”; estatuas distribuidas en todo el cuerpo evocaban a la Piedad, la Justicia, la Prudencia, la Templanza, la Paz, la Fortaleza y la Clemencia. El túmulo se elevaba un total de tres pisos y estaba rematado en su cima por una cúpula donde se posaba un Fénix resurgiendo de entre las llamas. La tumba real estaba situada en el primer cuerpo, elevada. ‘‘Sobre ella descansaba la almohada con el cetro, la corona, la espada y el collar del Toisón. Numerosos blandones y hacheros, y cuatro reyes de armas enlutados y alzados sobre pedestales escoltaban al féretro’’.16
El fénix representa la inmortalidad de la Monarquía. Los príncipes se renuevan y la línea de descendencia monárquica presenta a los reyes como una única figura que se perpetúa a través del tiempo. “El Rey sobrevive al Rey” o “el Rey ha muerto, Viva el Rey”, según Kantorowicz17, se aplica igualmente al Soberano muerto sin hijos porque lo que se perpetúa es la institución monárquica, independiente de los avatares dinásticos. La carencia de un heredero y la temida guerra de sucesión marcaron el rumbo que tomaron las exequias de Carlos II en todo el Imperio. Las numerosas ceremonias que se celebraron tanto en España como en las colonias americanas transmitieron el pesar de los súbditos a través de jeroglíficos que invocaban los sufrimientos de la vida del Monarca, el triunfo de Carlos sobre la muerte (la eterna gloria) y la lealtad de España a su legítimo Gobernante.
La subsiguiente coronación de Felipe V, primer rey Borbón de España, representó el inicio de la transición hacia una Monarquía moderna. En las fuentes de la época, los investigadores han señalado la persistencia de sentimientos pesimistas, quizá debidos a la incertidumbre consecuencia de la guerra civil española. ‘‘Los programas iconográficos de las exequias carolinas lloran al monarca fallecido, pero apenas hay referencias a la regeneración de la institución monárquica, pues es toda una dinastía la que ha fenecido en esta ocasión’’.18
Quizá los autores de la arquitectura fúnebre limeña quisieron mantener la tradición de conectar al Rey con su futuro (o posible) sucesor. Una particularidad del túmulo limeño es señalada por Minguez Cornelles: ‘‘solo en el catafalco de Lima encontramos unas tímidas referencias a Felipe de Anjou, en absoluto comparable a los óbitos de los anteriores Austrias donde la referencia en el túmulo al hijo sucesor era inexcusable y reiterada.19
Probablemente esperasen que la demostración de lealtad, en el caso de que Su Majestad ascendiese, tuviera recompensa. También es posible que la costumbre de mostrar a la Monarquía como un todo continuo estuviese tan arraigada que no podían dejar vacío el espacio designado para el heredero.
La primera idea podría ser la más acertada, si seguimos el análisis que hace Carmen Ruiz de Pardo, de los lienzos catalogados como “Gobernantes del Perú”.20 En esta serie de retratos, catorce gobernantes Incas son seguidos por los Reyes españoles desde Carlos V a Fernando VI, como si se tratase de afiliar la Monarquía española con la historia local. Ruiz describe un cuadro en el cual aparece Felipe V, primero de los borbones.
‘‘El cuadro en la parte superior tiene a Cristo en su carácter de -Rey de reyes y señor de señores- (sic) ante los monarcas del lienzo; en la derecha superior se encuentra la Coya o mujer de Manco Cápac y a un lado, el escudo español con el león y el castillo alternados y al otro, el escudo inca con el otorongo, las serpientes coronadas sosteniendo un arco iris y una maskapaicha inca superior’’.21
Ya mencionamos la importancia del retrato en las ceremonias coloniales. Una vez que la imagen del Rey era colocado en el trono, la Plaza de Lima cobraba vida: tenía una capacidad para casi ocho mil personas y suficiente espacio como para celebrar un desfile militar. La acumulación de gente, nos dice Ruiz de Pardo, llegaba hasta la Catedral. La celebración era acompañada con salvas de artillería y el redoble de las campanas, sonoro trasfondo a un tumulto de observadores vestidos de luto. Todo estaba preparado para reforzar el vasallaje de la villa hacia el señor.
En el siglo XVIII, el séquito que escoltaba al difunto tenía pautas establecidas por la costumbre y por el rango. Las primeras exigían el acompañamiento de clérigos especializados en el ritual funerario, principalmente miembros de las órdenes mendicantes (agustinos, carmelitas, dominicos o franciscanos) que llevarían los cirios y los emblemas sagrados. La iluminación del cortejo se debía a dos motivos: primero porque el fuego simbolizaba la resurrección; y segundo porque se realizaba cerca de la caída de la noche. El equipamiento de cirios, antorchas y otros objetos era una oportunidad más para demostrar la riqueza y el poder del fallecido. Los sacerdotes eran seguidos por huérfanos y pobres, a los que se les darían vestidos con los colores del difunto y antorchas. Por último, y sobre todo en España, donde esta costumbre perduró más tiempo, irían las plañideras (mujeres que sollozarían y sufrirían por el difunto).
Al no contar con un cuerpo, las ceremonias realizadas en las colonias americanas estaban organizadas en torno a desfiles militares. Los regimientos profesionales y las milicias (incluso los cuerpos indígenas) vestían sus colores y portaban banderas y estandartes de su compañía, de la villa y de la monarquía. En este contexto, el Estandarte Real era el simulacro del cuerpo en el ataúd: transitaba por la ciudad hasta el lugar del “entierro”, donde se realizaba la misa y se finalizaban las exequias. El papel de cada individuo dentro de esa procesión, y los aportes materiales hechos a ella, marcaban la importancia dentro de la jerarquía colonial.
En 1746, Lima se volvió a enlutar como consecuencia de la muerte de Felipe V. El nuevo túmulo se asemejó a aquel que hemos descrito para Carlos II haciendo hincapié en la unión de los escudos de Castilla y Lima así como en los adornos del catafalco real. Sin embargo, apareció un nuevo motivo que domina la arquitectura efímera del monarca Borbón: la flor de lis fue añadida a la decoración de la estructura, tallada en columnas y bordada en lienzos.
El duelo
A la persona real se le debía un momento de recuerdo, pero lo cierto es que la sociedad del siglo XVIII estaba tan familiarizada con la muerte, que el duelo es delimitado a una mínima duración (Ver Anexo). Las autoridades morales llegaron incluso a expresarse en esto, reglamentando la duración y las prácticas adecuadas para el momento del duelo. Dentro del ritual fúnebre, el duelo era la parte menos indispensable para la sociedad. Era un momento sensible que, en la conciencia del siglo XVIII, podía hacer más mal que bien a la imagen del difunto y de los supervivientes. Ciertamente, demostrar grandes emociones por la muerte de un familiar no estaba bien contemplado por la sociedad, mucho menos si se trataba de sufrientes que estaban en una posición de poder, o que, como el heredero, encarnaban en su persona la imagen del Estado. Pensemos, además, que la ceremonia de las exequias reales debía ser seguida lo más rápidamente posible por la coronación del nuevo rey. Ciertamente, no hay mucho tiempo para sufrir por la partida del señor.
Siendo el caso de los reyes el festejo de un duelo nacional, las grandes fiestas españolas no podían quedar fuera de las prácticas sociales. Se llevaba a cabo un juego de contradicciones22 que hacían converger la repulsión y la risa en un mismo contexto espectacular. La violencia y la sangre se combinaban con la alegría en las fiestas nacionales por excelencia: las corridas de toros. En Hispanoamérica, las corridas de toros se practicaron a la par que en la Península, siendo muy importantes las realizadas en la Plaza de toros de Acho, en Lima.
‘‘La España romántica, por decirlo sin ambages, era también el país de la muerte: un país violento poblado de bandoleros y facinerosos, atrasado, inculto, fanático, sanguinario y cruel. Una nación, no se olvide, en la que hasta la más bella hembra llevaba una navaja en la liga para hundirla en el pecho del entrometido o del desleal a la primera ocasión. Una comunidad que no concebía divertirse sin derramar sangre a raudales, sangre de animales —en especial toros y caballos — pero también sangre humana. La propia «fiesta nacional» era el epítome de todo ello y fascinaba y horrorizaba a partes iguales’’.23
Respecto a estas prácticas, existen diferencias entre las plazas de Santa Fe y Buenos Aires. En el primer caso, se realizaron anualmente al menos desde 1595, en el marco de las celebraciones por el Santo Patrono, junto a los juegos de cañas24. Recién en 1709 aparecen como posibles en el marco de una fiesta diferente: el nacimiento del Príncipe25 . En cuanto a su organización, un año más tarde se mencionaba que el encargado de conseguirlos para la fiesta de San Jerónimo era el Alcalde Provincial, en ese entonces Antonio Márquez Montiel26. Asimismo, parece ser que la práctica festiva en cuestión estaba en relación normalmente con actividades productivas: el abasto local y las recogidas de ganado. Esto puede verse con casos como cuando en 1710, ante la falta de sustento para la población se decidió usar la carne de los toros muertos en la pista para alimentar a la gente; o cuando en 1749 el Alcalde de la Hermandad de Los Arroyos, Juan Gómez, dio razón que debido a la sequía no había toros ni caballos para recoger, ante lo cual se suspendieron las corridas en honor al Patrón27.
Durante el Siglo de Oro, los temas del dolor, el martirio y la crueldad fueron puestos en el centro de un gran número de obras. Las producciones de Garcilaso y el Greco, entre otros marcan el estilo de la época; Goya realizó importantes obras con temas macabros en los siglos XVIII y XIX respondiendo a la estilística barroca tardía, luego al Neoclasicismo de finales del siglo XVIII, adoptando el rococó durante su estancia como pintor en la manufactura Real de Santa Bárbara (encargada de la fabricación de objetos de lujo).
El modelo Barroco
Veamos brevemente la importancia que el Barroco tuvo en los siglos XVII y XVIII, donde se mantuvo como el paradigma artístico a elegir en el momento de las celebraciones del ciclo vital monárquico (nacimiento, bautismo, coronación, defunción). Apoyó el discurso legitimador de la dinastía como centro del Estado, y benefició a aquellos que se mostraron como sus representantes y vasallos en el Imperio. La simbología artística respondía a la necesidad de mostrar al Rey como algo sagrado, acercando la Corona a Dios.
Esto respondía a una intencionalidad clara por parte de los poderosos, en cuanto a que las celebraciones majestuosas eran oportunidades de reforzar el pacto de dominación en cada una de las coronas que componían el Imperio. Durante las exequias de Felipe IV (1665), la utilización de la iconografía mitológica, pagana y religiosa se aglutinó en el valor estético y ético del Barroco, tanto en Sevilla como en Lima.
‘‘La centralidad de la figura del Rey en las ceremonias limeñas parece no haber
sido igualada en otras ciudades americanas. Debido a que el virrey no estuvo nunca
presente durante las ceremonias reales del siglo diecisiete en Lima, es muy
probable que rituales tales como las proclamaciones y las exequias reales puedan
haber sido más importantes para la legitimación del poder colonial que las entradas
virreinales que iniciaban el nuevo gobierno del alter ego del Rey’’28.
Un ejemplo de esta lógica, aunque con características diferentes es representado por las aclamaciones, como la realizada en honor a Fernando VI en la Ciudad de Santa Fe en enero de 1748, y dentro de la cual se realizaron 2 comedias y 4 días de toros, junto con la iluminación de las calles para el paseo29. Como se verá al final, en el caso de Buenos Aires esta representación fue mucho más compleja y ostentosa. En este contexto, el Cabildo, tanto en Santa Fe como en Buenos Aires, se ocupaba de los gastos, como cuando por ejemplo en 1702 los cabildantes santafesinos autorizaron el pago de 19 pesos correspondientes a media arroba de pólvora utilizada en la guardia y celebridad del Real Estandarte durante la aclamación de Felipe V 30.
Sobre estos cimientos otorgados por las villas peninsulares, Lima construirá un estilo propio no solo en la arquitectura, sino también en lo literario. Fray Martin de León iniciará un género histórico-literario mediante los libros de exequias. Muchos de estos libros eran recopilados y presentados al monarca sucesor, bajo la denominación de “Parentación Real”31. No son pocos los historiadores que han hecho referencia a la utilidad de estos libros como fuentes para analizar la sociedad del período: en ellos podemos ver el protocolo seguido en la villa, se mencionan las autoridades que presidieron la ceremonia (con sus cargos, títulos y nombres) y dedican también un espacio a las instituciones militares, civiles y religiosas que habitan la ciudad al momento del pésame. Mencionemos también que hacia mediados del siglo XVIII (sobre todo después de las exequias de Fernando VI) la representación de la realeza se tornó más abstracta que durante el período de los Austrias, por lo que el cuerpo simbólico sentado en la Plaza fue reemplazado por el Real Pendón. Con la elección de este estilo, se buscó crear una ciudad absoluta32 en crecimiento bajo la visión del Rey. La difusión de este tipo de construcciones partía de la Plaza Mayor, donde se concentra el ceremonial de las fiestas.
Antes de intentar una descripción más detallada, la cual aparece sobre todo en las aclamaciones rioplatenses, es preciso aclarar que desde 1700 (llegada al trono de Felipe V, y con él de una nueva Dinastía, la francesa de los Borbones), el carácter de las representaciones en los actos por la muerte y asunción del Rey también iría cambiando considerablemente. Esto puede apreciarse por primera vez, al menos en este caso, no con la aclamación del mismo Felipe, sino a partir del decenio de 1710, cuando comenzaron a celebrar 6 meses de luto y las mismas distinciones que para la muerte del Monarca en el caso de los fallecimientos de Delfines33. Ya en los lutos por la muerte del primer Borbón se hace más hincapié en celebrar las exequias con comités de religiosos y sermón, todo a costa de la Ciudad (según la Real Orden del 6 de mayo de 1745), así como también se dispuso como obligatorio el uso del traje de golilla por parte de los funcionarios34. Como se verá un poco más adelante, a partir de ese entonces las celebraciones exclamatorias (Fernando VI) tomarían un carácter y unas pompas bastante particulares y muy distintas a las que se realizaron en honor a su predecesor.
Anexo
Por último, nos proponemos la descripción de una fuente, a modo de ilustración y de comparación con las prácticas anteriores, las cuales ya fueron mencionadas. Se trata de un minucioso repaso hecho por el Cabildo de las honras por Fernando VI, el segundo de los Borbones españoles, allá por el año 1748.
Antes que nada, se hizo mención del nuevo Monarca como ‘‘legítimo hijo, sucesor y heredero’’. Posteriormente a la misma, se dio comienzo a las celebraciones con el primer paso: el aviso de la muerte de Felipe V, la cual había tenido lugar casi 2 años antes, quedando de manifiesto el retraso que sufría Buenos Aires todavía en estas cuestiones.
En segundo lugar, los cabildantes mandaron a romper bando para informar el pueblo, como se acostumbró siempre, más allá de la Dinastía que ocupara el trono. Podría decirse que es uno de los pocos elementos inmóviles a lo largo del período.
Le sigue la descripción de la elaboración de todo lo que es la arquitectura efímera: 4 columnas con elevación, con la Corona en el centro, despojos de la Parca en la cornisa, hachones a los costados del armatoste en representación de lágrimas, en el centro una imagen del Rey, simbolizando la idea de que la memoria del Rey superaba al dolor de su propia muerte.
Una vez formado el túmulo, se preparaban los clamores con los dobles de las campanas, cuando todas las iglesias emitían su música en señal de angustia.
Como siguiendo el ritmo inaugurado por las campanas eclesiásticas, la artillería comenzaba a disparar de hora en hora, a modo de señalar la congregación que se venía. Una vez que comenzaban los disparos, procedían a reunirse los miembros del Cabildo Eclesiástico (Prelados) y los del Cabildo regular junto al Gobernador y Capitán General en compañía de las autoridades militares. Entre todos, daban comienzo a la vigilia, todo denominado bajo el nombre de ‘‘Triste Panteón’’.
Luego de la vigilia, venía el Sacrificio de la Misa, llevada adelante por el Cura Vicario o algún prelado de importancia, más una congregación de músicos, todos vestidos de luto.
Una vez finalizado el luto, los Alcaldes Ordinarios se dedicaban a disponer el Fausto Tribunal para la aclamación del nuevo Rey. Los 12 miembros de la Sala Capitular salían de sus casas presidiendo los maceros vestidos acompañando al Gobernador y la tropa militar de Dragones formados con espada en mano. Pasando por la casa del Alguacil Mayor de la Inquisición, don Francisco Rodríguez de Vida (también Alcalde de Segundo Voto), se hizo éste cargo del Real Estandarte por la ausencia del Alférez Real.
En este contexto, las calles se encontraban ya bellamente vestidas con tapices y ricas colgaduras, más flores de colores en representación de la Primavera. En cuanto al Real Estandarte, el mismo se encontraba en casa del mencionado Alcalde con guardia de Infantería sobre un riquísimo dosel. Además había cuadros que representaban, con distintos colores, las bulas y trofeos militares.
A todo esto seguía la marcha con el Estandarte en manos del Alférez, acompañado del cuerpo de Dragones (caballeros con espadas), seguidos por los vecinos con sillas muy costosas bordadas en oro y plata, vestidos de ricas galas. En el centro la representación del Ayuntamiento, ubicado en el centro el Alférez, a su derecha el Gobernador y a la izquierda el Alcalde Primero. Este tumulto organizado, que muestra claramente la jerarquía social porteña de la época, terminaba en la Plaza Central.
Una vez allí, los ya mencionados, junto con el Real Estandarte, subían al túmulo, con música de acordes como fondo. Esta era la aclamación, que iba seguida del regocijo del pueblo, y entre todos reconocían la obediencia al Estandarte (que simbolizaba a Fernando VI en este momento). Una vez aclamado el elemento, la artillería rompía con disparos y se pasaba a la exhibición de monedas del Perú con la imagen del nuevo Rey, lo cual habla de una diferencia en importancia de ambas ciudades, y de la relevancia que poseía la imagen de la persona Real.
No es un dato menor que esta ceremonia fuese declarada por los mismos capitulares como la más grande hasta el momento. Al finalizar la misma, se condujo al Estandarte hacia una habitación bien adornada. Durante la primera noche, pertenecientes a la Compañía de Jesús, realizaban varias danzas en honor al nuevo Rey. Al día siguiente, se paseaba otra vez al símbolo Real, esta vez hacia la Catedral, donde un Padre jesuita realizaba las prédicas correspondientes, acto que era acompañado por el festejo del Santo Patrono, con Tedeum incluido.
Las calles se encontraban iluminadas con velas y fuegos, a lo largo de todo el recorrido realizado por el ‘‘Rey’’, el cual era exhibido al pueblo mientras sonaban los cohetes y se realizaban juegos entre los vecinos. Todos aplaudían la retirada y se daba lugar al banquete que integraban todas las personas ilustres.
La noche siguiente se dedicaba al ardor del castillo combatiendo contra navíos y galeras. Las cenizas resultantes representaban al Fénix, como si se tratara de una especie de reencarnación y continuidad Monárquica. Al otro día se montaba el Carro Triunfal, compuesto por delicadas pinturas, las armas reales ubicadas en la popa, y en la proa las de la Ciudad, mientras a los costados se colocaban los trofeos de guerra. Treinta hachas de cera y 6 faroles iluminaban todo el montaje, mientras el trono se lucía en la cima, todo al compás de un concierto musical. El mismo era tirado por 8 mulas del mismo color, y la guardia siempre con espada en mano y uniformado.
Al otro día venía el turno de la Marcha Burlesca, acompañando con más de 400 hombres un carro, con representaciones del Rey y del Dios Baco. Adultos y niños hacían la procesión al grito de ‘‘Viva Fernando, viva María Bárbara’’. Esto demuestra no solamente una influencia cultural greco-latina, sino también como se asociaba al Monarca con las atribuciones de una Divinidad en particular, relacionada con la alegría y el placer.
En cuanto a los juegos de cañas y sortijas, estos se realizaban en la Plaza ante la
mirada de las autoridades y vecinos ilustres. Cuatro cuadrillas de 12 integrantes
(Españoles, Moros, Turcos e Indios), todos bienes vestidos y en cada una de las
esquinas del espacio, empezaban las corridas de cañas, con el objetivo de encajar unas
15 veces la sortija y obtener la medalla que era concedida por el Alférez Real.
Tras dos noches seguidas de comedias, venían 4 días de toros. Los animales eran costeados por el Cabildo y el Alférez por no haber fondos en ese momento, y, entre música y refresco general, ante la mirada del Gobernador y el Cabildo desde sus asientos especiales, comenzaba la matanza de animales en la plaza completamente cercada. Seguían 2 noches más de conciertos musicales, con bailes incluidos para toda la Nobleza, más danzas indígenas, comedias varias y regocijos, todo ante la presencia de los ‘‘Reyes’’, en esta última parte de las celebraciones representados con sus retratos, siempre bien adornados.
Bibliografía
Introducción
En esta ponencia analizaremos las costumbres fúnebres de la Monarquía española, relacionadas a la persona del Rey, y las prácticas sociales que suscitaron en sus dominios a través de las exequias de los reyes Carlos II Habsburgo y Felipe V de Borbón, en 1700 y 1746, respectivamente. Para reforzar nuestro análisis de las exequias reales en la América española, haremos un estudio comparativo entre la ciudad capital del Virreinato del Perú, es decir Lima, y las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe. En este sentido, examinaremos el papel que tiene la villa en la organización ceremonial. En un siglo como fue el XVIII, donde el avance del Absolutismo situó a la figura Real en el centro de la organización estatal, la muerte convirtió un problema natural (el fin de una vida) en un problema de Estado (de legitimidad). El principal inconveniente que enfrentaron las dinastías españolas (Habsburgo primero y Borbón después) fue la unión, en la persona del Rey, de numerosos reinos con pretensiones no convergentes. La muerte del Monarca fue una oportunidad para reforzar la dignidad de la investidura real, buscando la unión de todos los reinos en el marco de una única ceremonia. Hemos de aclarar que la dignidad real no muere, sino que sigue viviendo a través del difunto y de su heredero. La muerte del Soberano, entonces, y como todas las muertes de la Cristiandad europea, estaba rodeada de un ritual. Al morir, los siguientes pasos debían cumplirse para llevar a buen término la costumbre: exposición de la persona real durante un tiempo determinado; la procesión y la pompa fúnebre hacia el lugar de descanso; la inhumación y, finalmente, el duelo. ‘‘El rey no muere. Inmediatamente después de su último suspiro era expuesto como viviente, en una habitación donde se preparaba un banquete, con todos los atributos de su poder de vivo. La conservación de la apariencia de vida era necesaria a la verosimilitud de esta ficción, como la detención de la descomposición era físicamente impuesta por la longitud de las ceremonias’’.1 Correspondía al heredero suplir a la persona real durante este período de transición, llegando a realizar incluso las actividades cotidianas en nombre del difunto (comer, beber, dormir). Podríamos decir que se representaba una parodia, donde el ser al que todos ya consideraban muerto no era un cadáver, sino un transido. Alguien que ha abandonado la vida, pero que todavía no ha dejado el mundo. El cuerpo, centro de todas las miradas, no estaba totalmente muerto hasta que se ocultaba dentro de un ataúd. La negativa a ver el cuerpo muerto no era rechazo de la individualidad física, sino rechazo de la muerte carnal del cuerpo2.
Los símbolos reales (cetro y corona), la representación de la muerte (arte macabro), la memoria (la Fama real) y la persona del Rey (la urna, el retrato o el estandarte) predominaban en el sistema simbólico creado para las ceremonias. La construcción de grandes obras de arquitectura efímera en las diversas ciudades del imperio español (desde la Península hasta América) se enmarcó dentro de un doble juego de demostración de riqueza y de fidelidad, por un lado, y de exaltación del papel que esa villa tenía dentro de la organización espacial, por el otro. Las exequias reales tenían, además, otro motivo: el Rey debía ser visto en toda su gloria, incluso en la muerte. Ya durante el reinado de los Austrias, los reyes eran representados como vencedores ante la muerte (sacralizados en el mismo nivel que los héroes clásicos y la divinidad). En el caso de Buenos Aires y Santa Fe, la representación del Rey aparece reflejada fundamentalmente en el Real Estandarte. El mismo era encargado al Alférez Real cada vez que era renovado el cargo. En el marco de las celebraciones en honor a San Jerónimo era utilizado por el mismo funcionario, y en su ausencia se le otorgaba a otro, generalmente algún Regidor. El Alférez saliente debía devolverlo al Cabildo y pedir testimonio de su actuación en el cargo, y aparentemente se lo llevaba a su casa. También aparece con su portador en las procesiones de Semana Santa, costumbre que se suspendió desde 1700 en adelante3.
En Buenos Aires, fue un elemento de fundamental importancia, sobre todo a partir de las marchas a caballo encabezadas por el Maestre de Campo, en el caso de las aclamaciones a Felipe V, Manuel de Prado Maldonado (24 perpetuo de Sevilla y Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata), los oficiales de la Real Hacienda, el contador don Miguel Castellanos y don Pedro Fernández de Castro y Velasco quien tenía el título de Caballero de la Orden de Santiago (tesorero), todos mentados a caballo, de gala y con toda la ostentación correspondientes. Éstos marchaban hacia la casa del Alférez Real, don Joseph de Arregui, donde se encontraba el Real Estandarte, ubicado sobre un ‘‘majestuoso trono’’, y debajo del mismo un dosel dedicado a la situación y acompañado de vistosas y costosas colgaduras. El mismo le fue entregado al Alcalde de Primer Voto, Capitán don Antonio Guerrero, y al Alguacil Mayor don Miguel de Obregón, quienes lo tomaron luego de hacer las reverencias debidas.
En el momento de la recepción, el Alférez se hallaba a caballo y puesto a su derecha el Gobernador y al costado los ‘‘Cuatro Reyes de Armas’’, a quienes seguían todas las Compañías de Caballería, con dotaciones del Presidio hacia la Plaza Mayor. Allí se había formado un túmulo de 8 varas en cuadro y 2 de alto con 2 escalas más capaces, vestido con ricas alfombras y colgaduras. Las aclamaciones se hacían reiteradas veces con el Estandarte mientras todo el pueblo, a grito de ‘‘viva el Rey’’, estaba congregado en la Plaza. Todo esto acompañado de la exposición de armas por parte de las Compañías que escoltaban el túmulo, sonando a la vez las campañas de todas las iglesias4.
En el caso de la Corte, la celebración era realizada a cargo de la Casa Real y de sus dependientes. Hacían uso del funcionariado de la Monarquía utilizando los recursos y los profesionales adscritos a la Cámara y las Obras Reales para el aprovisionamiento y la construcción del túmulo. La Capilla Real se preparaba para la realización de las misas pertinentes. Durante los reinados borbónicos, se buscó que el tesoro real bastase para el pago de toda la ceremonia. En el Río de la Plata, el Cabildo se encargaba de la organización y de las provisiones necesarias, ya sea para la construcción del arte efímero como de los animales y armas utilizadas: por ejemplo, en 1701 el Ayuntamiento santafesino se encargó de los gastos de todos los lutos correspondientes por Carlos II 5.
Dentro del protocolo español había un orden establecido para llevar a cabo las diversas ceremonias, además de marcar los límites económicos y temporales que cada región tenía que cumplir tanto en las exequias como en las aclamaciones de los nuevos reyes. La Ordenanza que daba comienzo a las exequias era emitida por el nuevo Rey lo más rápido posible, para marcar una rápida transición del poder real de una persona a otra. Respecto a esto, el caso de las realizadas en honor a Carlos II en la Plaza de Santa Fe son bastante ilustrativas: el 23 de agosto de 1701 se dispusieron los actos; el 27 se doblarían las campanas; el 28 se informaría al pueblo mediante la publicación de un bando; el 5 de septiembre a la tarde debía cumplirse la vigilia; finalmente era la hora del cierre al día siguiente, con la misa y el sermón a cargo del Cura Vicario y otros prelados6.
El Cabildo ante la muerte del Rey
En las ciudades españolas, tanto en la Península Ibérica como en las colonias americanas, las celebraciones dependían de varios factores: los deseos expresos del Rey, el rango de la villa en la organización territorial, la costumbre local y la influencia de un orden interesado en la celebración póstuma (como los Jesuitas en Zaragoza7 ). La costumbre dictaba un protocolo: comenzaba con la emisión de la Ordenanza Real que disponía el inicio de la ceremonia en honor al monarca difunto y los requisitos que debían seguirse junto con las costumbres ya establecidas.
Entre el fallecimiento del Rey y la llegada de las Ordenanzas a lugares tan alejados como Lima o Manila podían pasar meses. Aun así, no se podía dar comienzo al ritual antes de que estas fueran leídas a los Cabildos en la plaza mayor de la ciudad. Una vez la Ordenanza estuviera leída y archivada, pregoneros públicos anunciaban la muerte del señor del reino a todos los vecinos y habitantes de la comarca.
‘‘La procesión del pregón era un ritual importante que trazaba y narraba la geografía del poder en la Lima colonial alrededor de la plaza. En ella, los vecinos notables, montados y lujosamente ataviados, acompañaban al pregonero real cuando anunciaba en voz alta en determinadas esquinas de la ciudad —siempre identificadas como las más principales o de más calidad— la futura ceremonia que se celebraría en Lima’’.8
El Cabildo nombraba un comisario para que se encargara de supervisar los ritos fúnebres. Al comenzar las exequias se suspendían las actividades administrativas y se nombraba una Junta de Exequias conformada por vecinos ilustres, oficiales y miembros del gobierno local. Esta junta determinaba la fecha y el lugar de la ceremonia, aprobaba la elección de los comisarios y decidía qué fondos se usarían para pagar por esta 9 . La primera medida del comisario de las exequias era encargar la representación real y el túmulo público. Los túmulos eran tradición antigua en la cultura española: instaurados por los Austrias Carlos V y Felipe II, y modificados por sus sucesores, los túmulos se convirtieron en el centro de la celebración de las exequias reales10.
Estos eran estructuras en forma de torre de varios pisos (de 20 a 40 metros), decorados con una gran cantidad de velas, cirios y hachas para dar la sensación de estar observando una pira. En los diferentes pisos se podían ver imágenes de todo tipo: alegorías de las virtudes del rey, las armas de la realeza y de los reinos, arte macabro que representaba a la muerte (calaveras, huesos), y lienzos con pinturas de héroes y dioses clásicos como Atlas (que representaba las cargas del poder real) y Hércules (representando las pruebas superadas del Monarca).
Sobre el túmulo, rematando la estructura, se encontraba una efigie dedicada normalmente a la muerte o a la Gracia Divina. En los túmulos más modernos podían existir referencias a la memoria y a la Historia para marcar la perduración del recuerdo del difunto luego de su muerte física.
‘‘(…) la iconografía, los emblemas, las alegorías, y los jeroglíficos utilizados en las fiestas cívicas solemnes fueron esenciales para el desarrollo de “hábitos mentales” en la lectura e interpretación de estos símbolos, que no sólo eran asequibles y legibles al público, sino que también cumplían una función didáctica en que las lecciones morales eran compartidas con el pueblo en general’’11.
Hay que mencionar que, dentro de esta estructura, el cuerpo real (o el ataúd o urna que lo representaba) estaba situado en el segundo piso. Puede parecer casual, pero el mensaje que se quería dar con esto era la elevación del monarca por sobre los hombres comunes que le permitía acercarse a Dios. Toda esta parafernalia de adornos, símbolos y luces tenía como fin la glorificación máxima del Poder Real, grabando en las mentes de los súbditos que lo presenciaban un sentimiento a la vez de inferioridad, compasión y admiración hacia la Dignidad Regia. El arte barroco, con su ostentación, era ideal para conseguir este efecto. Una vez elegido el proyecto para el túmulo el comisario elegía la iglesia donde seria puesto, para llevar a cabo las misas por el alma del Rey.
Una vez finalizada la ceremonia, el túmulo era desmontado y guardado para su uso posterior en algún otro funeral. En este contexto, tengamos en cuenta que mientras Lima recibía las noticias en el menor tiempo posible gracias a su situación de puerto importante y capital de Virreinato, la Gobernación de Buenos Aires era notificada con un retraso mayor y, en ocasiones, mediante fuentes de segunda mano (otras villas, barcos comerciales).
Hacia el siglo XVIII, la villa de Lima era la comunidad predominante en el Perú y uno de los principales puertos del Imperio español. La primera situación con la que se enfrentaron los limeños fue la ausencia de la persona real (y por lo tanto, la imposibilidad de una ceremonia con cuerpo presente). Lo solucionaron recurriendo a los modelos que proponían las ciudades de Zaragoza y Sevilla, donde la arquitectura efímera se situaba en el centro de la ceremonia. Mediante este recurso, lograron plasmar los gustos estéticos de la época, representar su visión del mundo y hacer honor a la memoria histórica. ‘‘En el caso de las Indias, el problema de hacer presente y real al Rey fue un asunto bastante más complejo para los oficiales coloniales y las elites locales dado que el Rey nunca visitó el continente’’12.
Como en Sevilla, el monumento fúnebre mostraba la unión de las armas del Rey y de Lima, los símbolos del reino (colores y heráldicas), los atributos del Poder Real ya mencionados y por último, la representación del Rey. La ciudad no reparaba en gastos para dejar asentada la presencia del Monarca y demostrar en todo momento el sometimiento y la lealtad de Lima hacia su Señor. Se buscaba asociar a la Dinastía española con el Perú, como herederos legítimos del Imperio Inca.
‘‘Debido a que, en el caso del Perú, el Rey “genuino” no fue nunca “producido como un original” sino más bien “re/producido”, su simulacrum —o copia para la cual no existe un original— convirtió al Rey español en un monarca hiperreal. Estas “re/presentaciones” del Rey fueron, sin embargo, siempre “auténticas” o verdaderas ya que, como el referente no fue nunca visto en Lima, el simulacro era verdadero por virtud de esta ausencia. ’’13.
A pesar de que hablamos de un simulacro, nadie podía dudar de que en Lima el Rey estuviera sentado en su trono. Un retrato del difunto estaba situado en la Plaza Mayor, en lo alto de un teatro, sobre un trono escoltado por esculturas de bulto. La ceremonia comenzaba una vez el Alcalde más antiguo depositaba el retrato en el centro del estrado. Soldados y oficiales, con uniformes de luto, marchaban por la plaza llevando el Estandarte Real, simbolizando su fidelidad. En torno a ellos, los edificios centrales de la ciudad estaban enlutados con largos paños negros, y panegíricos que mostraban los acontecimientos importantes del reinado que terminaba. Sobre el luto, la vestimenta estaba íntimamente relacionada con el rango y el orden social: las lobas, largas túnicas de terciopelo de calidad, demostraban la importancia y el estatus de la persona que las vestía.
A su vez, la Catedral limeña se aprestaba a preparar la maquinaria fúnebre para las varias misas en honor al Rey. La construcción de túmulos en Lima seguía los parámetros establecidos por los grandes arquitectos efímeros de la Península, gracias a que contaban con los modelos realizados en funerales especiales (como los de Luis XIV). El comisario nombrado en Lima para presidir la ceremonia por la muerte de Carlos II fue don Juan González de Santiago, oidor de la Real Audiencia; el Virrey ofreció cubrir los costos de la ceremonia a sus expensas, la cual se realizó entre el 26 y el 27 de Junio de ese año. La ceremonia realizada en 1701 14 en Lima en honor a la muerte de Carlos II significó algo nuevo: la muerte del último rey Habsburgo representó el fin de una época. La ciudad, según las fuentes que analiza Minguez Cornelles, se vistió de luto sin necesidad de bandos ni pregones; incluso la población indígena.
‘‘Representan también la muerte del imperio entendido como una unión de reinos y territorios bajo un mismo monarca. El heredero legal del rey fallecido y vencedor de la guerra, Felipe V, instaurará en el trono a la Casa de Borbón, y establecerá un imperio colonial subordinado a la metrópoli’’.15
El maestro mayor de las Fabricas Reales se encargó de la planificación y construcción del túmulo, decisión tomada en base a su experiencia en la realización de tales obras. Se tomó la decisión de representar a la ciudad de Lima junto con Madrid y las “cuatro partes del mundo”; estatuas distribuidas en todo el cuerpo evocaban a la Piedad, la Justicia, la Prudencia, la Templanza, la Paz, la Fortaleza y la Clemencia. El túmulo se elevaba un total de tres pisos y estaba rematado en su cima por una cúpula donde se posaba un Fénix resurgiendo de entre las llamas. La tumba real estaba situada en el primer cuerpo, elevada. ‘‘Sobre ella descansaba la almohada con el cetro, la corona, la espada y el collar del Toisón. Numerosos blandones y hacheros, y cuatro reyes de armas enlutados y alzados sobre pedestales escoltaban al féretro’’.16
El fénix representa la inmortalidad de la Monarquía. Los príncipes se renuevan y la línea de descendencia monárquica presenta a los reyes como una única figura que se perpetúa a través del tiempo. “El Rey sobrevive al Rey” o “el Rey ha muerto, Viva el Rey”, según Kantorowicz17, se aplica igualmente al Soberano muerto sin hijos porque lo que se perpetúa es la institución monárquica, independiente de los avatares dinásticos. La carencia de un heredero y la temida guerra de sucesión marcaron el rumbo que tomaron las exequias de Carlos II en todo el Imperio. Las numerosas ceremonias que se celebraron tanto en España como en las colonias americanas transmitieron el pesar de los súbditos a través de jeroglíficos que invocaban los sufrimientos de la vida del Monarca, el triunfo de Carlos sobre la muerte (la eterna gloria) y la lealtad de España a su legítimo Gobernante.
La subsiguiente coronación de Felipe V, primer rey Borbón de España, representó el inicio de la transición hacia una Monarquía moderna. En las fuentes de la época, los investigadores han señalado la persistencia de sentimientos pesimistas, quizá debidos a la incertidumbre consecuencia de la guerra civil española. ‘‘Los programas iconográficos de las exequias carolinas lloran al monarca fallecido, pero apenas hay referencias a la regeneración de la institución monárquica, pues es toda una dinastía la que ha fenecido en esta ocasión’’.18
Quizá los autores de la arquitectura fúnebre limeña quisieron mantener la tradición de conectar al Rey con su futuro (o posible) sucesor. Una particularidad del túmulo limeño es señalada por Minguez Cornelles: ‘‘solo en el catafalco de Lima encontramos unas tímidas referencias a Felipe de Anjou, en absoluto comparable a los óbitos de los anteriores Austrias donde la referencia en el túmulo al hijo sucesor era inexcusable y reiterada.19
Probablemente esperasen que la demostración de lealtad, en el caso de que Su Majestad ascendiese, tuviera recompensa. También es posible que la costumbre de mostrar a la Monarquía como un todo continuo estuviese tan arraigada que no podían dejar vacío el espacio designado para el heredero.
La primera idea podría ser la más acertada, si seguimos el análisis que hace Carmen Ruiz de Pardo, de los lienzos catalogados como “Gobernantes del Perú”.20 En esta serie de retratos, catorce gobernantes Incas son seguidos por los Reyes españoles desde Carlos V a Fernando VI, como si se tratase de afiliar la Monarquía española con la historia local. Ruiz describe un cuadro en el cual aparece Felipe V, primero de los borbones.
‘‘El cuadro en la parte superior tiene a Cristo en su carácter de -Rey de reyes y señor de señores- (sic) ante los monarcas del lienzo; en la derecha superior se encuentra la Coya o mujer de Manco Cápac y a un lado, el escudo español con el león y el castillo alternados y al otro, el escudo inca con el otorongo, las serpientes coronadas sosteniendo un arco iris y una maskapaicha inca superior’’.21
Ya mencionamos la importancia del retrato en las ceremonias coloniales. Una vez que la imagen del Rey era colocado en el trono, la Plaza de Lima cobraba vida: tenía una capacidad para casi ocho mil personas y suficiente espacio como para celebrar un desfile militar. La acumulación de gente, nos dice Ruiz de Pardo, llegaba hasta la Catedral. La celebración era acompañada con salvas de artillería y el redoble de las campanas, sonoro trasfondo a un tumulto de observadores vestidos de luto. Todo estaba preparado para reforzar el vasallaje de la villa hacia el señor.
En el siglo XVIII, el séquito que escoltaba al difunto tenía pautas establecidas por la costumbre y por el rango. Las primeras exigían el acompañamiento de clérigos especializados en el ritual funerario, principalmente miembros de las órdenes mendicantes (agustinos, carmelitas, dominicos o franciscanos) que llevarían los cirios y los emblemas sagrados. La iluminación del cortejo se debía a dos motivos: primero porque el fuego simbolizaba la resurrección; y segundo porque se realizaba cerca de la caída de la noche. El equipamiento de cirios, antorchas y otros objetos era una oportunidad más para demostrar la riqueza y el poder del fallecido. Los sacerdotes eran seguidos por huérfanos y pobres, a los que se les darían vestidos con los colores del difunto y antorchas. Por último, y sobre todo en España, donde esta costumbre perduró más tiempo, irían las plañideras (mujeres que sollozarían y sufrirían por el difunto).
Al no contar con un cuerpo, las ceremonias realizadas en las colonias americanas estaban organizadas en torno a desfiles militares. Los regimientos profesionales y las milicias (incluso los cuerpos indígenas) vestían sus colores y portaban banderas y estandartes de su compañía, de la villa y de la monarquía. En este contexto, el Estandarte Real era el simulacro del cuerpo en el ataúd: transitaba por la ciudad hasta el lugar del “entierro”, donde se realizaba la misa y se finalizaban las exequias. El papel de cada individuo dentro de esa procesión, y los aportes materiales hechos a ella, marcaban la importancia dentro de la jerarquía colonial.
En 1746, Lima se volvió a enlutar como consecuencia de la muerte de Felipe V. El nuevo túmulo se asemejó a aquel que hemos descrito para Carlos II haciendo hincapié en la unión de los escudos de Castilla y Lima así como en los adornos del catafalco real. Sin embargo, apareció un nuevo motivo que domina la arquitectura efímera del monarca Borbón: la flor de lis fue añadida a la decoración de la estructura, tallada en columnas y bordada en lienzos.
El duelo
A la persona real se le debía un momento de recuerdo, pero lo cierto es que la sociedad del siglo XVIII estaba tan familiarizada con la muerte, que el duelo es delimitado a una mínima duración (Ver Anexo). Las autoridades morales llegaron incluso a expresarse en esto, reglamentando la duración y las prácticas adecuadas para el momento del duelo. Dentro del ritual fúnebre, el duelo era la parte menos indispensable para la sociedad. Era un momento sensible que, en la conciencia del siglo XVIII, podía hacer más mal que bien a la imagen del difunto y de los supervivientes. Ciertamente, demostrar grandes emociones por la muerte de un familiar no estaba bien contemplado por la sociedad, mucho menos si se trataba de sufrientes que estaban en una posición de poder, o que, como el heredero, encarnaban en su persona la imagen del Estado. Pensemos, además, que la ceremonia de las exequias reales debía ser seguida lo más rápidamente posible por la coronación del nuevo rey. Ciertamente, no hay mucho tiempo para sufrir por la partida del señor.
Siendo el caso de los reyes el festejo de un duelo nacional, las grandes fiestas españolas no podían quedar fuera de las prácticas sociales. Se llevaba a cabo un juego de contradicciones22 que hacían converger la repulsión y la risa en un mismo contexto espectacular. La violencia y la sangre se combinaban con la alegría en las fiestas nacionales por excelencia: las corridas de toros. En Hispanoamérica, las corridas de toros se practicaron a la par que en la Península, siendo muy importantes las realizadas en la Plaza de toros de Acho, en Lima.
‘‘La España romántica, por decirlo sin ambages, era también el país de la muerte: un país violento poblado de bandoleros y facinerosos, atrasado, inculto, fanático, sanguinario y cruel. Una nación, no se olvide, en la que hasta la más bella hembra llevaba una navaja en la liga para hundirla en el pecho del entrometido o del desleal a la primera ocasión. Una comunidad que no concebía divertirse sin derramar sangre a raudales, sangre de animales —en especial toros y caballos — pero también sangre humana. La propia «fiesta nacional» era el epítome de todo ello y fascinaba y horrorizaba a partes iguales’’.23
Respecto a estas prácticas, existen diferencias entre las plazas de Santa Fe y Buenos Aires. En el primer caso, se realizaron anualmente al menos desde 1595, en el marco de las celebraciones por el Santo Patrono, junto a los juegos de cañas24. Recién en 1709 aparecen como posibles en el marco de una fiesta diferente: el nacimiento del Príncipe25 . En cuanto a su organización, un año más tarde se mencionaba que el encargado de conseguirlos para la fiesta de San Jerónimo era el Alcalde Provincial, en ese entonces Antonio Márquez Montiel26. Asimismo, parece ser que la práctica festiva en cuestión estaba en relación normalmente con actividades productivas: el abasto local y las recogidas de ganado. Esto puede verse con casos como cuando en 1710, ante la falta de sustento para la población se decidió usar la carne de los toros muertos en la pista para alimentar a la gente; o cuando en 1749 el Alcalde de la Hermandad de Los Arroyos, Juan Gómez, dio razón que debido a la sequía no había toros ni caballos para recoger, ante lo cual se suspendieron las corridas en honor al Patrón27.
Durante el Siglo de Oro, los temas del dolor, el martirio y la crueldad fueron puestos en el centro de un gran número de obras. Las producciones de Garcilaso y el Greco, entre otros marcan el estilo de la época; Goya realizó importantes obras con temas macabros en los siglos XVIII y XIX respondiendo a la estilística barroca tardía, luego al Neoclasicismo de finales del siglo XVIII, adoptando el rococó durante su estancia como pintor en la manufactura Real de Santa Bárbara (encargada de la fabricación de objetos de lujo).
El modelo Barroco
Veamos brevemente la importancia que el Barroco tuvo en los siglos XVII y XVIII, donde se mantuvo como el paradigma artístico a elegir en el momento de las celebraciones del ciclo vital monárquico (nacimiento, bautismo, coronación, defunción). Apoyó el discurso legitimador de la dinastía como centro del Estado, y benefició a aquellos que se mostraron como sus representantes y vasallos en el Imperio. La simbología artística respondía a la necesidad de mostrar al Rey como algo sagrado, acercando la Corona a Dios.
Esto respondía a una intencionalidad clara por parte de los poderosos, en cuanto a que las celebraciones majestuosas eran oportunidades de reforzar el pacto de dominación en cada una de las coronas que componían el Imperio. Durante las exequias de Felipe IV (1665), la utilización de la iconografía mitológica, pagana y religiosa se aglutinó en el valor estético y ético del Barroco, tanto en Sevilla como en Lima.
‘‘La centralidad de la figura del Rey en las ceremonias limeñas parece no haber
sido igualada en otras ciudades americanas. Debido a que el virrey no estuvo nunca
presente durante las ceremonias reales del siglo diecisiete en Lima, es muy
probable que rituales tales como las proclamaciones y las exequias reales puedan
haber sido más importantes para la legitimación del poder colonial que las entradas
virreinales que iniciaban el nuevo gobierno del alter ego del Rey’’28.
Un ejemplo de esta lógica, aunque con características diferentes es representado por las aclamaciones, como la realizada en honor a Fernando VI en la Ciudad de Santa Fe en enero de 1748, y dentro de la cual se realizaron 2 comedias y 4 días de toros, junto con la iluminación de las calles para el paseo29. Como se verá al final, en el caso de Buenos Aires esta representación fue mucho más compleja y ostentosa. En este contexto, el Cabildo, tanto en Santa Fe como en Buenos Aires, se ocupaba de los gastos, como cuando por ejemplo en 1702 los cabildantes santafesinos autorizaron el pago de 19 pesos correspondientes a media arroba de pólvora utilizada en la guardia y celebridad del Real Estandarte durante la aclamación de Felipe V 30.
Sobre estos cimientos otorgados por las villas peninsulares, Lima construirá un estilo propio no solo en la arquitectura, sino también en lo literario. Fray Martin de León iniciará un género histórico-literario mediante los libros de exequias. Muchos de estos libros eran recopilados y presentados al monarca sucesor, bajo la denominación de “Parentación Real”31. No son pocos los historiadores que han hecho referencia a la utilidad de estos libros como fuentes para analizar la sociedad del período: en ellos podemos ver el protocolo seguido en la villa, se mencionan las autoridades que presidieron la ceremonia (con sus cargos, títulos y nombres) y dedican también un espacio a las instituciones militares, civiles y religiosas que habitan la ciudad al momento del pésame. Mencionemos también que hacia mediados del siglo XVIII (sobre todo después de las exequias de Fernando VI) la representación de la realeza se tornó más abstracta que durante el período de los Austrias, por lo que el cuerpo simbólico sentado en la Plaza fue reemplazado por el Real Pendón. Con la elección de este estilo, se buscó crear una ciudad absoluta32 en crecimiento bajo la visión del Rey. La difusión de este tipo de construcciones partía de la Plaza Mayor, donde se concentra el ceremonial de las fiestas.
Antes de intentar una descripción más detallada, la cual aparece sobre todo en las aclamaciones rioplatenses, es preciso aclarar que desde 1700 (llegada al trono de Felipe V, y con él de una nueva Dinastía, la francesa de los Borbones), el carácter de las representaciones en los actos por la muerte y asunción del Rey también iría cambiando considerablemente. Esto puede apreciarse por primera vez, al menos en este caso, no con la aclamación del mismo Felipe, sino a partir del decenio de 1710, cuando comenzaron a celebrar 6 meses de luto y las mismas distinciones que para la muerte del Monarca en el caso de los fallecimientos de Delfines33. Ya en los lutos por la muerte del primer Borbón se hace más hincapié en celebrar las exequias con comités de religiosos y sermón, todo a costa de la Ciudad (según la Real Orden del 6 de mayo de 1745), así como también se dispuso como obligatorio el uso del traje de golilla por parte de los funcionarios34. Como se verá un poco más adelante, a partir de ese entonces las celebraciones exclamatorias (Fernando VI) tomarían un carácter y unas pompas bastante particulares y muy distintas a las que se realizaron en honor a su predecesor.
Anexo
Por último, nos proponemos la descripción de una fuente, a modo de ilustración y de comparación con las prácticas anteriores, las cuales ya fueron mencionadas. Se trata de un minucioso repaso hecho por el Cabildo de las honras por Fernando VI, el segundo de los Borbones españoles, allá por el año 1748.
Antes que nada, se hizo mención del nuevo Monarca como ‘‘legítimo hijo, sucesor y heredero’’. Posteriormente a la misma, se dio comienzo a las celebraciones con el primer paso: el aviso de la muerte de Felipe V, la cual había tenido lugar casi 2 años antes, quedando de manifiesto el retraso que sufría Buenos Aires todavía en estas cuestiones.
En segundo lugar, los cabildantes mandaron a romper bando para informar el pueblo, como se acostumbró siempre, más allá de la Dinastía que ocupara el trono. Podría decirse que es uno de los pocos elementos inmóviles a lo largo del período.
Le sigue la descripción de la elaboración de todo lo que es la arquitectura efímera: 4 columnas con elevación, con la Corona en el centro, despojos de la Parca en la cornisa, hachones a los costados del armatoste en representación de lágrimas, en el centro una imagen del Rey, simbolizando la idea de que la memoria del Rey superaba al dolor de su propia muerte.
Una vez formado el túmulo, se preparaban los clamores con los dobles de las campanas, cuando todas las iglesias emitían su música en señal de angustia.
Como siguiendo el ritmo inaugurado por las campanas eclesiásticas, la artillería comenzaba a disparar de hora en hora, a modo de señalar la congregación que se venía. Una vez que comenzaban los disparos, procedían a reunirse los miembros del Cabildo Eclesiástico (Prelados) y los del Cabildo regular junto al Gobernador y Capitán General en compañía de las autoridades militares. Entre todos, daban comienzo a la vigilia, todo denominado bajo el nombre de ‘‘Triste Panteón’’.
Luego de la vigilia, venía el Sacrificio de la Misa, llevada adelante por el Cura Vicario o algún prelado de importancia, más una congregación de músicos, todos vestidos de luto.
Una vez finalizado el luto, los Alcaldes Ordinarios se dedicaban a disponer el Fausto Tribunal para la aclamación del nuevo Rey. Los 12 miembros de la Sala Capitular salían de sus casas presidiendo los maceros vestidos acompañando al Gobernador y la tropa militar de Dragones formados con espada en mano. Pasando por la casa del Alguacil Mayor de la Inquisición, don Francisco Rodríguez de Vida (también Alcalde de Segundo Voto), se hizo éste cargo del Real Estandarte por la ausencia del Alférez Real.
En este contexto, las calles se encontraban ya bellamente vestidas con tapices y ricas colgaduras, más flores de colores en representación de la Primavera. En cuanto al Real Estandarte, el mismo se encontraba en casa del mencionado Alcalde con guardia de Infantería sobre un riquísimo dosel. Además había cuadros que representaban, con distintos colores, las bulas y trofeos militares.
A todo esto seguía la marcha con el Estandarte en manos del Alférez, acompañado del cuerpo de Dragones (caballeros con espadas), seguidos por los vecinos con sillas muy costosas bordadas en oro y plata, vestidos de ricas galas. En el centro la representación del Ayuntamiento, ubicado en el centro el Alférez, a su derecha el Gobernador y a la izquierda el Alcalde Primero. Este tumulto organizado, que muestra claramente la jerarquía social porteña de la época, terminaba en la Plaza Central.
Una vez allí, los ya mencionados, junto con el Real Estandarte, subían al túmulo, con música de acordes como fondo. Esta era la aclamación, que iba seguida del regocijo del pueblo, y entre todos reconocían la obediencia al Estandarte (que simbolizaba a Fernando VI en este momento). Una vez aclamado el elemento, la artillería rompía con disparos y se pasaba a la exhibición de monedas del Perú con la imagen del nuevo Rey, lo cual habla de una diferencia en importancia de ambas ciudades, y de la relevancia que poseía la imagen de la persona Real.
No es un dato menor que esta ceremonia fuese declarada por los mismos capitulares como la más grande hasta el momento. Al finalizar la misma, se condujo al Estandarte hacia una habitación bien adornada. Durante la primera noche, pertenecientes a la Compañía de Jesús, realizaban varias danzas en honor al nuevo Rey. Al día siguiente, se paseaba otra vez al símbolo Real, esta vez hacia la Catedral, donde un Padre jesuita realizaba las prédicas correspondientes, acto que era acompañado por el festejo del Santo Patrono, con Tedeum incluido.
Las calles se encontraban iluminadas con velas y fuegos, a lo largo de todo el recorrido realizado por el ‘‘Rey’’, el cual era exhibido al pueblo mientras sonaban los cohetes y se realizaban juegos entre los vecinos. Todos aplaudían la retirada y se daba lugar al banquete que integraban todas las personas ilustres.
La noche siguiente se dedicaba al ardor del castillo combatiendo contra navíos y galeras. Las cenizas resultantes representaban al Fénix, como si se tratara de una especie de reencarnación y continuidad Monárquica. Al otro día se montaba el Carro Triunfal, compuesto por delicadas pinturas, las armas reales ubicadas en la popa, y en la proa las de la Ciudad, mientras a los costados se colocaban los trofeos de guerra. Treinta hachas de cera y 6 faroles iluminaban todo el montaje, mientras el trono se lucía en la cima, todo al compás de un concierto musical. El mismo era tirado por 8 mulas del mismo color, y la guardia siempre con espada en mano y uniformado.
Al otro día venía el turno de la Marcha Burlesca, acompañando con más de 400 hombres un carro, con representaciones del Rey y del Dios Baco. Adultos y niños hacían la procesión al grito de ‘‘Viva Fernando, viva María Bárbara’’. Esto demuestra no solamente una influencia cultural greco-latina, sino también como se asociaba al Monarca con las atribuciones de una Divinidad en particular, relacionada con la alegría y el placer.
En cuanto a los juegos de cañas y sortijas, estos se realizaban en la Plaza ante la
mirada de las autoridades y vecinos ilustres. Cuatro cuadrillas de 12 integrantes
(Españoles, Moros, Turcos e Indios), todos bienes vestidos y en cada una de las
esquinas del espacio, empezaban las corridas de cañas, con el objetivo de encajar unas
15 veces la sortija y obtener la medalla que era concedida por el Alférez Real.
Tras dos noches seguidas de comedias, venían 4 días de toros. Los animales eran costeados por el Cabildo y el Alférez por no haber fondos en ese momento, y, entre música y refresco general, ante la mirada del Gobernador y el Cabildo desde sus asientos especiales, comenzaba la matanza de animales en la plaza completamente cercada. Seguían 2 noches más de conciertos musicales, con bailes incluidos para toda la Nobleza, más danzas indígenas, comedias varias y regocijos, todo ante la presencia de los ‘‘Reyes’’, en esta última parte de las celebraciones representados con sus retratos, siempre bien adornados.
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OSORIO, Alejandra, El Rey en Lima, Lima, IEP, 2004.
RUIZ DE PARDO, Carmen, “La muerte privilegiada: reales exequias en Lima y
Cuzco. Época Borbona”. En: Arte, poder e identidad en Iberoamérica. De los
virreinatos a la construcción nacional, Castellón de la Plana, Universidad Jaime
I, 2008.
Notas
1 ARIÈS, Philippe, El hombre ante la muerte, Madrid, Taurus Ediciones, 1984, p. 300.
2 Ídem p. 148.
3 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 223-224b.
4 AGN, AECBA, Serie II, Tomo I, p. 91.
5 AGPSF, ACSF, Tomo VI, f. 285.
6 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 283-284b.
7 LORENTE, Juan y ALLO MANERO, Adelaida, “El estudio de las exequias reales de la
Monarquía Hispana: siglos XVI, XVII y XVIII”, en: Artigrama, núm. 19, Zaragoza, 2004, 39-
94.
8 OSORIO, Alejandra, El Rey en Lima, Lima, IEP, 2004, p. 13.
9 Ibídem.
10 Considerados hoy en día como “arquitectura efímera”, los túmulos eran construidos
rápidamente con materiales simples (madera y tela) pero con el objetivo de la suntuosidad y la
demostración sentimental.
11 OSORIO, Alejandra, op.cit , p. 12.
12 Ídem, p. 8.
13 Ibídem.
14 La noticia llegó a la ciudad el 27 de abril de ese año, más de cinco meses después del hecho.
15 MINGUEZ CORNELLES, “Imperio y Muerte. Las exequias de Carlos II y el fin de la
dinastía a ambas orillas del Atlántico”. En: Arte, poder e identidad en Iberoamérica. De los
virreinatos a la construcción nacional, Castellón de la Plana, Universidad Jaime I, 2008, p. 17.
16 Ídem, p. 42.
17 KANTOROWICZ, Ernest, The King’s two bodies: a study in mediaeval political theology,
Princeton, Princeton University Press, 1998.
18 Ídem, p. 17.
19 Ídem, p. 43.
20 RUIZ DE PARDO, Carmen, “La muerte privilegiada: reales exequias en Lima y Cuzco.
Época Borbona”. En: Arte, poder e identidad en Iberoamérica. De los virreinatos a la
construcción nacional, Castellón de la Plana, Universidad Jaime I, 2008, pp. 53-77.
21 Ídem, p. 54.
22 NUÑEZ FLORENCIO, Rafael, La muerte y lo macabro en la cultura española, Dendra
Médica. Revista de Humanidades, Madrid, 2014, pp. 49-66.
23 Ibídem, p.55.
24 AGPSF, ACSF, Tomo II, Primera Serie, fols. 239-240.
25 AGPSF, ACSF, Tomo VII, fols. 5-6b.
26 Ibídem, fols. 39-40.
27 AGPSF, ACSF, Tomo XII ‘‘A’’, fols. 79-80.
28 Ibídem, p. 9.
29 AGPSF, ACSF, Tomo XI, fols. 411-412.
30 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 310-311.
31 RUIZ DE PARDO, Carmen, op.cit, p. 58.
32 ALVA, Mariela y GALLI, Agustina, “La Iglesia y su arquitectura en el siglo XVIII: el Barrio
de Monserrat”, en: Arquitectura y Urbanismo: forma y contenidos en el Nuevo Continente.
Siglos XVIII y XIX., Nº 199, Universidad de Belgrano, Buenos Aires, 2007.
33 AGPSF, ACSF, Tomo VII, fols. 171-172b; 300-301; 345; Tomo IX, fols. 272-276.
34 AGPSF, ACSF, Tomo IX, fols. 403-404.
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