miércoles, 20 de septiembre de 2017

''El desarrollo de la ganadería en Buenos Aires Colonial. Faenas, unidades productivas y alternativas mercantiles a comienzos del Siglo XVIII'', en III Encuentro de Investigación ''Dr. Rogelio C. Paredes'', Universidad de Morón, 14 de noviembre de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/19503538/El_desarrollo_de_la_ganader%C3%ADa_en_Buenos_Aires_Colonial._Faenas_unidades_productivas_y_alternativas_mercantiles_a_comienzos_del_Siglo_XVIII_en_III_Encuentro_de_Investigaci%C3%B3n_Dr._Rogelio_C._Paredes_Universidad_de_Mor%C3%B3n_14_de_noviembre_de_2015


Introducción 
  Estamos de acuerdo que la ganadería fue una rama productiva de fundamental importancia para la campaña de Buenos Aires y el Litoral Rioplatense en líneas generales. La misma se fue desarrollando a lo largo de todo el Período Colonial pasando por distintas e importantes transformaciones en cuanto a la producción se refiere (organización de las faenas y unidades productivas, tipos de ganado más relevantes, etc.). El objetivo de esta ponencia se centra en el análisis de los cambios que se fueron produciendo en las prácticas y establecimientos productivos ganaderos durante los primeros decenios del Siglo XVIII. Se ha elegido dicho período para hacer el repaso analítico por varias razones: a) la extinción de un recurso privilegiado como lo fuera (desde la fundación de Buenos Aires y durante toda la centuria anterior) el ganado vacuno cimarrón; b) el crecimiento demográfico dentro de la jurisdicción, sobre todo llegando a mediados de Siglo; c) la división territorial (y con esto, de las zonas rurales), en distintas jurisdicciones (desde 1726 con el Cabildo de Montevideo y efectivamente a partir de 1759 con el de Luján); d) la consolidación de nuevas explotaciones pecuarias y la conformación de establecimientos productivos más concentrados en la cría de ganados. Partiremos de la base de que fue la extinción del ganado vacuno salvaje la que ayudó a la consolidación de nuevas prácticas en torno a dicho tipo de animales: las recogidas organizadas y las estancias de cría más orientadas en este sentido. A su vez, la ganadería vacuna supo coexistir con otra variante de la actividad pecuaria, la cual tuvo mucha mayor relevancia hasta bien entrado este período: la cría y comercialización de mulas, destinadas fundamentalmente hacia el Alto Perú. Asimismo, la agricultura, sobre todo la del cereal (para los productos de consumo en el mercado local), no estuvo ausente en los establecimientos de cría, contradiciendo la visión ‘‘tradicional’’ de que la producción de cereales carecía de importancia en las estancias. Por eso es que se toma en el análisis la idea de establecimientos ‘‘mixtos’’. Todas estas caracterizaciones se profundizarán a partir del análisis de distintas fuentes correspondientes al período 1723-1759: testimonios extraídos de las medidas tomadas por el principal órgano político a nivel local (Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires), más descripciones y estadísticas armadas desde los datos brindados por los padrones rurales (1726, 1738 y 1744) y las sucesiones (inventarios, tasaciones de bienes, testamentarias) que representan a aquellos establecimientos que poseían ganados.

La ganadería bonaerense durante el Siglo XVIII 
  La ganadería en el Litoral Rioplatense colonial constituye un tema que ha sido abordado desde múltiples perspectivas, fuentes y objetos de estudio planteados. En lo que toca a los intereses de esta investigación, habría que concentrarse particularmente sobre dos ejes temáticos: a) las prácticas pecuarias y sus características; b) los diferentes mercados coloniales a los cuales se dedicaban. En cuanto al primer punto destacado, resulta preciso resaltar los aportes de autores como Emilio Coni y Enrique Wedovoy. El primero, en su famoso libro sobre las vaquerías en el Río de La Plata, sostuvo que la extinción del ganado cimarrón fue lo que condujo a los cambios en las formas de explotación del vacuno, puesto que mientras hubo este tipo de animales disponibles, la cría ocupaba un lugar secundario1 . Por su lado, el segundo de estos autores relaciona a la aparición de las estancias de cría con la tendencia natural de los animales a reunirse cerca de los cursos de agua, formándose una especie de sistema de pastoreo a campo abierto que permitía a los criadores juntar al ganado, castrarlo y marcarlo, entre otras cosas2 . Siguiendo esta misma línea, Carlos Mayo agregó que a medida que se acababan los planteles salvajes se fue imponiendo la cría en las estancias por sobre la mera caza3.
  La extinción del recurso en cuestión ha sido un tema que mantuvo cierta importancia en la historiografía colonial hasta hace unas décadas atrás. Tulio Halperín Donghi definió con mucha simpleza la situación hacia comienzos de la centuria, cuando la naturaleza destructiva de las vaquerías condujo a la inevitable extinción del cimarrón, puesto que la caza exclusiva no permitía la cría4 . Dicho agotamiento, que se percibe desde los años 20 del Siglo XVIII, fue causante, según Garavaglia, no solamente de cambios en las actividades productivas, sino de las nuevas orientaciones seguidas por las incursiones indígenas que empezaron a intensificarse sobre las estancias5 , como consecuencia lógica. De esta forma, se trató de un condicionante importante no solamente para la producción rural, sino para la situación social de la campaña en general.
  En cuanto a las formas que fue tomando la explotación pecuaria, existen distintos puntos de vista al respecto. Hacia comienzos del período que aquí nos toca, las vaquerías tradicionales6 llegaban a su fin como actividad vacuna por excelencia. Una vez extinto el cimarrón, la ganadería vacuna fue consolidándose en las recogidas y las estancias de cría. Respecto a las primeras, Carlos Mayo, luego de analizar las instrucciones planteadas en el Siglo XIX por Juan Manuel de Rosas, argumenta que las recogidas, el pastoreo y vigilancia del ganado representaban, todavía en ese entonces, una de las actividades más regulares, incluso dentro de los establecimientos7 . A su vez, las recogidas presentaban sus variantes: por un lado estaban las que se hacían sobre los ganados alzados que se escapaban de las unidades productivas en los campos del margen occidental del Río de la Plata, con el objetivo de repoblar las tierras de cría; por otro lado, las que se efectuaban sobre los todavía abundantes cimarrones de la Banda Oriental (en la tierras pertenecientes a la jurisdicción capitular de Buenos Aires), los cuales servían para hacer faenas diversas. Se profundizará más adelante sobre estas prácticas.
  En cuanto a los establecimientos de producción pecuaria, éstos fueron caracterizados de diferentes maneras por los especialistas teniendo en cuenta fundamentalmente fuentes protocolares como las sucesiones, inventarios de estancias, tasaciones de bienes, etc. Tomando el período 1740-1820, Carlos Mayo, parándose desde una perspectiva de análisis regional (lo que él denomina la ‘‘pampa’’ bonaerense), analizó 66 establecimientos identificados como estancias, sobre los cuales pudo obtener algunas conclusiones de importancia: en primer término, el ganado representaba lo principal entre las inversiones, teniendo fundamental papel dentro del mismo el vacuno (presente en 59/66 establecimientos), al igual que el mular (presente en el 93,92% de los mismos, desde la apreciación de los sitios que contaban con caballos y yeguas de cría), mientras que las ovejas tuvieron una presencia poco despreciable (63%) pese a su poco valor monetario, pudiéndose desprender de todo esto la diversificación del stock ganadero como una realidad; en segundo lugar, los cuantiosos gastos que se hacían en esclavos, fundamentales como mano de obra estable, y tierras (abundantes pero baratas); en lo que corresponde a las condiciones materiales de vida, se produjo una aproximación a viviendas más bien modestas, al igual que su mobiliario, las cuales solían contar con capillas en su interior; por su parte, las herramientas no representaban un gasto demasiado abultado (10% del capital total invertido), siendo importantes para apreciar la presencia de prácticas agrícolas (atahonas), ganaderas (marcas, yerros, etc.), y de un sector textil doméstico en base a la utilización de la lana8.
  Garavaglia, analizando el recorte extendido de 1750-1815, pudo elaborar un modelo teórico definido como ‘‘establecimiento típico’’, el cual se caracterizaba por el fuerte peso de los vacunos y de los animales destinados a la producción mular, llamando la atención que el promedio de extensión territorial sea de 2.500 hectáreas. Más precisamente, se componía de 790 vacas, 490 ovejas, 300 equinos y 40 mulares9 (vale aclarar que éstos aparecen muy pocas veces definidos como tales en las fuentes). De esta manera, el autor mantiene una postura elaborada similar a la de Mayo, al menos en cuanto a la importancia de bovinos y mulas, destinados a los mercados ya mencionados al principio.
  Asimismo, estudios anteriores, aunque distintos en perspectiva de análisis y metodologías, muestran que la presencia de vacunos y mulares en los establecimientos no es exclusiva de la segunda mitad del siglo XVIII. Rodolfo González Lebrero, quien analizó sucesiones correspondientes al lapso 1602-1640, período en el cual las vaquerías tradicionales tenían mucho más auge en la campaña bonaerense, arribó a conclusiones muy interesantes: a) tanto las chacras como las estancias desempeñaban prácticas agrícolas (en ambos tipos de establecimientos se encontraron atahonas, percheles y molinillos, destacándose herramientas como hachas, hoces y otros instrumentos como carretas y amasadores; b) respecto al ganado, el 93% de las unidades contaban con ganado vacuno, mientras que en las chacras primaban las lecheras; c) el resto de las especies eran de menor importancia cuantitativa, llamando la atención el alto porcentaje de cerdos registrados (78%), y la poca relevancia que le otorga el autor a los mulares10. Estos puntos serán puestos en discusión para las fuentes correspondientes al período 1723-1759.
  Por otro lado, existen estudios elaborados desde la historia local-regional, los cuales resultan muy interesantes para desarrollar algunas cuestiones. Analizando la estancia betlemita de Fontezuela (1753-1809), Tulio Halperín Donghi demostró a nivel de estudio de caso la importancia que radicaba en la complementación existente entre la mano de obra libre y la esclava (los representantes de esta última significaban uno de los gastos más pesados según los libros de cuentas del establecimiento); el segundo gran aporte está en lo desarrollado acerca de la producción pecuaria y su relación con los mercados, destacándose principalmente la cría de mulas (para los mercados del Norte minero) y el ganado vacuno con sus distintas alternativas (cueros y novillos para el abasto de carne)11.
  Respecto a este último tema, el cual no carece para nada de importancia para los intereses de esta exposición, Juan Carlos Garavaglia sostiene, a partir del análisis de los inventarios, diezmos, cartas y testimonios del Cabildo, que existieron diferentes corrientes mercantiles para la ganadería bonaerense: el mercado local (carne, grasa, sebo, etc.), las diversas ferias regionales (vacas y mulas enviadas a pie) y el mercado exterior (cueros)12. Estas bases teóricas son tenidas en cuenta a la hora de analizar y elaborar los datos de la primera mitad del siglo XVIII.
  Por último, se deben tratar los establecimientos productivos siguiendo algún tipo de clasificación. En este sentido, sirve mucho la distinción hecha por Garavaglia en quintas, chacras, estancias de cercanías y estancias. Las primeras eran las ubicadas en el ejido de la Ciudad, y se dedicaban más que nada a la producción agrícola-forrajera. Las segundas, cercanas a la zona urbana, también se caracterizaban por la fuerza de la agricultura, aunque no se descarta la presencia de ganados. Las estancias de cercanías eran aquellos establecimientos ‘‘mixtos’’, en cuanto complementaban agricultura con ganadería. Por último, las estancias eran explotaciones más extensas y alejadas del mercado citadino, mayormente especializadas en la cría de animales13. Partiendo de esta clasificación, se analizarán y caracterizarán los establecimientos productivos del período seleccionado, haciendo hincapié en la ganadería y sus alternativas mercantiles más importantes: los bovinos y las mulas. Asimismo, no se abandona la idea de la producción mixta, en el sentido de complementación entre los diferentes tipos de ganadería y la agricultura.

El ganado vacuno: explotación y cría 
  Ya se ha dicho que el estudio de las prácticas pecuarias centradas en el ganado vacuno deben ser distinguidas en dos partes: los distintos tipos de recogidas (de alzados y de cimarrones) y los establecimientos productivos.
  En cuanto a las primeras, hay que señalar la diferencia, en cuanto a características y procedimientos, de las recolecciones de alzados organizadas por los vecinos criadores, autoridades rurales y el Cabildo de Buenos Aires para buscar los animales que se escapaban de las tierras en busca de agua de las planificadas para realizar sobre los planteles de salvajes que todavía abundaban en las campañas de la Banda Oriental correspondientes a la misma jurisdicción capitular14.
  Las recogidas de alzados consistían en salir a juntar ganados que se alzaban o que se internaban en la campaña para buscar agua. Los criadores iban a buscarlos y solían identificarlos por las marcas y/o señales, lo cual trajo muchos problemas. El objetivo central era más que las faenas, el devolver los ganados a las unidades productivas. Estas recolecciones a campo abierto de alzados y sus crías, más el reparto de orejanos en prorratea15 entre los vecinos ganaderos eran algo común a comienzos del siglo XVIII16. La abundancia del ganado cimarrón en el Río de la Plata había permitido, durante el siglo anterior, el desarrollo de una empresa recolectora-cazadora. Pronto, algunos vecinos lograron hacerse de la propiedad de los ganados, diferenciándose así del ganado cimarrón, que pertenecía a los vecinos accioneros, pero que dejaría de existir en algunos puntos de la región hacia comienzos del siglo XVIII, dando paso a otras explotaciones como las estancias de alzados. En las mismas, las reservas de rodeo manso servían como fuentes de grasa, sebo y cueros, y dichos animales se criaban con libertad, teniendo esto como consecuencia la dispersión de los mismos durante el alzamiento (por causas de motivos naturales como las sequías y la consecuente partida en busca de aguas). Según Osvaldo Pérez, estas prácticas productivas tuvieron como elemento dinamizador fundamentalmente la producción de cueros para el mercado externo, cuyo crecimiento en la demanda se dio antes del boom causado por la apertura del Libre Comercio desde 1778, y que dicha demanda fue amortiguada en primera instancia por los alzados y orejanos más que por el ganado manso de las estancias17.
  Los testimonios que se desprenden de las reuniones del Cabildo porteño permiten apreciar el funcionamiento de estas expediciones de búsqueda y captura de los alzados. Aparentemente, el Ayuntamiento se encargaba de dar los permisos, organizarlas y de fijar cómo se haría la redistribución del recurso obtenido. En este sentido, hay un caso correspondiente al pago de la Matanza que resulta ilustrativo: en los vecinos salieron a la campaña a hacer la recogida de los ganados que allí se hallaban dispersos. Éstos recogieron porciones considerables sin marcas ni señales. El Cuerpo Capitular nombró al Teniente Domingo Díaz para que cuidara quienes eran los vecinos que entraban a la campaña a hacer la recogida de ganado y hacerles declarar con qué licencia la habían realizado. En caso de no tener licencia, se ordenó que se embargaran las cabezas de ganado recogidas18. Ese mismo año, el mismo designado comunicaba a los capitulares que ya se encontraba en la estancia de Antonio Gutiérrez del pago de La Matanza para llevar adelante el cumplimiento de la comisión que se le había otorgado por el Alcalde de Primer Voto Juan Gutiérrez de Paz19. En este caso, puede apreciarse el accionar del Cabildo en cuanto a las licencias y su control, el nombramiento de comisionados para que se ocuparan de prever problemas y el ordenamiento de sanciones contra posibles infracciones sobre el ganado.
  Hay casos que son más explicativos para otras cuestiones, como la conformación de estancias de alzados. El ya nombrado Domingo Díaz envío una carta en la cual informaba sobre que se había encontrado con Gutiérrez en una de las estancias del difunto Juan De Rocha. Gutiérrez traía el ganado recogido en presencia de ‘‘buenas personas’’, argumentando que había entrado a la campaña a hacer la recogida por orden de Gaspar de Bustamante, Alcalde Provincial. Para demostrarlo, le mostró a Domingo Díaz la orden de dicho Alcalde. Se hallaron 700 cabezas de ganado vacuno entre grande y chico, además se registraron 130 orejanos, y el resto eran animales con diferentes marcas y señales, las cuales no se identificaron todas debido a su variedad. Con este ejemplo, puede apreciarse cómo hubo vecinos que repoblaban sus planteles de ganado con alzados, como fue el caso de don Juan de Rocha, quien años antes había actuado como Alcalde de la Hermandad, encargado de recogidas en varias oportunidades y también ocupándose del abasto de carne20. Asimismo, puede notarse la distinción entre el ganado mayor y los orejanos, aquellos que por ser muy jóvenes no poseían aún marcas ni señales, por lo que eran repartidos en prorratea.
  Por otra parte, el Cabildo eran quien se ocupaba de que se controlaran las licencias, como cuando en 1749 el Capitán Tomas Billoldo, que había venido con su gente del pago de la Magdalena, recogió 134 cabezas que les correspondían a él y a otros vecinos según sus marcas, presentando las órdenes que le dieron los mismos para que las recogiera. Se le obligó a dar cuenta de ello21. Otros casos ayudan a considerar cómo había ciertas facultades correspondientes exclusivamente a la Sala Capitular: en ese mismo año Juan Gutiérrez de Lea, Alcalde de la Santa Hermandad, recordó que Gaspar de Bustamante, Alcalde Provincial de la Santa Hermandad, no tenía la facultad ni jurisdicción para dar licencias ni mandar a que los vecinos hiciesen recogidas de ganado. Dichas facultades eran del Cabildo. El mismo que cada uno de los vecinos de Areco saliera a recoger sus ganados y se mandó a juntar todas las licencias y autos que se hubiesen dado sin su permiso22.
  Otro punto primordial era el nombramiento de vecinos con comisiones especiales para determinados asuntos que involucraban a las prácticas pecuarias, como cuando en octubre de ese mismo año de 1749, se nombró un comisionado para que controle a aquellos que especulaban con las marcas y señales para recoger ganado. Se estableció una pena de 50 pesos para los españoles, 100 azotes para los negros, mulatos, esclavos y libertos23.
  Al mismo tiempo, existieron otras problemáticas en torno a las recogidas de ganados, tal como podían ser los traslados de poblaciones en las zonas rurales de frontera, causadas fundamentalmente por las incursiones indígenas, las cuales fueron muy intensas en la región desde el decenio de 1740. En 1746 se registró un caso interesante, cuando el Gobernador de Buenos Aires estableció que los vecinos de Santa Fe que querían trasladar sus haciendas hasta San Nicolás de los Arroyos por la amenaza de los ‘‘indios’’, tenían la obligación de estar al servicio de la Ciudad con sus armas, sus caballos, sus personas y su ganado. El ganado sería pagado a los vecinos con puntualidad siempre y cuando se contara con dinero en la Caja de Arbitrios24 . Podrían enumerarse otros casos en los cuales se ve la relación entre las recogidas de alzados y la situación de la frontera abierta: por ejemplo, en 1739 el encargado de las expediciones armadas, Juan de Sa Martín, propuso ante el Ayuntamiento que ya era tiempo para que se le dieran las providencias necesarias para hacer las recogidas de ganado y caballadas contra los ‘‘indios infieles’’25 . Aquí puede deducirse el carácter armado de las salidas de vecinos, además de la interacción entre encargados, vecinos y cabildantes por estos problemas. Según Garavaglia, las tensiones con los ‘‘infieles’’ se intensificaron en la campaña bonaerense, sobre todo en las zonas de frontera, a partir de la extinción del ganado cimarrón visible desde los años 20 de la centuria en cuestión, lo cual condujo a un cambio de orientación de las malocas al saqueo de estancias26.
  Sin embargo, dichas prácticas anteriormente mencionadas y descriptas predominaron en la Banda Occidental de la campaña bonaerense y en las cercanías de la ciudad de Santa Fe. Por otro lado estaban las vaquerías que se realizaban sobre los abundantes cimarrones disponibles en la Banda Oriental. Sobre éstas, también correspondían al Cabildo porteño las principales atribuciones. Para Juan Carlos Garavaglia, al menos desde 1719 ya existía un ganado denominado ‘‘invernado’’ en Buenos Aires, haciendo referencia a los animales alzados que se recogían en la parte occidental y sobre todo a los cimarrones que todavía abundaban en el otro margen del Plata27. En este sentido, las vaquerías tradicionales quedaron concentradas en los campos entrerrianos y orientales, en donde la actividad fue tan importante que fue necesario el repoblamiento ganadero28. Con respecto a la finalidad de estas recogidas y vaquerías que tenían lugar en las zonas rurales en donde todavía abundaba ese tipo de vacunos, es más que evidente que estuvieron orientadas a más de una necesidad y a diversas rutas mercantiles. Entre ellas se destacaron la obtención de animales para el abasto de carne, las faenas para hacer cueros y piezas de grasa y sebo, los envíos de animales en pie hacia el Alto Perú argentífero y el repoblamiento de estancias de cría en donde hacían falta los animales29.
  Son muchos los casos útiles para ejemplificar esos rasgos de las recogidas en ‘‘la otra banda’’. Por ejemplo, 1726, se presentó una petición de Don Gerónimo de Escobar para hacer 100 piezas de sebo y grasa en la Banda Oriental en el plazo de dos meses. Se le concedió licencia con la condición de que trajera dicha cantidad de sebo y grasa para el abasto de la Ciudad de Buenos Aires. También se le concedió una licencia con las mismas condiciones a Don Alonso Suárez, quien no especificó la cantidad de piezas que quería realizar30; ese mismo año se concedió licencia a Domingo Monzón para hacer piezas de sebo y grasa en la Banda Oriental con la condición que sirviera al abasto de esta jurisdicción31. Al mismo tiempo que se ocupaba de las faenas para producir sebo y grasa, debía encargarse de regularlas en determinadas situaciones y de imponer autoridad para evitar excesos que perjudicaran desde su óptica al bien público: en 1733 se mencionaba como, a causa de la falta de ganados y como consecuencia de grasa y sebo, había vecinos que no encontraban las velas y el jabón que necesitaban32; 7 años más tarde se mandó a los comisionados a que prohibieran la saca de sebo y grasa por los perjuicios que seguirían de no evitarse la misma33.
  Sin dudas, lo que más les interesaba a los vecinos y las autoridades era el vacuno para hacer cueros y para el abasto de carne de la jurisdicción. En este sentido, el Cabildo también se encargaba de dar las licencias correspondientes, de organizar y de regular las prácticas productivas. En esos casos, el Cabildo también era el encargado de dar los permisos y administrar los recursos. En 1723, por ejemplo, se dio lugar para hacer 25.000 cueros en tierras de la Banda Oriental, los cuales fueron fijados a 11 pesos por pieza, contra los 13 que valían los de la Banda Occidental, donde para esa misma partida se consiguieron 15.00034; mucho más avanzado el período, en 1749, Juan de Vargas solicitaba mediante comprar cueros producidos en la Jurisdicción de Buenos Aires y cargarlos en el navío ‘‘Nuestra Señora de la Luz’’, ya que no había los suficientes en otros lugares, para lo cual creía necesario que se les permitiera a los vecinos hacer las matanzas suficientes para que pudieran venderle todos los que necesitaba35; ese mismo año, Gabriel Antonio Gómez pidió permiso para despachar desde Buenos Aires a dos navíos que aguantasen hasta 350 toneladas, el cual se le concedió con algunas condiciones: para cargar el navío con productos de la Jurisdicción, que sean los más convenientes; que pagara los derechos correspondientes por dicha acción; y que los pagara en todas las ciudades de la Provincia en las cuales cargara productos36. Aquí pueden notarse otras atribuciones capitulares relevantes en relación a las recogidas, vaquerías y producción de cueros:
 El Cabildo daba permisos para hacer cueros a los vecinos criadores de la ciudad.
 El mismo se encargaba de fijar los precios a los cuales debían venderse dichos efectos.
 También debía autorizar la carga de los navíos compradores de cueros.
  Al mismo tiempo, otra de las finalidades más destacadas era la del abasto de carne, para lo cual se utilizaban aquellos animales del ‘‘ganado invernado’’ que menciona Garavaglia como traído desde la Banda Oriental para suplir las necesidades de la población37. Por ejemplo, en 1726 se presentó un auto proveído por el Gobernador, en el cual hacía referencia a los pregones otorgados al abasto de carne en virtud de la postura del Capitán Juan de Rocha, encargado de las vaquerías en la Banda Oriental, por el que mandó que se hiciera cuanto antes el remate de dicho abasto en la persona que fuera más conveniente para ese fin38 . Más adelante ese mismo año se presentó un auto del día anterior por el Gobernador en vista de los autos presentados anteriormente sobre la carnicería anual, por lo que los miembros del Ayuntamiento nombraron de común acuerdo como diputado al alcalde de segundo voto, para que se hiciese responsable de los mataderos y que el fiel ejecutor se hiciera cargo de las vacas que debían traerse para el matadero, las cuales serían sacrificadas entre diciembre y febrero los días lunes, miércoles y viernes39 . En este caso, puede apreciarse como había algunos casos en los cuales el ganado era recogido en la otra banda para ser invertido en el abasto de carne local.
  Sin embargo, el procedimiento más común consistía en que el Cabildo convocara y se encargara de difundir el remate público del derecho al abasto de carne anual, el cual se realizaba entre los vecinos criadores de Buenos Aires. El caso de 1734 sirve mucho para ilustrar este proceso: el 5 de abril el Ayuntamiento mandó a pregonar el abasto de carne anual de la Ciudad; el 4 de mayo los miembros de la Sala acordaron, una vez dados los pregones, que se saquen a remate y se dieran a quienes le fuera más favorable al bienestar de la República, y que se informara de todo al Gobernador; cinco días después este último mandó a que avisaran a los vecinos sobre el remate del abasto de carne en las juntas que solían hacerse en las capillas de Areco, Luján, Magdalena y el pago de Las Conchas para que algunos vecinos que pudiesen hicieran sus posturas al respecto40 . De esta forma, se pueden diferenciar 3 etapas fundamentales: convocatoria, remate y divulgación. Finalmente, el derecho recaía en quien hiciera la mejor postura posible, tanto en cuanto a la cantidad de animales y su precio.
  Por otra parte es preciso analizar los establecimientos productivos, que desde bien temprano en la Época Colonial tuvieron cierta dedicación a la cría de vacunos. Tras el análisis de 34 sucesiones, González Lebrero demostró la existencia de chacras y estancias ganaderas a principios del Siglo XVII, donde se destacaron el ganado vacuno, ovino y porcino41. Por su parte, Azcuy Ameghino, sosteniendo una postura distinta a partir del estudio de Actas Capitulares, que en las primeras explotaciones ganaderas comenzaron con una clara orientación al ganado mular, lo cual está directamente relacionado con el engarce con el espacio peruano42. Este punto será discutido con los padrones y sucesiones.
  En lo que toca al ganado vacuno durante la primera mitad del siglo XVIII, se pueden decir varias cosas. En primer lugar, la existencia de establecimientos clasificados como chacras y estancias, en el sentido de más orientadas a la agricultura del cereal (ver último apartado) o a la ganadería, con superioridad de las últimas por sobre las primeras, al menos en líneas generales (Ver gráfico 1). Por otra parte, es innegable la existencia de distintas especies de ganado dentro de los establecimientos: en las unidades productivas analizadas hemos tenido datos sobre vacas, bueyes, caballos, yeguas, burros y ovinos. Según los padrones, los principales animales de cría fueron los vacunos y los involucrados en la cría de mulas (yeguas y caballos), lo cual no es un dato menor (Ver gráfico 2). Sin lugar a dudas, se trató de las especies más importantes, en cantidades y en salidas mercantiles. Por eso, se debe analizarlas a partir de otros datos más precisos brindados por las sucesiones del período seleccionado, para establecer una relación entre ambos.

Los establecimientos productivos: el ganado
  Ahora bien, ¿qué describen las fuentes consultadas acerca de los establecimientos productivos que poseían ganados? A partir del análisis de 60 UP correspondientes al período 1726-1759, se pudieron elaborar importantes datos y caracterizaciones sobre la organización de las mismas, los tipos de ganado que predominaban y la relación entre la ganadería y la agricultura.
  Yendo más puntualmente a las características, habría que decir que las explotaciones pecuarias lejos estaban de ser homogéneas, sino que aparecen diferentes realidades. Por ejemplo, había grandes estancias como las que habían quedado de don Miguel de Riblos en Areco: dentro de las mismas se encontraron burros hechores, caballos, 14 bueyes, 869 mulas, más de 4000 yeguas de cría, 806 vacas, 410 terneros, 30 caballos mansos, 800 reses herradas, entre otras cosas43. Otro caso aproximado es el de don Lorenzo Rodríguez, quien también presentaba un stock ganadero bastante robusto y diversificado: en 1745 se contaron entre sus propiedades 1280 vacas, 50 terneras, mulas, yeguas madrinas, 80 caballos, 50 bueyes, 1500 ovejas y otras 6 manadas de yeguas44. En este punto, los datos brindados por los padrones resultan útiles e ilustrativos: por ejemplo, en 1738 Antonio Gelves, vecino de Arrecifes, declaró tener 500 cabezas de vacuno, 300 yeguas, 30 caballos y 400 ovejas45; don Fernando Quintana poseía 1000 vacas, 2000 yeguas y 20 caballos46; Tomás de Arroyo, criador de Magdalena, en 1744 registró 1500 vacas y 3000 ovejas entre sus tierras de estancia y chacra47.
  Al mismo tiempo, tenían lugar en la campaña otros establecimientos también orientados hacia la ganadería, pero que eran de menor tamaño. Tal fue el caso de don Joseph de Esquivel, que si bien tenía 800 varas de tierras, acusó tener 3 vacas, 5 bueyes mansos, 6 caballos y 2 novillos48; el Capitán Antonio Barragán, de Luján, solo tenía 50 vacas y 50 yeguas49, en 1744, Pedro Gómez y Gonzalo Cabrera, ambos de Magdalena, vivían de los 50 vacunos que poseía cada uno50.
  Por último, no hay que olvidarse de los pequeños pastores, es decir, aquellos que, ya fuesen propietarios de tierras o no, se mantenían de la cría de algunas pocas cabezas, destinadas más que nada al mercado local o el autoconsumo. Los ejemplos son muy numerosos, pero no viene al caso citar aquí más que algunos representativos de la situación: la viuda del difunto Lagos, de Cañada de la Cruz, únicamente tenía ‘‘algunas vacas’’, mientras que Gregorio Pereira, vecino suyo, unos pocos caballos51; Juan de Bustos, de Pesquería, vivía gracias a sus ‘‘pocos animales’’, al igual que Faustino Coello52.
  Lo que interesa de todos estos casos, tiene que ver principalmente con dos realidades: a) las diferentes situaciones que vivían los distintos grupos de la campaña; b) la diversificación de la producción pecuaria en todos los niveles, respondiendo a la idea ya planteada de las alternativas mercantiles dentro del espacio colonial y de una economía insertada en un ‘‘mercado mundial’’.
  En cuanto a las alternativas mercantiles, éstas son visibles si uno se pone a analizar tanto los datos brindados por los padrones como las descripciones del ganado que aparecen en las sucesiones. Como quedó sentado en los gráficos anteriores, dentro de los establecimientos ganaderos y ‘‘mixtos’’ predominaban los vacunos y los animales vinculados a la producción de mulas. Si uno revista los datos de las UP, se vuelve a comprobar esta idea. Sobre un total de 60 establecimientos con ganado, 34 (56,7%) tenían tanto vacas como mulares (mulas, yeguas y/o burros hechores), mientras que solamente uno tenía únicamente vacunos y otro se dedicaba solo a las yeguas. Esto nos dice algo fundamental: la complementación entre ambos tipos de animales. A su vez, el 100% de los establecimientos con ganado tenían alguna de estas especies.
  Por otra parte, vale la pena señalar que tanto bovinos como mulares (sumando yeguas de cría, mulas y burros), aparecen en grandes cantidades. Los números dan como cifras totales 12520 vacunos y 9629 cabezas en la producción mular. Esto quiere decir, que tomando la primera mitad del siglo XVIII y algunos años más, se puede ver cómo los establecimientos se van orientando progresivamente hacia la cría de vacunos, pero que la de mulas sigue teniendo un papel muy importante hasta bien entrada dicha centuria por lo menos. Estos números dan un promedio de 160,5 ‘‘mulas’’ y 208,7 vacunos por UP. En cuanto a la relación entre ambas tipos de ganado, la misma es de 1,3 vacas por cada ‘‘mular’’, siendo por lo tanto muy pareja en este período. Es preciso señalar que la cría de mulas era una práctica que requería una inversión de capitales y especialización mucho mayores, así como también era más arriesgada en cuanto a pérdidas de crías. A su vez, dentro del proceso de la ‘‘fabricación’’ de este híbrido entraban en juego varias especias: yeguas de cría, caballos y burros hechores. El proceso consistía en la reproducción manipulada por el hombre entre las yeguas y los burros hechores, aquellos que eran acostumbrados desde sus primeros días a convivir con las yeguas. Para eso, era preciso sacrificar crías de caballo y colocar las pieles sobre el burrito cubriéndolo con la misma, para que de esta manera pudiera ser integrado en las manadas. De esta forma, no solamente era complejo y costoso, sino que también el ganado mular se veía condicionado por el stock de ganado equino y sus variaciones53.
  Resulta interesante hablar un poco de esta última actividad antes de cerrar el apartado, ya que la misma tuvo mucha importancia para la economía rioplatense colonial desde comienzos del siglo XVII, lo cual se ve reflejado todavía en las fuentes trabajadas para esta ponencia. Ya en el siglo XVI existía un ‘‘espacio peruano’’ (tomando las palabras de Carlos Assadourian) centrado en Lima y Potosí como principales centros económicos. ‘‘Este espacio, que abarcaba desde Quito hasta el Río de La Plata, estaba articulado por el capital mercantil generado en esos dos centros, sobre todo por la minería potosina’’54 . Para autores como Assadourian y Gustavo Paz, la región pampeana formaba parte de este ‘‘espacio peruano’’, cuya característica principal era que ‘‘la demanda de mercancías por parte de Lima y Potosí generaba una especialización regional de la producción de las diferentes subregiones dentro del espacio peruano. La consecuencia fundamental fue la formación de un mercado interno de mercancías provistas por las diferentes regiones y consumidas dentro del espacio peruano, en particular en los dos centros de desarrollo’’55. Para Gustavo Paz, la importancia de la cría y comercialización de mulas desde la subregión rioplatense fue que su circulación ‘‘articuló un espacio económico entre Buenos Aires y el Perú desde comienzos del siglo XVII que perduró hasta fines del período colonial’’56.
  Con respecto al origen de la cría de mulas destinadas al mercado limeño-potosino, existen diferentes opiniones. Para Assadourian, ésta actividad comenzó a desarrollarse en forma importante por primera vez en el área de Córdoba hacia comienzos del siglo XVII (entre 1610-1630), naciendo como adaptación a las necesidades del mercado peruano, que necesitaba de estos híbridos como elementos de transporte (sobre todo en las minas del Potosí, cuya superficie es de muy difícil adaptación para otros tipos de animales de carga, como por ejemplo los bueyes)57. Paz sostiene que comenzó a consolidarse recién hacia fines del siglo XVII, y Salta se transformó en un centro de acumulación de mulas en donde se compraban y vendían estos animales58. Según esta hipótesis, las mulas se criaban mayoritariamente en Córdoba y se concentraban en el mercado salteño, para luego se llevadas por quienes las compraban hacia diferentes puntos del Alto Perú.
  Además, se trataba de una actividad compleja, mucho más que el usufructo del ganado vacuno cimarrón, puesto que, a diferencia de éste último, ‘‘es un animal doméstico que exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en las diferentes etapas que llegan hasta su venta: seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crisis, capar los machos, marcar los animales con el hierro, amansados’’59. Por suerte para los productores y comerciantes, ‘‘estas nuevas especies incorporadas al ecosistema pampeano por el proceso colonial europeo se adaptaron ventajosamente a las condiciones ambientales de esta región’’60 .
  Ahora, se harán algunas aproximaciones a la economía rural ‘‘mixta’’, con la idea de poder ver si se daba o no cierta relación complementaria entre la ganadería y la producción agrícola.

Los establecimientos ‘‘mixtos’’ 
  Partiendo del análisis de inventarios para el período 1750-1815, Juan Carlos Garavaglia supo demostrar, entre otras cosas, la existencia prácticas agrícolas en las denominadas estancias, y en definitiva una relación de complementariedad más que de contraposición entre la producción de cereales y animales61. En este apartado se parte de la idea de que, además, las chacras, reconocidas como UP fundamentalmente agrícolas, también se concentraban, aunque en menor medida, en la cría de animales para distintos fines.
  ¿Cómo hacer para notar la presencia o no de agricultura en las estancias? Como bien sostiene el autor, podría ser mediante la presencia de bueyes (para carretas y arados), o de herramientas agrícolas en los inventarios62. Esta relación se daba tanto en las grandes estancias ganaderas como en las pequeñas y medianas explotaciones: entre las tierras de estancias de don Francisco Casco se encontraron herramientas agrícolas y varias fanegas de trigo63; Joseph de Esquivel tenía estancia y además una chacra de 800 varas de frente, donde había 7 fanegas de trigo, 7 palas, una fuente de estaño, 8 hoces y carretillas64; don Lorenzo Rodríguez, quien contaba con cuantiosas haciendas, también tenía arados, azadas, tachos, 2 carretones, 3 carretas, un molino de tiro, caballos y bueyes65.
  Casos como los anteriores permiten pensar en que había UP reconocidas como estancias dedicadas en menor medida a la agricultura. A su vez, existían las chacras y pequeñas explotaciones que complementaban ambas ramas de la economía colonial. Por ejemplo, José Díaz de Adorno, un pequeño productor de Las Conchas, complementaba la cría de ovejas con la de bueyes y el uso arados para explotaciones agrícolas66; Miguel Díaz, de Luján, poseía algunas vacas lecheras y ovejas, sirviéndose además de bueyes para arar67; Joseph Jufré criaba bueyes y caballos pero además sembraba68; Julio Celiz tenía vacas y ovejas, y además una tahona69; ya en 1744, Juan de Valdivia, chacarero de La Matanza, se dedicaba también a la cría de vacas y yeguas70; Diego de Videla se mantenía de sus vacas lecheras y los productos de su chacra71; Juan Manuel de Arce (1734) tenía una chacra con árboles frutales, donde además se encontraron herramientas agrícolas, 60 mulas, 27 mansas, 10 bueyes, 2 yeguas madrinas y 4 caballos mansos72; en las chacras del Capitán Francisco Cordero había yeguas, mulas, vacas, terneras, caballos y esclavos73. Todas estas descripciones permiten apreciar que en UP medianas o menores, o en las más especializadas en la producción agrícola, también había cría de animales diversificada para los distintos mercados.
  Respecto a la importancia de la agricultura, habría que sostener que esta se concentraba más que nada en la de cereales, y entre estos la del trigo. Este era un elemento fundamental para la elaboración de panificados, central en la dieta de los porteños y bonaerenses de aquella época. Sin ir más lejos, el Cabildo estimaba en 1721 que se necesitaban entre 15.000 y 16.000 fanegas anuales para alimentar a todos, mientras que a fines de la centuria la cifra superaba las 80.000 y a comienzos de la siguiente oscilaba entre 96.000 y 120.000 por año74.
  En definitiva, las fuentes consultadas permiten percibir la presencia de agricultura en las UP ganaderas y de ganadería en las más agrícolas. Sería interesante profundizar más esta relación y el protagonismo de los cereales a partir de la interacción entre diferentes fuentes.

Conclusiones 
  Luego de analizar diferentes fuentes (Acuerdos y Archivos Capitulares, Sucesiones, Padrones rurales), se han alcanzado algunas conclusiones provisionales en lo que respecta a las prácticas y formas productivas de la primera mitad del Siglo XVIII:
El ganado vacuno y las prácticas productivas en torno al mismo fueron sufriendo transformaciones a lo largo de este recorte: a) la caza condujo progresivamente a la extinción del cimarrón; b) a partir de ello se consolidaron otras formas de aprovechar los derivados de estos animales: las recogidas de ganado y las estancias cría; c) se configuraron diferentes tipos de recogidas: las de alzados para repoblar estancias (Banda Occidental) y las destinadas a faenar o a ‘‘importar’’ cimarrones (Banda Oriental).
El Cabildo, sus funcionarios y vecinos designados intervenían activamente en problemáticas vinculadas a las vaquerías, redistribución de los animales recogidos, control de licencias, marcas y señales, permisos o prohibiciones para las distintas faenas, abasto de carne, etc.
 Las estancias bonaerenses se concentraron fundamentalmente en dos tipos de ganado: vacuno y mular. Los mismos respondían a diversos intereses mercantiles: cueros (mercado exterior), grasa, sebo y carne (mercado local y transacciones regionales), animales en pie (para abastecer de carne a los mercados del Norte minero, y de mulas para los trabajos en las explotaciones argentíferas).
Dentro de los ‘‘hacendados’’ (en cuanto propietarios de ganado, en cualquier medida), existieron realidades dispares: había desde grandes propietarios y terratenientes (los menos) y un importante sector de medianos y pequeños propietarios (pastores y labradores).
Un porcentaje considerable de las UP que contaba con ganados diversificaban sus stocks por las razones económicas y explicadas, indistintamente de si se trataba de terratenientes estancieros o campesinos de poca monta.
La mayoría de los establecimientos analizados presentaban una producción ‘‘mixta’’, en el sentido de que complementaban, con mayor pesos de la ganadería, a esta última con la agricultura, fundamentalmente del cereal (vista a través de los utensilios y las fanegas de trigo).
La producción agrícola parecía ser, al menos teniendo en cuenta los datos elaborados más los brindados por el Cabildo y los diezmos de 1724 y 1738, bastante importante, casi exclusivamente para el consumo local.

Notas
1 CONI, E. (1979). Las vaquerías en el Río de la Plata. Buenos Aires, Platero, p. 24.
2 WEDOVOY, E. (1990). La estancia argentina. Explotación capitalista o bárbara. Buenos Aires, Mimeo, p. 29.
3 MAYO, C. (2004). Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Buenos Aires, Biblos, p. 39.
4 HALPERÍN DONGHI, T. (2010). Historia contemporánea de América Latina. Buenos Aires, Alianza, p. 41.
5 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense 1700-1830. Buenos Aires, De la flor, p. 39.
6 Se hace referencia a las expediciones de caza organizadas por las autoridades y los vecinos para salir a buscar vacunos cimarrones, cazarlos y extraer recursos fundamentales como el cuero (pieza principal de la faena, por su importancia para la exportación), sebo, grade y carne para el abasto local.
7 MAYO, C. Op. Cit., p. 48.
8 MAYO, C. Op. Cit., pp. 40-43.
9 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 131.
10 GONZÁLEZ LEBRERO, R. (1993). ‘‘Chacras y estancias en Buenos Aires a comienzos del siglo XVII’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata colonial. Los establecimientos productivos (II), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 71-87.
11 HALPERÍN DONGHI, T. (1993). ‘‘Una estancia en la campaña de Buenos Aires, Fontezuela, 1753-1809’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata colonial. Los establecimientos productivos (I), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 45-65.
12 GARAVAGLIA, J. C. (1999). Op. Cit., pp. 216-218.
13 Ibídem, pp. 123-175.
14 PELOZATTO REILLY, M. L. (2015). ‘‘El Cabildo, los vecinos y la utilización de ‘la otra banda’ como territorio alternativo en la economía rural colonial. Buenos Aires y Santa Fe durante la extinción del ganado cimarrón y las vaquerías tradicionales (1720-1750)’’, en Estudios Históricos, Centro de Documentación Histórica del Río de la Plata y Brasil ‘‘Dr. Walter Rela’’, Año VII, Nº 14, p. 8.
15 Los ganados orejanos, es decir, aquellos que eran jóvenes y no estaban marcados (en teoría no debían estarlo) eran repartidos proporcionalmente entre los vecinos. Por ejemplo, 40 crías a un criador que tuviera 4 vacas con su marca. Vale aclarar que los repartimientos no eran exactos.
16 PÉREZ, O. (1996). ‘‘Tipos de producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La estancia de alzados’’. En: AZCUY AMEGHINO, Eduardo (Director). Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, p. 152.
17 Se recomienda para ampliar sobre este tema ver el trabajo de Osvaldo Pérez (1996). ‘‘Tipos de producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La estancia de alzados’’, en AZCUY AMEGHINO, Eduardo (Director). Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial’’. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, pp. 151-184.
18 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-3, f. 302.
19 Ibídem, f. 302b.
20 Ver PELOZATTO REILLY, M. L. (2015). ‘‘Recogidas de ganado y repoblamiento de estancias en el contexto local bonaerense: el rol de un vecino hacendado de La Matanza durante las primeras décadas del siglo XVIII’’, en Carta Informativa XXXVIII de la Junta de Estudios Históricos del Partido de La Matanza, 26 págs.
21 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-3, f. 303.
22 Ibídem, fols. 304-304b.
23 Ibídem, f. 305b.
24 AGN, Sala IX, Archivo del Cabildo, 19-2-2.
25 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 76.
26 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 39.
27 Ibídem, p. 216.
28 FRADKIN, R. (2000). ‘‘El mundo rural colonial’’, en TARDETER, E. (Director). Nueva Historia Argentina. Tomo II: la sociedad colonial, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 270-271.
29 GARAVAGLIA, Juan Carlos. Op. Cit., pp. 216-217.
30 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 620.
31 Ibídem, p. 608.
32 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VI, p. 659.
33 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VIII, p. 136.
34 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 139.
35 AGN, Sala IX, AC, 1747-1750, 19-2-3.
36 Ibídem, pp. 188-188b.
37 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 216.
38 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 686.
39 Ibídem, p. 696.
40 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, pp. 45, 67 y 70.
41 GONZÁLEZ LEBRERO, R. Op. Cit., pp. 72-81.
42 AZCUY AMEGHINO, E. (1995). El latifundio y la gran propiedad colonial rioplatense, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro; FRADKIN, R. y GARAVAGLIA, J. C. (2009). La Argentina colonial. El Río de la Plata entre los siglos XVI y XIX, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 45.
43 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8122, Sucesión de don Miguel de Riblos (1727), pp. 12-15.
44 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de don Lorenzo Rodríguez (1745), pp. 6-7.
45 ANH, Documentos para la Historia Argentina, Tomo X, Padrones de la Ciudad y campaña de Buenos Aires (1726-1810), Padrón de 1738, p. 315.
46 Ibídem, p. 317.
47 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 701.
48 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5671, Tasación de bienes de don Joseph de Esquivel (1744), pp. 21-22.
49 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 302.
50 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 708.
51 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 289.
52 Ibídem, pp. 292-293.
53 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 218.
54 PAZ, G. (1999). ‘‘A la sombra del Perú: mulas, repartos y negocios en el Norte Argentino a fines de la colonia’’, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ‘’Dr. Emilio Ravignani’’, Tercera Serie, Nº 20, p. 45.
55 Ídem.
56 Ibídem, p. 46.
57 Ibídem, p. 47.
58 Ibídem, p. 48.
59 ASSADOURIAN, C. (1982). Op. Cit., p. 42.
60 MAZZANTI, D. y QUINTANA, C. (2010). ‘‘Estrategias de subsistencia de las jefaturas indígenas del Siglo XVIII. Zoo arqueología de la localidad arqueológica Amalia (Tandilia Oriental) ’’, en Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXV, Buenos Aires, p. 144.
61 GARAVAGLIA, J. C. Op. Cit., p. 176.
62 GARAVAGLIA, J. C. (1993). ‘‘Las ‘estancias’ de la campaña de Buenos Aires. Los medios de producción (1750-1850) ’’, en FRADKIN, R. (Compilador). La historia agraria del Río de la Plata colonial. Los establecimientos productivos (II), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, pp. 124-134.
63 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5337, Sucesión de don Francisco Casco, p. 5.
64 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5671, Sucesión de don Joseph de Esquivel (1744), pp. 12b-13.
65 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de don Lorenzo Rodríguez (1745), pp. 3-7.
66 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 307.
67 Ibídem, p. 310.
68 Ibídem, p. 312.
69 Ibídem, p. 313.
70 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 672.
71 Ibídem, p. 674.
72 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Sucesión de Juan Manuel Arce (1734), pp. 11-14.
73 AGN, Tribunales, Sucesiones, 5336, Sucesión del Capitán Francisco Cordero (1746), pp. 17-18.
74 GARAVAGLIA, J. C. (1991). ‘‘El pan de cada día: el mercado del trigo en Buenos Aires, 1700- 1820’’, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ‘‘Dr. Emilio Ravignani’’, Tercera Serie, Nº 4, p. 9.
75 Ibídem, p. 10.


jueves, 7 de septiembre de 2017

‘‘El Rey ha muerto, viva el Rey’’: un estudio general de las celebraciones de exequias y aclamaciones Reales en las villas de Lima, Buenos Aires y Santa Fe, en III Encuentro de Investigación ''Rogelio C. Paredes'', Universidad de Morón, 14 de noviembre de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/19468729/_El_Rey_ha_muerto_viva_el_Rey_un_estudio_general_de_las_celebraciones_de_exequias_y_aclamaciones_Reales_en_las_villas_de_Lima_Buenos_Aires_y_Santa_Fe_en_III_Encuentro_de_Investigaci%C3%B3n_Rogelio_C._Paredes_Universidad_de_Mor%C3%B3n_14_de_noviembre_de_2015

Introducción 
  En esta ponencia analizaremos las costumbres fúnebres de la Monarquía española, relacionadas a la persona del Rey, y las prácticas sociales que suscitaron en sus dominios a través de las exequias de los reyes Carlos II Habsburgo y Felipe V de Borbón, en 1700 y 1746, respectivamente. Para reforzar nuestro análisis de las exequias reales en la América española, haremos un estudio comparativo entre la ciudad capital del Virreinato del Perú, es decir Lima, y las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe. En este sentido, examinaremos el papel que tiene la villa en la organización ceremonial. En un siglo como fue el XVIII, donde el avance del Absolutismo situó a la figura Real en el centro de la organización estatal, la muerte convirtió un problema natural (el fin de una vida) en un problema de Estado (de legitimidad). El principal inconveniente que enfrentaron las dinastías españolas (Habsburgo primero y Borbón después) fue la unión, en la persona del Rey, de numerosos reinos con pretensiones no convergentes. La muerte del Monarca fue una oportunidad para reforzar la dignidad de la investidura real, buscando la unión de todos los reinos en el marco de una única ceremonia. Hemos de aclarar que la dignidad real no muere, sino que sigue viviendo a través del difunto y de su heredero. La muerte del Soberano, entonces, y como todas las muertes de la Cristiandad europea, estaba rodeada de un ritual. Al morir, los siguientes pasos debían cumplirse para llevar a buen término la costumbre: exposición de la persona real durante un tiempo determinado; la procesión y la pompa fúnebre hacia el lugar de descanso; la inhumación y, finalmente, el duelo. ‘‘El rey no muere. Inmediatamente después de su último suspiro era expuesto como viviente, en una habitación donde se preparaba un banquete, con todos los atributos de su poder de vivo. La conservación de la apariencia de vida era necesaria a la verosimilitud de esta ficción, como la detención de la descomposición era físicamente impuesta por la longitud de las ceremonias’’.1 Correspondía al heredero suplir a la persona real durante este período de transición, llegando a realizar incluso las actividades cotidianas en nombre del difunto (comer, beber, dormir). Podríamos decir que se representaba una parodia, donde el ser al que todos ya consideraban muerto no era un cadáver, sino un transido. Alguien que ha abandonado la vida, pero que todavía no ha dejado el mundo. El cuerpo, centro de todas las miradas, no estaba totalmente muerto hasta que se ocultaba dentro de un ataúd. La negativa a ver el cuerpo muerto no era rechazo de la individualidad física, sino rechazo de la muerte carnal del cuerpo2.
  Los símbolos reales (cetro y corona), la representación de la muerte (arte macabro), la memoria (la Fama real) y la persona del Rey (la urna, el retrato o el estandarte) predominaban en el sistema simbólico creado para las ceremonias. La construcción de grandes obras de arquitectura efímera en las diversas ciudades del imperio español (desde la Península hasta América) se enmarcó dentro de un doble juego de demostración de riqueza y de fidelidad, por un lado, y de exaltación del papel que esa villa tenía dentro de la organización espacial, por el otro. Las exequias reales tenían, además, otro motivo: el Rey debía ser visto en toda su gloria, incluso en la muerte. Ya durante el reinado de los Austrias, los reyes eran representados como vencedores ante la muerte (sacralizados en el mismo nivel que los héroes clásicos y la divinidad). En el caso de Buenos Aires y Santa Fe, la representación del Rey aparece reflejada fundamentalmente en el Real Estandarte. El mismo era encargado al Alférez Real cada vez que era renovado el cargo. En el marco de las celebraciones en honor a San Jerónimo era utilizado por el mismo funcionario, y en su ausencia se le otorgaba a otro, generalmente algún Regidor. El Alférez saliente debía devolverlo al Cabildo y pedir testimonio de su actuación en el cargo, y aparentemente se lo llevaba a su casa. También aparece con su portador en las procesiones de Semana Santa, costumbre que se suspendió desde 1700 en adelante3.
  En Buenos Aires, fue un elemento de fundamental importancia, sobre todo a partir de las marchas a caballo encabezadas por el Maestre de Campo, en el caso de las aclamaciones a Felipe V, Manuel de Prado Maldonado (24 perpetuo de Sevilla y Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata), los oficiales de la Real Hacienda, el contador don Miguel Castellanos y don Pedro Fernández de Castro y Velasco quien tenía el título de Caballero de la Orden de Santiago (tesorero), todos mentados a caballo, de gala y con toda la ostentación correspondientes. Éstos marchaban hacia la casa del Alférez Real, don Joseph de Arregui, donde se encontraba el Real Estandarte, ubicado sobre un ‘‘majestuoso trono’’, y debajo del mismo un dosel dedicado a la situación y acompañado de vistosas y costosas colgaduras. El mismo le fue entregado al Alcalde de Primer Voto, Capitán don Antonio Guerrero, y al Alguacil Mayor don Miguel de Obregón, quienes lo tomaron luego de hacer las reverencias debidas.
  En el momento de la recepción, el Alférez se hallaba a caballo y puesto a su derecha el Gobernador y al costado los ‘‘Cuatro Reyes de Armas’’, a quienes seguían todas las Compañías de Caballería, con dotaciones del Presidio hacia la Plaza Mayor. Allí se había formado un túmulo de 8 varas en cuadro y 2 de alto con 2 escalas más capaces, vestido con ricas alfombras y colgaduras. Las aclamaciones se hacían reiteradas veces con el Estandarte mientras todo el pueblo, a grito de ‘‘viva el Rey’’, estaba congregado en la Plaza. Todo esto acompañado de la exposición de armas por parte de las Compañías que escoltaban el túmulo, sonando a la vez las campañas de todas las iglesias4.
  En el caso de la Corte, la celebración era realizada a cargo de la Casa Real y de sus dependientes. Hacían uso del funcionariado de la Monarquía utilizando los recursos y los profesionales adscritos a la Cámara y las Obras Reales para el aprovisionamiento y la construcción del túmulo. La Capilla Real se preparaba para la realización de las misas pertinentes. Durante los reinados borbónicos, se buscó que el tesoro real bastase para el pago de toda la ceremonia. En el Río de la Plata, el Cabildo se encargaba de la organización y de las provisiones necesarias, ya sea para la construcción del arte efímero como de los animales y armas utilizadas: por ejemplo, en 1701 el Ayuntamiento santafesino se encargó de los gastos de todos los lutos correspondientes por Carlos II 5.
  Dentro del protocolo español había un orden establecido para llevar a cabo las diversas ceremonias, además de marcar los límites económicos y temporales que cada región tenía que cumplir tanto en las exequias como en las aclamaciones de los nuevos reyes. La Ordenanza que daba comienzo a las exequias era emitida por el nuevo Rey lo más rápido posible, para marcar una rápida transición del poder real de una persona a otra. Respecto a esto, el caso de las realizadas en honor a Carlos II en la Plaza de Santa Fe son bastante ilustrativas: el 23 de agosto de 1701 se dispusieron los actos; el 27 se doblarían las campanas; el 28 se informaría al pueblo mediante la publicación de un bando; el 5 de septiembre a la tarde debía cumplirse la vigilia; finalmente era la hora del cierre al día siguiente, con la misa y el sermón a cargo del Cura Vicario y otros prelados6.

El Cabildo ante la muerte del Rey
  En las ciudades españolas, tanto en la Península Ibérica como en las colonias americanas, las celebraciones dependían de varios factores: los deseos expresos del Rey, el rango de la villa en la organización territorial, la costumbre local y la influencia de un orden interesado en la celebración póstuma (como los Jesuitas en Zaragoza7 ). La costumbre dictaba un protocolo: comenzaba con la emisión de la Ordenanza Real que disponía el inicio de la ceremonia en honor al monarca difunto y los requisitos que debían seguirse junto con las costumbres ya establecidas.
  Entre el fallecimiento del Rey y la llegada de las Ordenanzas a lugares tan alejados como Lima o Manila podían pasar meses. Aun así, no se podía dar comienzo al ritual antes de que estas fueran leídas a los Cabildos en la plaza mayor de la ciudad. Una vez la Ordenanza estuviera leída y archivada, pregoneros públicos anunciaban la muerte del señor del reino a todos los vecinos y habitantes de la comarca.
 ‘‘La procesión del pregón era un ritual importante que trazaba y narraba la geografía del poder en la Lima colonial alrededor de la plaza. En ella, los vecinos notables, montados y lujosamente ataviados, acompañaban al pregonero real cuando anunciaba en voz alta en determinadas esquinas de la ciudad —siempre identificadas como las más principales o de más calidad— la futura ceremonia que se celebraría en Lima’’.8
  El Cabildo nombraba un comisario para que se encargara de supervisar los ritos fúnebres. Al comenzar las exequias se suspendían las actividades administrativas y se nombraba una Junta de Exequias conformada por vecinos ilustres, oficiales y miembros del gobierno local. Esta junta determinaba la fecha y el lugar de la ceremonia, aprobaba la elección de los comisarios y decidía qué fondos se usarían para pagar por esta 9 . La primera medida del comisario de las exequias era encargar la representación real y el túmulo público. Los túmulos eran tradición antigua en la cultura española: instaurados por los Austrias Carlos V y Felipe II, y modificados por sus sucesores, los túmulos se convirtieron en el centro de la celebración de las exequias reales10.
  Estos eran estructuras en forma de torre de varios pisos (de 20 a 40 metros), decorados con una gran cantidad de velas, cirios y hachas para dar la sensación de estar observando una pira. En los diferentes pisos se podían ver imágenes de todo tipo: alegorías de las virtudes del rey, las armas de la realeza y de los reinos, arte macabro que representaba a la muerte (calaveras, huesos), y lienzos con pinturas de héroes y dioses clásicos como Atlas (que representaba las cargas del poder real) y Hércules (representando las pruebas superadas del Monarca).
  Sobre el túmulo, rematando la estructura, se encontraba una efigie dedicada normalmente a la muerte o a la Gracia Divina. En los túmulos más modernos podían existir referencias a la memoria y a la Historia para marcar la perduración del recuerdo del difunto luego de su muerte física.
‘‘(…) la iconografía, los emblemas, las alegorías, y los jeroglíficos utilizados en las fiestas cívicas solemnes fueron esenciales para el desarrollo de “hábitos mentales” en la lectura e interpretación de estos símbolos, que no sólo eran asequibles y legibles al público, sino que también cumplían una función didáctica en que las lecciones morales eran compartidas con el pueblo en general’’11.
  Hay que mencionar que, dentro de esta estructura, el cuerpo real (o el ataúd o urna que lo representaba) estaba situado en el segundo piso. Puede parecer casual, pero el mensaje que se quería dar con esto era la elevación del monarca por sobre los hombres comunes que le permitía acercarse a Dios. Toda esta parafernalia de adornos, símbolos y luces tenía como fin la glorificación máxima del Poder Real, grabando en las mentes de los súbditos que lo presenciaban un sentimiento a la vez de inferioridad, compasión y admiración hacia la Dignidad Regia. El arte barroco, con su ostentación, era ideal para conseguir este efecto. Una vez elegido el proyecto para el túmulo el comisario elegía la iglesia donde seria puesto, para llevar a cabo las misas por el alma del Rey.
  Una vez finalizada la ceremonia, el túmulo era desmontado y guardado para su uso posterior en algún otro funeral. En este contexto, tengamos en cuenta que mientras Lima recibía las noticias en el menor tiempo posible gracias a su situación de puerto importante y capital de Virreinato, la Gobernación de Buenos Aires era notificada con un retraso mayor y, en ocasiones, mediante fuentes de segunda mano (otras villas, barcos comerciales).
  Hacia el siglo XVIII, la villa de Lima era la comunidad predominante en el Perú y uno de los principales puertos del Imperio español. La primera situación con la que se enfrentaron los limeños fue la ausencia de la persona real (y por lo tanto, la imposibilidad de una ceremonia con cuerpo presente). Lo solucionaron recurriendo a los modelos que proponían las ciudades de Zaragoza y Sevilla, donde la arquitectura efímera se situaba en el centro de la ceremonia. Mediante este recurso, lograron plasmar los gustos estéticos de la época, representar su visión del mundo y hacer honor a la memoria histórica. ‘‘En el caso de las Indias, el problema de hacer presente y real al Rey fue un asunto bastante más complejo para los oficiales coloniales y las elites locales dado que el Rey nunca visitó el continente’’12.
  Como en Sevilla, el monumento fúnebre mostraba la unión de las armas del Rey y de Lima, los símbolos del reino (colores y heráldicas), los atributos del Poder Real ya mencionados y por último, la representación del Rey. La ciudad no reparaba en gastos para dejar asentada la presencia del Monarca y demostrar en todo momento el sometimiento y la lealtad de Lima hacia su Señor. Se buscaba asociar a la Dinastía española con el Perú, como herederos legítimos del Imperio Inca.
 ‘‘Debido a que, en el caso del Perú, el Rey “genuino” no fue nunca “producido como un original” sino más bien “re/producido”, su simulacrum —o copia para la cual no existe un original— convirtió al Rey español en un monarca hiperreal. Estas “re/presentaciones” del Rey fueron, sin embargo, siempre “auténticas” o verdaderas ya que, como el referente no fue nunca visto en Lima, el simulacro era verdadero por virtud de esta ausencia. ’’13.
   A pesar de que hablamos de un simulacro, nadie podía dudar de que en Lima el Rey estuviera sentado en su trono. Un retrato del difunto estaba situado en la Plaza Mayor, en lo alto de un teatro, sobre un trono escoltado por esculturas de bulto. La ceremonia comenzaba una vez el Alcalde más antiguo depositaba el retrato en el centro del estrado. Soldados y oficiales, con uniformes de luto, marchaban por la plaza llevando el Estandarte Real, simbolizando su fidelidad. En torno a ellos, los edificios centrales de la ciudad estaban enlutados con largos paños negros, y panegíricos que mostraban los acontecimientos importantes del reinado que terminaba. Sobre el luto, la vestimenta estaba íntimamente relacionada con el rango y el orden social: las lobas, largas túnicas de terciopelo de calidad, demostraban la importancia y el estatus de la persona que las vestía.
  A su vez, la Catedral limeña se aprestaba a preparar la maquinaria fúnebre para las varias misas en honor al Rey. La construcción de túmulos en Lima seguía los parámetros establecidos por los grandes arquitectos efímeros de la Península, gracias a que contaban con los modelos realizados en funerales especiales (como los de Luis XIV). El comisario nombrado en Lima para presidir la ceremonia por la muerte de Carlos II fue don Juan González de Santiago, oidor de la Real Audiencia; el Virrey ofreció cubrir los costos de la ceremonia a sus expensas, la cual se realizó entre el 26 y el 27 de Junio de ese año. La ceremonia realizada en 1701 14 en Lima en honor a la muerte de Carlos II significó algo nuevo: la muerte del último rey Habsburgo representó el fin de una época. La ciudad, según las fuentes que analiza Minguez Cornelles, se vistió de luto sin necesidad de bandos ni pregones; incluso la población indígena.
‘‘Representan también la muerte del imperio entendido como una unión de reinos y territorios bajo un mismo monarca. El heredero legal del rey fallecido y vencedor de la guerra, Felipe V, instaurará en el trono a la Casa de Borbón, y establecerá un imperio colonial subordinado a la metrópoli’’.15
   El maestro mayor de las Fabricas Reales se encargó de la planificación y construcción del túmulo, decisión tomada en base a su experiencia en la realización de tales obras. Se tomó la decisión de representar a la ciudad de Lima junto con Madrid y las “cuatro partes del mundo”; estatuas distribuidas en todo el cuerpo evocaban a la Piedad, la Justicia, la Prudencia, la Templanza, la Paz, la Fortaleza y la Clemencia. El túmulo se elevaba un total de tres pisos y estaba rematado en su cima por una cúpula donde se posaba un Fénix resurgiendo de entre las llamas. La tumba real estaba situada en el primer cuerpo, elevada. ‘‘Sobre ella descansaba la almohada con el cetro, la corona, la espada y el collar del Toisón. Numerosos blandones y hacheros, y cuatro reyes de armas enlutados y alzados sobre pedestales escoltaban al féretro’’.16
  El fénix representa la inmortalidad de la Monarquía. Los príncipes se renuevan y la línea de descendencia monárquica presenta a los reyes como una única figura que se perpetúa a través del tiempo. “El Rey sobrevive al Rey” o “el Rey ha muerto, Viva el Rey”, según Kantorowicz17, se aplica igualmente al Soberano muerto sin hijos porque lo que se perpetúa es la institución monárquica, independiente de los avatares dinásticos. La carencia de un heredero y la temida guerra de sucesión marcaron el rumbo que tomaron las exequias de Carlos II en todo el Imperio. Las numerosas ceremonias que se celebraron tanto en España como en las colonias americanas transmitieron el pesar de los súbditos a través de jeroglíficos que invocaban los sufrimientos de la vida del Monarca, el triunfo de Carlos sobre la muerte (la eterna gloria) y la lealtad de España a su legítimo Gobernante.
  La subsiguiente coronación de Felipe V, primer rey Borbón de España, representó el inicio de la transición hacia una Monarquía moderna. En las fuentes de la época, los investigadores han señalado la persistencia de sentimientos pesimistas, quizá debidos a la incertidumbre consecuencia de la guerra civil española. ‘‘Los programas iconográficos de las exequias carolinas lloran al monarca fallecido, pero apenas hay referencias a la regeneración de la institución monárquica, pues es toda una dinastía la que ha fenecido en esta ocasión’’.18
  Quizá los autores de la arquitectura fúnebre limeña quisieron mantener la tradición de conectar al Rey con su futuro (o posible) sucesor. Una particularidad del túmulo limeño es señalada por Minguez Cornelles: ‘‘solo en el catafalco de Lima encontramos unas tímidas referencias a Felipe de Anjou, en absoluto comparable a los óbitos de los anteriores Austrias donde la referencia en el túmulo al hijo sucesor era inexcusable y reiterada.19
  Probablemente esperasen que la demostración de lealtad, en el caso de que Su Majestad ascendiese, tuviera recompensa. También es posible que la costumbre de mostrar a la Monarquía como un todo continuo estuviese tan arraigada que no podían dejar vacío el espacio designado para el heredero.
  La primera idea podría ser la más acertada, si seguimos el análisis que hace Carmen Ruiz de Pardo, de los lienzos catalogados como “Gobernantes del Perú”.20 En esta serie de retratos, catorce gobernantes Incas son seguidos por los Reyes españoles desde Carlos V a Fernando VI, como si se tratase de afiliar la Monarquía española con la historia local. Ruiz describe un cuadro en el cual aparece Felipe V, primero de los borbones.
‘‘El cuadro en la parte superior tiene a Cristo en su carácter de -Rey de reyes y señor de señores- (sic) ante los monarcas del lienzo; en la derecha superior se encuentra la Coya o mujer de Manco Cápac y a un lado, el escudo español con el león y el castillo alternados y al otro, el escudo inca con el otorongo, las serpientes coronadas sosteniendo un arco iris y una maskapaicha inca superior’’.21
  Ya mencionamos la importancia del retrato en las ceremonias coloniales. Una vez que la imagen del Rey era colocado en el trono, la Plaza de Lima cobraba vida: tenía una capacidad para casi ocho mil personas y suficiente espacio como para celebrar un desfile militar. La acumulación de gente, nos dice Ruiz de Pardo, llegaba hasta la Catedral. La celebración era acompañada con salvas de artillería y el redoble de las campanas, sonoro trasfondo a un tumulto de observadores vestidos de luto. Todo estaba preparado para reforzar el vasallaje de la villa hacia el señor.
  En el siglo XVIII, el séquito que escoltaba al difunto tenía pautas establecidas por la costumbre y por el rango. Las primeras exigían el acompañamiento de clérigos especializados en el ritual funerario, principalmente miembros de las órdenes mendicantes (agustinos, carmelitas, dominicos o franciscanos) que llevarían los cirios y los emblemas sagrados. La iluminación del cortejo se debía a dos motivos: primero porque el fuego simbolizaba la resurrección; y segundo porque se realizaba cerca de la caída de la noche. El equipamiento de cirios, antorchas y otros objetos era una oportunidad más para demostrar la riqueza y el poder del fallecido. Los sacerdotes eran seguidos por huérfanos y pobres, a los que se les darían vestidos con los colores del difunto y antorchas. Por último, y sobre todo en España, donde esta costumbre perduró más tiempo, irían las plañideras (mujeres que sollozarían y sufrirían por el difunto).
  Al no contar con un cuerpo, las ceremonias realizadas en las colonias americanas estaban organizadas en torno a desfiles militares. Los regimientos profesionales y las milicias (incluso los cuerpos indígenas) vestían sus colores y portaban banderas y estandartes de su compañía, de la villa y de la monarquía. En este contexto, el Estandarte Real era el simulacro del cuerpo en el ataúd: transitaba por la ciudad hasta el lugar del “entierro”, donde se realizaba la misa y se finalizaban las exequias. El papel de cada individuo dentro de esa procesión, y los aportes materiales hechos a ella, marcaban la importancia dentro de la jerarquía colonial.
  En 1746, Lima se volvió a enlutar como consecuencia de la muerte de Felipe V. El nuevo túmulo se asemejó a aquel que hemos descrito para Carlos II haciendo hincapié en la unión de los escudos de Castilla y Lima así como en los adornos del catafalco real. Sin embargo, apareció un nuevo motivo que domina la arquitectura efímera del monarca Borbón: la flor de lis fue añadida a la decoración de la estructura, tallada en columnas y bordada en lienzos.



El duelo 
  A la persona real se le debía un momento de recuerdo, pero lo cierto es que la sociedad del siglo XVIII estaba tan familiarizada con la muerte, que el duelo es delimitado a una mínima duración (Ver Anexo). Las autoridades morales llegaron incluso a expresarse en esto, reglamentando la duración y las prácticas adecuadas para el momento del duelo. Dentro del ritual fúnebre, el duelo era la parte menos indispensable para la sociedad. Era un momento sensible que, en la conciencia del siglo XVIII, podía hacer más mal que bien a la imagen del difunto y de los supervivientes. Ciertamente, demostrar grandes emociones por la muerte de un familiar no estaba bien contemplado por la sociedad, mucho menos si se trataba de sufrientes que estaban en una posición de poder, o que, como el heredero, encarnaban en su persona la imagen del Estado. Pensemos, además, que la ceremonia de las exequias reales debía ser seguida lo más rápidamente posible por la coronación del nuevo rey. Ciertamente, no hay mucho tiempo para sufrir por la partida del señor.
  Siendo el caso de los reyes el festejo de un duelo nacional, las grandes fiestas españolas no podían quedar fuera de las prácticas sociales. Se llevaba a cabo un juego de contradicciones22 que hacían converger la repulsión y la risa en un mismo contexto espectacular. La violencia y la sangre se combinaban con la alegría en las fiestas nacionales por excelencia: las corridas de toros. En Hispanoamérica, las corridas de toros se practicaron a la par que en la Península, siendo muy importantes las realizadas en la Plaza de toros de Acho, en Lima.
‘‘La España romántica, por decirlo sin ambages, era también el país de la muerte: un país violento poblado de bandoleros y facinerosos, atrasado, inculto, fanático, sanguinario y cruel. Una nación, no se olvide, en la que hasta la más bella hembra  llevaba una navaja en la liga para hundirla en el pecho del entrometido o del desleal a la primera ocasión. Una comunidad que no concebía divertirse sin derramar sangre a raudales, sangre de animales —en especial toros y caballos — pero también sangre humana. La propia «fiesta nacional» era el epítome de todo ello y fascinaba y horrorizaba a partes iguales’’.23
  Respecto a estas prácticas, existen diferencias entre las plazas de Santa Fe y Buenos Aires. En el primer caso, se realizaron anualmente al menos desde 1595, en el marco de las celebraciones por el Santo Patrono, junto a los juegos de cañas24. Recién en 1709 aparecen como posibles en el marco de una fiesta diferente: el nacimiento del Príncipe25 . En cuanto a su organización, un año más tarde se mencionaba que el encargado de conseguirlos para la fiesta de San Jerónimo era el Alcalde Provincial, en ese entonces Antonio Márquez Montiel26. Asimismo, parece ser que la práctica festiva en cuestión estaba en relación normalmente con actividades productivas: el abasto local y las recogidas de ganado. Esto puede verse con casos como cuando en 1710, ante la falta de sustento para la población se decidió usar la carne de los toros muertos en la pista para alimentar a la gente; o cuando en 1749 el Alcalde de la Hermandad de Los Arroyos, Juan Gómez, dio razón que debido a la sequía no había toros ni caballos para recoger, ante lo cual se suspendieron las corridas en honor al Patrón27.
  Durante el Siglo de Oro, los temas del dolor, el martirio y la crueldad fueron puestos en el centro de un gran número de obras. Las producciones de Garcilaso y el Greco, entre otros marcan el estilo de la época; Goya realizó importantes obras con temas macabros en los siglos XVIII y XIX respondiendo a la estilística barroca tardía, luego al Neoclasicismo de finales del siglo XVIII, adoptando el rococó durante su estancia como pintor en la manufactura Real de Santa Bárbara (encargada de la fabricación de objetos de lujo).

El modelo Barroco 
  Veamos brevemente la importancia que el Barroco tuvo en los siglos XVII y XVIII, donde se mantuvo como el paradigma artístico a elegir en el momento de las celebraciones del ciclo vital monárquico (nacimiento, bautismo, coronación, defunción). Apoyó el discurso legitimador de la dinastía como centro del Estado, y benefició a aquellos que se mostraron como sus representantes y vasallos en el Imperio. La simbología artística respondía a la necesidad de mostrar al Rey como algo sagrado, acercando la Corona a Dios.
  Esto respondía a una intencionalidad clara por parte de los poderosos, en cuanto a que las celebraciones majestuosas eran oportunidades de reforzar el pacto de dominación en cada una de las coronas que componían el Imperio. Durante las exequias de Felipe IV (1665), la utilización de la iconografía mitológica, pagana y religiosa se aglutinó en el valor estético y ético del Barroco, tanto en Sevilla como en Lima.
‘‘La centralidad de la figura del Rey en las ceremonias limeñas parece no haber
sido igualada en otras ciudades americanas. Debido a que el virrey no estuvo nunca
presente durante las ceremonias reales del siglo diecisiete en Lima, es muy
probable que rituales tales como las proclamaciones y las exequias reales puedan
haber sido más importantes para la legitimación del poder colonial que las entradas
virreinales que iniciaban el nuevo gobierno del alter ego del Rey’’28.
  Un ejemplo de esta lógica, aunque con características diferentes es representado por las aclamaciones, como la realizada en honor a Fernando VI en la Ciudad de Santa Fe en enero de 1748, y dentro de la cual se realizaron 2 comedias y 4 días de toros, junto con la iluminación de las calles para el paseo29. Como se verá al final, en el caso de Buenos Aires esta representación fue mucho más compleja y ostentosa. En este contexto, el Cabildo, tanto en Santa Fe como en Buenos Aires, se ocupaba de los gastos, como cuando por ejemplo en 1702 los cabildantes santafesinos autorizaron el pago de 19 pesos correspondientes a media arroba de pólvora utilizada en la guardia y celebridad del Real Estandarte durante la aclamación de Felipe V 30.
  Sobre estos cimientos otorgados por las villas peninsulares, Lima construirá un estilo propio no solo en la arquitectura, sino también en lo literario. Fray Martin de León iniciará un género histórico-literario mediante los libros de exequias. Muchos de estos libros eran recopilados y presentados al monarca sucesor, bajo la denominación de “Parentación Real”31. No son pocos los historiadores que han hecho referencia a la utilidad de estos libros como fuentes para analizar la sociedad del período: en ellos podemos ver el protocolo seguido en la villa, se mencionan las autoridades que presidieron la ceremonia (con sus cargos, títulos y nombres) y dedican también un espacio a las instituciones militares, civiles y religiosas que habitan la ciudad al momento del pésame. Mencionemos también que hacia mediados del siglo XVIII (sobre todo después de las exequias de Fernando VI) la representación de la realeza se tornó más abstracta que durante el período de los Austrias, por lo que el cuerpo simbólico sentado en la Plaza fue reemplazado por el Real Pendón. Con la elección de este estilo, se buscó crear una ciudad absoluta32 en crecimiento bajo la visión del Rey. La difusión de este tipo de construcciones partía de la Plaza Mayor, donde se concentra el ceremonial de las fiestas.
  Antes de intentar una descripción más detallada, la cual aparece sobre todo en las aclamaciones rioplatenses, es preciso aclarar que desde 1700 (llegada al trono de Felipe V, y con él de una nueva Dinastía, la francesa de los Borbones), el carácter de las representaciones en los actos por la muerte y asunción del Rey también iría cambiando considerablemente. Esto puede apreciarse por primera vez, al menos en este caso, no con la aclamación del mismo Felipe, sino a partir del decenio de 1710, cuando comenzaron a celebrar 6 meses de luto y las mismas distinciones que para la muerte del Monarca en el caso de los fallecimientos de Delfines33. Ya en los lutos por la muerte del primer Borbón se hace más hincapié en celebrar las exequias con comités de religiosos y sermón, todo a costa de la Ciudad (según la Real Orden del 6 de mayo de 1745), así como también se dispuso como obligatorio el uso del traje de golilla por parte de los funcionarios34. Como se verá un poco más adelante, a partir de ese entonces las celebraciones exclamatorias (Fernando VI) tomarían un carácter y unas pompas bastante particulares y muy distintas a las que se realizaron en honor a su predecesor.

Anexo 
  Por último, nos proponemos la descripción de una fuente, a modo de ilustración y de comparación con las prácticas anteriores, las cuales ya fueron mencionadas. Se trata de un minucioso repaso hecho por el Cabildo de las honras por Fernando VI, el segundo de los Borbones españoles, allá por el año 1748.
  Antes que nada, se hizo mención del nuevo Monarca como ‘‘legítimo hijo, sucesor y heredero’’. Posteriormente a la misma, se dio comienzo a las celebraciones con el primer paso: el aviso de la muerte de Felipe V, la cual había tenido lugar casi 2 años antes, quedando de manifiesto el retraso que sufría Buenos Aires todavía en estas cuestiones.
  En segundo lugar, los cabildantes mandaron a romper bando para informar el pueblo, como se acostumbró siempre, más allá de la Dinastía que ocupara el trono. Podría decirse que es uno de los pocos elementos inmóviles a lo largo del período.
  Le sigue la descripción de la elaboración de todo lo que es la arquitectura efímera: 4 columnas con elevación, con la Corona en el centro, despojos de la Parca en la cornisa, hachones a los costados del armatoste en representación de lágrimas, en el centro una imagen del Rey, simbolizando la idea de que la memoria del Rey superaba al dolor de su propia muerte.
  Una vez formado el túmulo, se preparaban los clamores con los dobles de las campanas, cuando todas las iglesias emitían su música en señal de angustia.
  Como siguiendo el ritmo inaugurado por las campanas eclesiásticas, la artillería comenzaba a disparar de hora en hora, a modo de señalar la congregación que se venía. Una vez que comenzaban los disparos, procedían a reunirse los miembros del Cabildo Eclesiástico (Prelados) y los del Cabildo regular junto al Gobernador y Capitán General en compañía de las autoridades militares. Entre todos, daban comienzo a la vigilia, todo denominado bajo el nombre de ‘‘Triste Panteón’’.
  Luego de la vigilia, venía el Sacrificio de la Misa, llevada adelante por el Cura Vicario o algún prelado de importancia, más una congregación de músicos, todos vestidos de luto.
  Una vez finalizado el luto, los Alcaldes Ordinarios se dedicaban a disponer el Fausto Tribunal para la aclamación del nuevo Rey. Los 12 miembros de la Sala Capitular salían de sus casas presidiendo los maceros vestidos acompañando al Gobernador y la tropa militar de Dragones formados con espada en mano. Pasando por la casa del Alguacil Mayor de la Inquisición, don Francisco Rodríguez de Vida (también Alcalde de Segundo Voto), se hizo éste cargo del Real Estandarte por la ausencia del Alférez Real.
  En este contexto, las calles se encontraban ya bellamente vestidas con tapices y ricas colgaduras, más flores de colores en representación de la Primavera. En cuanto al Real Estandarte, el mismo se encontraba en casa del mencionado Alcalde con guardia de Infantería sobre un riquísimo dosel. Además había cuadros que representaban, con distintos colores, las bulas y trofeos militares.
  A todo esto seguía la marcha con el Estandarte en manos del Alférez, acompañado del cuerpo de Dragones (caballeros con espadas), seguidos por los vecinos con sillas muy costosas bordadas en oro y plata, vestidos de ricas galas. En el centro la representación del Ayuntamiento, ubicado en el centro el Alférez, a su derecha el Gobernador y a la izquierda el Alcalde Primero. Este tumulto organizado, que muestra claramente la jerarquía social porteña de la época, terminaba en la Plaza Central.
  Una vez allí, los ya mencionados, junto con el Real Estandarte, subían al túmulo, con música de acordes como fondo. Esta era la aclamación, que iba seguida del regocijo del pueblo, y entre todos reconocían la obediencia al Estandarte (que simbolizaba a Fernando VI en este momento). Una vez aclamado el elemento, la artillería rompía con disparos y se pasaba a la exhibición de monedas del Perú con la imagen del nuevo Rey, lo cual habla de una diferencia en importancia de ambas ciudades, y de la relevancia que poseía la imagen de la persona Real.
  No es un dato menor que esta ceremonia fuese declarada por los mismos capitulares como la más grande hasta el momento. Al finalizar la misma, se condujo al Estandarte hacia una habitación bien adornada. Durante la primera noche, pertenecientes a la Compañía de Jesús, realizaban varias danzas en honor al nuevo Rey. Al día siguiente, se paseaba otra vez al símbolo Real, esta vez hacia la Catedral, donde un Padre jesuita realizaba las prédicas correspondientes, acto que era acompañado por el festejo del Santo Patrono, con Tedeum incluido.
  Las calles se encontraban iluminadas con velas y fuegos, a lo largo de todo el recorrido realizado por el ‘‘Rey’’, el cual era exhibido al pueblo mientras sonaban los cohetes y se realizaban juegos entre los vecinos. Todos aplaudían la retirada y se daba lugar al banquete que integraban todas las personas ilustres.
  La noche siguiente se dedicaba al ardor del castillo combatiendo contra navíos y galeras. Las cenizas resultantes representaban al Fénix, como si se tratara de una especie de reencarnación y continuidad Monárquica. Al otro día se montaba el Carro Triunfal, compuesto por delicadas pinturas, las armas reales ubicadas en la popa, y en la proa las de la Ciudad, mientras a los costados se colocaban los trofeos de guerra. Treinta hachas de cera y 6 faroles iluminaban todo el montaje, mientras el trono se lucía en la cima, todo al compás de un concierto musical. El mismo era tirado por 8 mulas del mismo color, y la guardia siempre con espada en mano y uniformado.
  Al otro día venía el turno de la Marcha Burlesca, acompañando con más de 400 hombres un carro, con representaciones del Rey y del Dios Baco. Adultos y niños hacían la procesión al grito de ‘‘Viva Fernando, viva María Bárbara’’. Esto demuestra no solamente una influencia cultural greco-latina, sino también como se asociaba al Monarca con las atribuciones de una Divinidad en particular, relacionada con la alegría y el placer.
  En cuanto a los juegos de cañas y sortijas, estos se realizaban en la Plaza ante la
mirada de las autoridades y vecinos ilustres. Cuatro cuadrillas de 12 integrantes
(Españoles, Moros, Turcos e Indios), todos bienes vestidos y en cada una de las
esquinas del espacio, empezaban las corridas de cañas, con el objetivo de encajar unas
15 veces la sortija y obtener la medalla que era concedida por el Alférez Real.
  Tras dos noches seguidas de comedias, venían 4 días de toros. Los animales eran costeados por el Cabildo y el Alférez por no haber fondos en ese momento, y, entre música y refresco general, ante la mirada del Gobernador y el Cabildo desde sus asientos especiales, comenzaba la matanza de animales en la plaza completamente cercada. Seguían 2 noches más de conciertos musicales, con bailes incluidos para toda la Nobleza, más danzas indígenas, comedias varias y regocijos, todo ante la presencia de los ‘‘Reyes’’, en esta última parte de las celebraciones representados con sus retratos, siempre bien adornados.

Bibliografía
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Notas
1 ARIÈS, Philippe, El hombre ante la muerte, Madrid, Taurus Ediciones, 1984, p. 300.
2 Ídem p. 148.
3 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 223-224b.
4 AGN, AECBA, Serie II, Tomo I, p. 91.
5 AGPSF, ACSF, Tomo VI, f. 285.
6 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 283-284b.
7 LORENTE, Juan y ALLO MANERO, Adelaida, “El estudio de las exequias reales de la Monarquía Hispana: siglos XVI, XVII y XVIII”, en: Artigrama, núm. 19, Zaragoza, 2004, 39- 94.
8 OSORIO, Alejandra, El Rey en Lima, Lima, IEP, 2004, p. 13.
9 Ibídem.
10 Considerados hoy en día como “arquitectura efímera”, los túmulos eran construidos rápidamente con materiales simples (madera y tela) pero con el objetivo de la suntuosidad y la demostración sentimental.
11 OSORIO, Alejandra, op.cit , p. 12.
12 Ídem, p. 8.
13 Ibídem.
14 La noticia llegó a la ciudad el 27 de abril de ese año, más de cinco meses después del hecho.
15 MINGUEZ CORNELLES, “Imperio y Muerte. Las exequias de Carlos II y el fin de la dinastía a ambas orillas del Atlántico”. En: Arte, poder e identidad en Iberoamérica. De los virreinatos a la construcción nacional, Castellón de la Plana, Universidad Jaime I, 2008, p. 17.
16 Ídem, p. 42.
17 KANTOROWICZ, Ernest, The King’s two bodies: a study in mediaeval political theology, Princeton, Princeton University Press, 1998.
18 Ídem, p. 17.
19 Ídem, p. 43.
20 RUIZ DE PARDO, Carmen, “La muerte privilegiada: reales exequias en Lima y Cuzco. Época Borbona”. En: Arte, poder e identidad en Iberoamérica. De los virreinatos a la construcción nacional, Castellón de la Plana, Universidad Jaime I, 2008, pp. 53-77.
21 Ídem, p. 54.
22 NUÑEZ FLORENCIO, Rafael, La muerte y lo macabro en la cultura española, Dendra Médica. Revista de Humanidades, Madrid, 2014, pp. 49-66.
23 Ibídem, p.55.
24 AGPSF, ACSF, Tomo II, Primera Serie, fols. 239-240.
25 AGPSF, ACSF, Tomo VII, fols. 5-6b.
26 Ibídem, fols. 39-40.
27 AGPSF, ACSF, Tomo XII ‘‘A’’, fols. 79-80.
28 Ibídem, p. 9.
29 AGPSF, ACSF, Tomo XI, fols. 411-412.
30 AGPSF, ACSF, Tomo VI, fols. 310-311.
31 RUIZ DE PARDO, Carmen, op.cit, p. 58.
32 ALVA, Mariela y GALLI, Agustina, “La Iglesia y su arquitectura en el siglo XVIII: el Barrio de Monserrat”, en: Arquitectura y Urbanismo: forma y contenidos en el Nuevo Continente. Siglos XVIII y XIX., Nº 199, Universidad de Belgrano, Buenos Aires, 2007. 
33 AGPSF, ACSF, Tomo VII, fols. 171-172b; 300-301; 345; Tomo IX, fols. 272-276.
34 AGPSF, ACSF, Tomo IX, fols. 403-404.
 


 

sábado, 1 de julio de 2017

''La mujer en el contexto rural colonial bonaerense. Diferentes roles y realidades sociales durante la primera mitad del siglo XVIII'', en V Jornadas de Historia de las Mujeres y Problemática de Género, Universidad de Morón, 23 y 24 de octubre de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/17288202/La_mujer_en_el_contexto_rural_colonial_bonaerense._Diferentes_roles_y_realidades_sociales_durante_la_primera_mitad_del_siglo_XVIII_en_V_Jornadas_de_Historia_de_las_Mujeres_y_Problem%C3%A1tica_de_G%C3%A9nero_Universidad_de_Mor%C3%B3n_23_y_24_de_octubre_de_2015

La mujer en el contexto rural colonial bonaerense. Diferentes roles y realidades sociales durante la primera mitad del siglo XVIII 
Mauro Luis Pelozatto Reilly1 

Resumen
  Lo que se buscar a través de este trabajo es caracterizar algunos aspectos de las
relaciones de género en la sociedad colonial de Buenos Aires a lo largo de la primera
mitad del siglo XVIII, a través de la aproximación a los diferentes roles que desempeñaron
y las realidades socioeconómicas de las mujeres en el contexto rural, tanto las
pertenecientes a los sectores acomodados pero sobre todo las de los grupos
subalternizados dentro de la misma sociedad del Antiguo Régimen. Lo que interesa
analizar son las diferentes funciones dentro de las actividades productivas y las relaciones
sociales y de trabajo dentro del espacio seleccionado. Se parte de la idea de que las
mismas fueron muy importantes para el Orden Colonial y sus funciones muy diversas, en
cuanto iban desde las producciones textiles hasta la cría de ganados, pasando por la
siembra y la cosecha de cereales. A su vez, se observará cómo las féminas tuvieron la
posibilidad de ascender socioeconómicamente (en el caso de las esclavas, mestizas,
mulatas, etc.) en una sociedad claramente patrilineal y estratificada, también marcada por
la división étnico-racial. Para eso se tendrán en cuenta mecanismos como el matrimonio,
buen desempeño laboral y relaciones interétnicas mediante el análisis de testimonios
extraídos del Cabildo de Buenos Aires y las descripciones y estadísticas que pueden
obtenerse a partir de los padrones rurales y los inventarios de las distintas unidades de

producción.

Introducción
  Las diferencias sociales se han estudiado desde diferentes enfoques para el período
colonial. El papel que uno tendría dentro de la sociedad estaba marcado, en primera
instancia, por el nacimiento y la familia. Ésta diferencia se hacía notar fundamentalmente
entre los grupos conocidos como ‘‘blancos’’ (españoles y criollos), los cuales serían
mayoría entre los sectores política y económicamente dominantes. A su vez, existían otros rasgos distintivos señalados por el color de la piel, la religión, el sexo (sociedad
patrilineal), los grupos culturales y la libertad jurídica (libres o esclavos).
 A partir de todos esos distintivos, lo que se plantea problematizar y analizar gira en torno
a: ¿cuál era el papel que les correspondía a las mujeres?, ¿qué importancia tenían en
esta sociedad claramente dominada por los hombres?, ¿qué grado de participación
socioeconómica se les concedía?, ¿qué situaciones vivían las esclavas, indígenas,
mestizas y demás integrantes de las castas en los procesos de producción rural y el
comercio? Esas y otras problemáticas, son tratadas mediante el análisis de las fuentes
aquí elegidas.
 Se ha tomado documentación perteneciente al Cabildo, por ser éste el principal órgano
político a nivel local, y por ser la misma una rica y variada para apreciar los problemas
sociales. Por otra parte, se ha recortado el análisis a la primera mitad del siglo XVIII por
ser lo suficientemente extenso como para poder ver las continuidades y las diferencias en
el papel que jugaban las mujeres de los distintos sectores sociales, y a su vez cómo
participaban dentro de una economía rural que atravesaba importantes transformaciones
en Buenos Aires y todo el Litoral.
 También se pondrán en juego las opiniones de diferentes especialistas, para luego
contrastarlas con las fuentes y algunos casos particulares. Éstos últimos se obtuvieron a
partir del análisis de los padrones de los años 1726, 1738 y 1744 (los únicos
pertenecientes a la primera mitad de la centuria), los cuales ofrecen datos como el estado
civil, la casta o grupo social perteneciente, ocupación, si se tenía o no propiedad sobre la
tierra, hijos, trabajos, ganados, etc. Además, éstos datos se pueden complementar bien
con algunas descripciones más precisas sacadas de las sucesiones (inventarios de
chacras y estancias, testamentarias, tasaciones de bienes, libros de cuentas, etc.).

Las mujeres de la sociedad colonial rioplatense: un repaso histórico regional 
  Antes de cualquier tipo de análisis o aproximación, resulta necesario tener en
consideración la división entre las mujeres que integraban los sectores más acomodados
de la sociedad colonial (familias de comerciantes, estancieros, funcionarios, etc.) y las de
los que se hallaban en condiciones de vida bastante menos favorecidas, en el caso que
nos toca fundamentalmente las pequeñas y medianas productoras rurales.
 Con respecto a éstas, su participación dentro de la economía, la familia y el trabajo
cambiaban según la región que se tome para la observación. Por ejemplo, Juan Carlos
Garavaglia y Raúl Fradkin, al estudiar el Paraguay desde la fundación, encontraron como
rol fundamental de las indígenas el funcionar como bienes de intercambio entre españoles
y guaraníes, más o menos de la siguiente manera: los ‘‘indios’’ les daban mujeres a los
peninsulares, lo cual éstos últimos recompensaban con regalos para los jefes. Además,
eran utilizadas como mano de obra en los hilados y la labranza de la tierra2. Esta función
femenina fue común en el mundo hispano colonial entre los siglos XVI-XVIII. En Córdoba,
para mencionar otro ejemplo regional, las nativas eran empleadas como fuerza de trabajo
dentro de las pequeñas parcelas que acumulaban los españoles mediante mercedes,
para la elaboración de ropa de algodón que los encomenderos recibían como tributo3.
Hasta el siglo XIX, las campesinas eran todavía reconocidas como ‘‘tejedoras’’, por su
desempeño como criadoras de ovejas, además de que lavaban la lana, hilaban, tejían y
teñían4.
 En la región pampeana, la más relevante para esta investigación, el sector femenino
tuvo un relevante papel, en la campaña, en diversos sentidos por su relación con los
‘‘indios infieles’’5: por un lado, se dedicaban a la elaboración de productos casi exclusivos
del género, como lo eran los ponchos, valiosos dentro de las redes de intercambios interétnicos, los cuales suponían un proceso lento y laborioso6; además, hay que destacar su lugar como cautivas desde ambas partes para obligar a la negociación entre ellas y el intercambio de diferentes productos como ropa, ganado, maíz, sobreros, mantas, ponchos, metales, etc.). Esta situación podría asimilarse en cierto sentido con la del Paraguay a comienzos de la Época Colonial, en cuanto las mujeres funcionaban como mecanismos de negociación entre ‘‘españoles’’ y naturales.
  Es importante destacar que los intercambios no implicaron solamente a nativos
americanos e hispano-criollos, sino que la región rioplatense así como también otros
puntos del Interior formaban parte de un amplísimo espacio económico que giraba en
torno al punto más rico y productivo de toda la jurisdicción del Virreinato del Perú: las
minas de plata del Potosí7. ‘‘Llamamos ‘espacio peruano’ a todo el inmenso territorio que
la minería altoperuana fue creando a su alrededor como polo de atracción ordenamiento
regional’’8. Por esa característica de la economía colonial, es vital no perder de vista a las
indígenas y trabajadoras rurales de las regiones que integraban dicho sistema económico,
ya que ‘‘cada una de las regiones fue especializándose progresivamente en una o dos
mercancías que tenían un precio competitivo en los mercados mineros’’9.
 Por eso último es que se las podía ver produciendo diferentes costas para tributar,
variando según el caso. Las descripciones pueden ser múltiples: en Santiago del Estero,
desde muy temprano hilaban algodón para los alpargateros y calceteros10; en Cuyo se
registró la existencia de ‘‘contratos’’ de trabajo entre mujeres y sus amos, como fue el
caso de la ‘‘india’’ Úrsula y el suyo, el capitán Jorge Gómez de Araujo: éste se
comprometía a darle ‘‘2 pesos de a 8 reales cada peso en plata, ropa, otros géneros para
el cobro y vestuario de su persona y sacar la bula de cruzada11 (…)’’, a cambio de lo cual
la muchacha debía brindar su servicio personal, ‘‘asistirle y servirle según está
obligada’’12. Las mujeres del Alto Perú, en donde la producción regional de alimentos y
bebidas era fundamental por su cercanía a las minas argentíferas, se destacaron en la producción y venta de chicha y coca, para a partir de eso traficar toda clase de productos
desde sus pequeñas tiendas y puestos callejeros, llegando en algunos casos a ahorrar el
metálico suficiente para invertir en solares y viviendas13.En el actual territorio de
Catamarca, se encontraban ocupadas en los tejidos de algodón que se consumían en
distintos puntos del interior y el Tucumán14.
  Todos estos ‘‘universos regionales’’ mencionados formaban parte del área de circulación
de productos textiles, en cuya elaboración las féminas tenían un papel muy relevante. Los
textiles se distinguían por una ‘‘división sexual del trabajo muy peculiar, en la cual las
mujeres hilaban y los hombres tejían’’15. Durante el siglo XVIII el poncho fue el más
difundido en cuanto involucraba a diferentes regiones para su elaboración y
comercialización: las plantaciones de algodón de las misiones jesuitas, los pueblos de
Cuyo y Tucumán donde se usaban lana y algodón, los centros de piezas más pequeñas
en San Luis y Córdoba, y la producción en telares de madera ‘‘a pala’’ con un acabado
mucho más detallado en manos de las campesinas santiagueñas. Todos éstos circulaban
por todo el espacio peruano, incluyendo hasta Chile y hasta el Río de la Plata16.
  En todo este contexto descripto, era común en las zonas rurales la ausencia de los
hombres por determinados períodos en donde migraban a otros lugares para ofrecer su
fuerza de trabajo o como integrantes de las milicias fronterizas, en los cuales sus esposas, madres, hijas y parientes quedaban a cargo de los quehaceres domésticos, la
siembra y la cosecha sobre la tierra y el cuidado de animales (principalmente mulares y
vacunos, aunque también ovinos como fuentes de carne y lana). ‘‘De ahí la enorme
importancia que tendría la jefatura femenina en los hogares campesinos, papel que llega
hasta nuestros días’’17. Se tratará más sobre estos puntos en el siguiente apartado.
 Muy distintas a las mujeres campesinas, estaban las señoras de la élite. Dentro de las
alianzas matrimoniales entre los privilegiados, eran un elemento fundamental para tejer
alianzas políticas y mercantiles. Además de ser llamadas ‘‘doñas’’, eran las principales
candidatas que se buscaban en el mercado matrimonial por obvias razones. De esta
forma, el matrimonio y la maternidad estaban ligados a un mandato social, cultural e
ideológico cuyo resultado era la subordinación femenina al mundo masculino’’18. Era lo
más normal que los estancieros, alcaldes y mercaderes de las ciudades buscaran casarse
con las descendientes de los colonizadores, con el objeto de salvaguardar el patrimonio
familiar, ser considera un vecino feudatario, y en algunos casos hasta para llegar a la
riqueza19. Solían buscar un buen casamiento para consolidar su status de vecinos y
emprender el ascenso social, y ya desde comienzos del siglo XVII se notaba el interés de
algunos de estos por llegar a la acumulación de varias mercedes de tierras a partir de
matrimonios20. Existen innumerables casos sobre ello: a comienzos del siglo XVIII, don
Joseph de Sosa (estanciero), contrajo matrimonio con Paula Casco de Mendoza, hija de
un hacendado criador de mulas y diezmero de Exaltación de la Cruz; a su vez Agustina,
otra de sus hijas, fue casada con Pablo Delgado, regidor del Cabildo de Buenos Aires21.
Puede verse el interés del hacendado en posicionar bien a sus hijas casándolas con estancieros o funcionarios públicos, al mismo tiempo que estos buscaban mantener su
posición y su patrimonio. Según Carlos Mayo, una característica de los estancieros en la
época colonial era la tendencia a casarse con mujeres del mismo estrato social,
preferentemente hijas de otros de su grupo22.
 Es importante resaltar la mentalidad de los hombres de la élite y de los estancieros:
estaban ‘‘imbuidos en una ideología señorial, cimentada en el poder de explotación de la
tierra y los hombres que la trabajaban propia del estrato nobiliario’’23. Para esa mentalidad,
en el Río de la Plata los sectores subalternizados representaban un elemento
fundamental en su papel de productores rurales en una economía basada principalmente
en la ganadería y la agricultura.

Las mujeres en las explotaciones agropecuarias
  Se ha elegido analizar el ámbito rural fundamentalmente porque hasta por lo menos bien
entrado el siglo XVIII el campo superaba en población y producción de recursos a las
ciudades, dedicadas más bien a los negocios y la residencia de la élite. Se intentará ver
qué importancia tuvieron las mujeres en los procesos de producción rural, y en qué
condiciones se involucraron.
  Durante los primeros años del siglo, en el Litoral predominaron como principal práctica
productiva, las vaquerías tradicionales24. Consistían en expediciones de caza organizadas
por el Cabildo de la ciudad y los vecinos, con el fin de extraer los cueros de los vacunos
que ‘‘vagaban por la campaña, y que prácticamente durante un siglo proveyeron gran
parte de los cueros exportados’’25. El organismo mencionado solía nombrar accioneros, es decir, propietarios matriculados, sobre este ganado para evitar su caza indiscriminada26,
aunque el sistema era en su naturaleza destructivo, ya que cazaba y no criaba al
vacuno27, lo cual llevó progresivamente a su extinción durante la primera mitad de la
centuria.
 El rol de las mujeres fue bastante diverso en torno a eso: en 1723 doña Gregoria de
Herrera presentó un pedimento de postura a la vaquería en nombre de su marido, lo cual
fue considerado por los cabildantes28; ese mismo año, doña Lucía Flores también lo hizo
por su marido Francisco Navarro29; doña Bárbara Casco de Mendoza, presentó una copia
del testamento de su esposo don Silverio Casco y las demás diligencias que se habían
ejecutado. El Cabildo aprobó dicha petición y la declaró como una de las accioneras del
cimarrón30. Se puede ver a algunas mujeres vinculadas con las vaquerías llegando a ser
nombradas como accioneras, aunque con la particularidad de que accedían como viudas
o con el testamento de sus maridos, lo que muestra la subordinación en relación a los
hombres, quienes aparecen ellos mismos como propietarios directos en la gran mayoría
de los casos.
 Con la extinción de las vaquerías en el margen occidental del Río de la Plata, fueron
consolidándose otras formas de explotación pecuaria como la cría de vacunos en las
estancias (las mismas habían nacido desde el siglo XVII para la cría de mulas destinadas
a los mercados del Norte31). Existen casos de mujeres dedicadas a la cría, y no solamente pequeñas cantidades: en 1723 se hizo mención de la posesión de 12 mil cabezas de
ganado por parte de doña Gregoria de Herrera32, lo cual hace pensar en que se trataba de
una gran propietaria; hacia fines de siglo doña Francisca López dejó 496 pesos en
arrendamientos a sus hijos, ‘‘varias haciendas de consideración’’, unas cuantas fanegas
de trigo y campesinos en diversos estados de dependencia33. A su vez, es posible
encontrarlas de otro nivel socioeconómico, como fueron Gregoria Gómez y la viuda de
Villalba fueron arrendatarias34. En 1744 se registraron 16 mujeres que trabajaban en
tierras ajenas, y 12 en propias, mientras que 34 vivían solas con sus hijos, 24 se
agregaron en casas de parientes y otras 8 adquirieron esclavos35. Ya en 1789, 87 mujeres
(distribuidas por los partidos de Areco, Pilar, Magdalena y Pergamino) conformaban el
8,5% del total de hacendados de, siendo la mayoría españolas y criollas viudas, además
de propietarias de ganado vacuno con marca propia, caballar y ovinos36. Datos como
éstos permiten subrayar que en el mundo rural rioplatense estaban lejos de ser un actor
pasivo, ya que se las encuentra cultivando la tierra, ordeñando, cuidando del ganado,
tejiendo e invirtiendo en diversos sectores de la economía37. Existía un contraste entre las
hacendadas y las trabajadoras rurales, muchas de las cuales laboraban en parcelas, o se
sumaban a las estancias como arrendatarias y agregadas, las cuales vivían en peores
condiciones. A partir de este marco general, resulta más interesante una descripción más
detallada de los diferentes sectores. 

Estancieras
  A partir del análisis de los padrones y algunos inventarios seleccionados, se puede ver claramente la existencia de mujeres que, ya sea por cuenta propia o como administradoras de los bienes pertenecientes a sus difuntos maridos, vivían sobre importantes tierras y cantidades poco despreciables de cabezas de ganado. Sin embargo, como puede notarse gracias a la siguiente estadística38, la gran mayoría de las explotaciones eran pertenecientes a hombres, y una porción mucho menor tenía como cabeza de unidad a las mujeres.
  Existen bastantes casos registrados al respecto, los cuales brindan algunos datos de
valor: registrada en 1726, doña Magdalena Pavón, del pago de Pesquería, vivía con un
hijo pequeño y tenía a otro de 25 años como agregado, siendo ella una estanciera de
aquel paraje. Por otro lado, tenía en su compañía a Cristóbal de Castros y sus dos hijos39.
Doña Ana de Saya, del mismo pueblo, vivía con sus dos hijos mayores de edad y también
estaban sentados sobre tierras de estancias40. Doña Juana Barragán, viuda que vivía con
sus 6 hijos, fue registrada como estanciera propietaria de sus tierras en Cañada de la
Cruz41. De estos ejemplos se desprenden algunos datos importantes: en primer lugar, la
utilización de la mano de obra familiar para las explotaciones de la estancia; en segundo
término, la existencia de mujeres propietarias de tierras de considerables dimensiones (ha
de suponerse por la descripción de las mismas); por último, la presencia de agregados y gente en compañía, junto con las estancieras y sus familias, lo cual habla de que había
campesinos en estado de dependencia junto a las mismas.
 Hablando de los identificados como ‘‘agregados’’, habría que decir que los mismos eran
campesinos que entraban en una relación de dependencia con el hacendado o productor
a través de una especie de contrato no escrito, es decir, basado fundamentalmente en la
‘‘fuerza de la costumbre’’. Simplificando, se trataba de un vínculo consuetudinario a partir
del cual el dueño de la tierra daba el derecho de usufructo sobre una parcela a cambio de
una contraprestación que se pagaba principalmente en trabajo42. A su vez, éstos
coexistieron con los esclavos y peones libres dentro de las explotaciones, siendo aún más
convenientes que éstos últimos para los empleadores, en el sentido de que no eran
asalariados. Supieron desempeñarse en las recogidas de ganado, las cosechas de trigo,
la labranza, entre otras cosas, e inclusive podían ser conchabados en algún otro
momento43.
 También había mujeres que contaban con esclavos entre sus haciendas. Doña Paula
Casco, empadronada en 1738 entre los pagos de Pesquería y Areco, tenía 4 esclavos y
‘‘crecidas haciendas’’44. Doña Francisca Torrillas, de Las Conchas, era viuda, vivía con sus
7 hijos y tenía un esclavo en sus tierras de estancia. En condiciones similares vivía su
vecina doña Francisca Flores, quien declaró ser asistida por sus hijos45. Josefa Martínez,
de Luján, tenía tierras de estancia, un hijo que la acompañaba, 3 esclavos y 2 peones,
uno español y el otro proveniente de Corrientes46. Juana Arias de Mansilla, del mismo
partido, era viuda, tenía 3 hijos y junto con ella vivían 8 agregados (un negro, dos negras
y Joseph de Malo, casado y con 3 hijos) y un mulato esclavo en su estancia47. En los
casos de todas aquellas hacendadas puede apreciarse bien claramente la coexistencia entre esclavos, agregados y mano de obra familiar, incluso dentro del mismo
establecimiento productivo y bajo la administración de mujeres reconocidas como vecinas
de Buenos Aires.
 Otro tema a tener en cuenta corresponde a las actividades productivas que
encabezaban estas mujeres registradas como ‘‘estancieras’’. Por lo que parece, la
mayoría estaba vinculada a la explotación pecuaria, aunque no descartamos la presencia
de prácticas agrícolas en los establecimientos. Por ejemplo, Lucía Barragán, vecina de
Magdalena, fue empadronada únicamente junto a una nieta soltera, aunque tenía 300
vacas, 200 yeguas y era propietaria de la estancia, con casa de ladrillo de dos tirantes 48.
Clara Márquez, del mismo paraje, aparentemente era una gran hacendada: contaba con
un mulato y un agregado, 1000 vacas, 400 ovejas, y vivía en casa de adobe y tejas49.
Doña Martina de Luola, también en Magdalena, vivía con su hijo y un sobrino, pero
además disponía de 5 esclavos (una mulata), 50 vacas, 1000 yeguas y vivía en casa de
adoba y tejas de 5 tirantes50. Las fuentes anteriormente citadas ilustran una realidad más
que llamativa: los importantes planteles de ganado que estaban bajo propiedad y
usufructo de éstas mujeres reconocidas como cabeza de familia.
 Asimismo, hay que resaltar la variedad de ganado que tenían y con el cual producían
diversos efectos para distintos mercados. Como bien dice Garavaglia, desde comienzos
del siglo XVIII se presentaban distintas posibilidades en el mercado para los productores
pecuarios: por un lado estaba el abasto de carne local, las faenas para hacer grasa, sebo
y cueros (principal producto rural de exportación), y también los envíos de ganados en pie
(vacunos y mulares) hacia diferentes regiones51. Estas distintas alternativas mercantiles
para la ganadería pueden percibirse a partir de los animales registrados en las unidades
productivas que administraban estas mujeres, tanto desde los padrones como en inventarios y tasaciones. Por ejemplo, doña Damiana de Alba contaba con huertas,
parrales, higueras, frutales pequeños, membrillos, plantas de duraznos, ganados, olivos,
un negro de 350 pesos, una mulatilla de 300, una negra de 50 años y su hija casada con
otro negro que se había comprado con su plata, medialunas de hierro, hachas, martillos,
lienzos y palas52. La mujer de Raimundo Pérez tenía 100 varas de tierras, otras 100 en
Cañada de la Cruz, 20 yeguas a 2 reales cada una, 6 hoces, una carretilla, cavados de
hierro, martillos, etc.53. En su testamento, doña María Ayala dejó registrados un carretón y
varias carretas, 12 bueyes, 166 terneras, 361 vacunos, 50 yeguas, 28 potrancas, un yerro
de herrar, tierras de estancia, casa de adobe y paja, cajas, frasqueras, tachos, ollas,
azadones, una negra de 14 años y un negro de 12 y algunas mesas54. Los casos de
aquellas tres mujeres no eran nada extraño en su época, y sirven para pensar que en las
unidades productivas que pueden llegar a reconocerse como ‘‘estancias’’ se criaban
distintos tipos de ganados, había esclavos, y se complementaba a la ganadería con otras
actividades productivas, como por ejemplo la recolección de frutales y la producción
agrícola. Esto último puede notarse gracias a la aparición de bueyes, carretas y otros
elementos característicos de dicha rama de la economía rural (hoces, rastrillos, azadones,
tachos, etc.). Además, no debería descartarse en absoluto que estas mujeres utilizaran
sus carretas y carretones para dedicarse al comercio local y regional.
 En conclusión, se encontraron mujeres al frente de importantes unidades productivas,
las cuales complementaban la ganadería con la agricultura, y con importantes variantes
en la primera (cría de vacunos, yeguas, mulas, ovinos, caballos, etc.), además de que
probablemente algunas de ellas también ejercieran prácticas mercantiles con sus
carretas. Asimismo, dentro de sus tierras, supieron tener distintos trabajadores y
campesinos dependientes, desde esclavos hasta peones, pasando por agregados y gente
‘‘en su compañía’’, todas las formas siempre por debajo, en importancia, de la mano de
obra familiar (prácticamente omnipresente).

Pequeñas y medianas productoras
 Por debajo en la consideración social y en las condiciones materiales de vida, e
interactuando con las estancieras y grandes hacendadas, había otras mujeres que
también eran muy importantes, fundamentalmente por su producción para el mercado
local y como fuerza de trabajo disponible. Se ha englobado a las mismas como
‘‘pequeñas y medianas productoras’’, denominación que puede discutirse, pero que ayuda
a simplificar el análisis, ya que dentro de dicho grupo existieron casos diversos.
 Estaban aquellas que se dedicaban a producir en sus pequeñas parcelas, ya fuesen
específicamente de su propiedad o no, básicamente para poder subsistir. Doña Isabel
Barragán, de Cañada de la Cruz, vivía aparentemente sola y de la cría de algunos
animales56. En la misma situación aparece registrada doña Ana de Molina57. Dominga de
Sayas, de Pesquería, vivía sola con sus 3 hijos y algunas cabezas de ganado58. Pascuala
Rivero, de Areco, estaba sola y vivía de la cría de algunos animales59. En estos casos, las mujeres se basaban exclusivamente en la mano de obra familiar, y sólo contaban con
algunas o pocas cabezas de ganado, lo cual deja pocas posibilidades en torno a su
situación económica: bien podían criar animales para alimentarse, o bien podían destinar
algunos géneros al mercado local.
 A su vez, había otras que poseían planteles de ganado más considerables, las cuales
podrían ser catalogadas como ‘‘medianas productoras’’. Isabel Roldán, de Arrecifes,
poseía un rancho, estaba establecida en tierras ajenas y contaba con 100 vacas y
algunas ovejas. Dominga Aguirre estaba en la misma condición y contaba con 50 yeguas
de cría y 100 ovinos. Ángela Pintos tenía rancho asentado en tierras ajenas, 10 vacas, 50
yeguarizos y 100 ovejas; doña Paula de Ávalos, del mismo pago de Arrecifes, vivía en las
mismas condiciones, con 100 yeguas y 30 caballos60. Aquí puede denotarse, aunque en
menor escala, la presencia de las ya mencionadas distintas alternativas mercantiles para
la ganadería dentro del espacio económico colonial.
 Sin embargo, dentro de este mismo grupo estaban aquellas que se dedicaban en mayor
medida a la agricultura del cereal. Vinculada a esta rama de la economía estaban las
unidades productivas definidas como quintas y chacras. Las primeras eran unidades más
pequeñas ubicadas cerca de la ciudad, las cuales se dedicaban más que nada a la
forrajearía y los productos de huerta para el mercado urbano. En cuanto a las chacras,
éstas eran explotaciones agrícolas, tanto hortícola como triguera, en donde no estaba
ausente del todo la ganadería61. Dentro de estas explotaciones, también hubo mujeres
que se destacaron como cabezas de familia, al frente de la producción. Tales fueron los
casos de doña Juana García Enríquez y doña Catalina Lobo, ambas viudas, como
también las de don Sebastián Delgado, Nicolás Gaitán y Guillermo Duque, que vivían
todas de sus chacras en el pago de Los Arroyos62. Doña Catalina Baca, vecina de
Ramallo que era oriunda de Santa Fe, era viuda, tenía 3 hijos que vivían con ella, y se
sustentaban de las sementeras que labraban sobre tierras ajenas63. Tomasa Lagos vivía
entre Cañada de la Cruz y Pesquería junto a sus 7 hijos y 3 peones (2 pardos y un indio),
todos sobre tierras de Tomás Monsalve utilizadas para la labranza64. Pascuala Cabrera,
de Las Conchas, era viuda y vivía con sus hijos (5) sobre sus tierras de chacra65. Rosa
Ocampo, viuda con 6 hijos asentada en el pago de Escobar, vivía en una situación similar,
aunque sus tierras de labranza pertenecían al Capitán don Fermín de Pesoa66. Doña Inés
de Aguirre tenía como agregados a un mulato y una india casados (habían tenido 3 hijas)
en sus tierras de chacra arrendadas en Magdalena67.
 Repasando todos los casos mencionados y descriptos, pueden hacerse algunas
aproximaciones respecto a las mujeres que vivían y trabajaban en sus chacras o en
tierras de labranza en distintas situaciones de ocupación: a) Había mujeres que eran
propietarias de sus chacras y otras que vivían en parcelas pertenecientes a otros vecinos
(las arrendaban para practicar la labranza); b) También en las unidades que podrían
categorizarse como ‘‘chacras’’ se complementaban la mano de obra familiar con la de los
peones, agregados y esclavos; c) Parecer ser que todas estas chacras eran unidades
fundamentalmente agrícolas, aunque no se puede negar la presencia de la ganadería. Por
ejemplo, había pequeñas productoras rurales que complementaban ambas orientaciones
productivas: doña Damiana de Alba tenía 3 esclavos, algunos ganados, árboles frutales,
olivos, medialunas de hierro, hachas, martillos, lienzos y palas68; Doña Catalina
Hernández, vecina de Ramallo censada en 1744, vivía junto a sus 2 nietas y todas se
mantenían de la labranza y de la cría de vacas y yeguas sobre tierras ajenas69; la viuda
de Raimundo Pérez declaró en 1745 unas 100 varas de tierras, otras 100 en Cañada de
la Cruz, 20 yeguas a 2 reales cada una, 6 hoces, una carretilla, cavados de hierro, martillos, etc.70. Este último caso podría reconocerse como el de una mediana productora
agropecuaria, en cuanto se dedicaba, a una escala ni muy pequeña ni muy grande, a la
cría de distintos tipos de ganado y la producción de cereales para el mercado local,
respondiendo así a las demandas de distintos puntos regionales del espacio colonial.
 Junto con las estancieras, hacendadas, pequeñas y medianas pastoras o labradoras,
había otras mujeres que no pueden ser dejadas de lado, aquellas que tenían a su fuerza
de trabajo y su familia como medios de subsistencia centrales.

Las trabajadoras rurales
 Por debajo de las grandes, pequeñas y medianas productoras rurales, había otras
mujeres, en su mayoría pertenecientes a las diversas castas (mulatas, mestizas, indias,
pardas, etc.), cuyo principal medio de supervivencia era ofrecer su fuerza de trabajo en
las casas y tierras de otros (incluso podían ser simultáneamente pequeñas propietarias).
En este punto es acertado plantear el concepto de ‘‘mujeres trabajadoras’’ elaborado,
desde el análisis del padrón de 1744 (tomando ciudad y campaña), por María Selina
Gutiérrez Aguilera, quien define como tales a aquellas que, ‘‘ya fuera por su etnia o por su
condición social, tuvieron como medio de supervivencia su propio trabajo’’71.
 Existen innumerables ejemplos sobre esa situación para este período: Josepha
Hernández, cordobesa asentada en Arroyo Seco, era una viuda que vivía con sus 3 hijos
y vivía hilando y criando unos pocos animales72; Doña Petrona de Espínola, santafesina
asentada sobre las costas del Paraná, vivía junto a 5 nietos y declaró vivir de la costura73;
Bartola Contreras, santafesina viuda que vivía junto con 3 hijos en el Arroyo del Medio,
estaba viviendo en tierras ajenas y se mantenía con su trabajo personal74. Exactamente
en la misma situación se encontraban Faustina González y doña María Malagueño, ambas de la misma Provincia75. Puede verse que las actividades desempeñadas por
estas mujeres variaban, yendo desde la costura hasta funcionar como mano de obra en
las explotaciones rurales.
 Por otra parte, había mujeres trabajadores que se encontraban en estado de
dependencia en relación a las unidades productivas. Tal es el caso de las agregadas,
aquellas que trabajaban a cambio de un beneficio, como lo era la posibilidad de explotar
una parcela de chacra o estancia por cuenta propia, aunque sin acceder a la propiedad
legal de la misma. Lorenza Pavón (viuda), proveniente de la jurisdicción de Santa Fe
vivía, desde hacía 6 años, en compañía de Bernardino Avalos, un estanciero de Luján76.
Josefa de Aguilar, santafesina, era viuda y vivía con sus 3 hijos en Cañada de la Cruz, y
no contaba con esclavos, peones ni agregados, sino que estaban en compañía del
estanciero y alférez Lucas de Castro77.Doña Rosa de Retamal, viuda y proveniente de
Santa Fe, hacía 2 años que estaba en compañía del alférez Antonio Rodríguez,
estanciero de Cañada de la Cruz78. En el mismo pago vivían Ignacia de Rocha (una
tucumana casada, casada, con 2 hijos y junto a su hermano) y doña Isabel de Zamora
(viuda y con dos hijos), todos en tierras del Capitán Marcos Rodríguez79.
 En esos casos mencionados pueden apreciarse algunas cosas a resaltar: en primer
lugar, que aquellas agregadas solían provenir de otras provincias o regiones del espacio
colonial; en segundo término, generalmente vivían acompañadas de progenie y se
asentaban en tierras de otros; por último, vale la pena recalcar que en los casos tomados
de los padrones, las agregadas estaban dentro de estancias, lo cual hace innegable su
contacto con la ganadería. 
  En lo correspondiente a las ‘‘castas’’, puede decirse que los integrantes femeninos de
dichos grupos socio-étnicos vivieron en la campaña bonaerense distintas realidades. Por
debajo de todos en la escala social, estaban las esclavas, que bien pudieron desempeñar
distintas tareas domésticas y agro pastoriles en las explotaciones de sus amos: tales
fueron los casos de la negra ‘‘de cómo 25 años’’ que dejaba entre sus bienes Joseph
Reynoso (1750), la cual pudo haber estado vinculada a distintos servicios, ya que su amo
contaba con ganado vacuno, mulas, carretas, carretones y herramientas agrícolas80; el
Capitán Marcos Rodríguez tenía, entre otras tantas cosas, una negra llamada María de 40
años, un negro de 40 años valuado en 260 pesos, un negro muy viejo llamado Luis que
valía 50 pesos81; Juan Manuel Arce tenía un tacho de cobre, una chacra con árboles
frutales e instrumentos, una negra llamada Jerónima de 40 años y 220 pesos, Manuela
(mulata) de 18 años y 300 pesos, Ramón (mulato) de 28 años y 250 pesos, Domingo de
20 años y 254 pesos, Gregorio de 26 años y 270 pesos (todos mulatos), un negrito
llamado Joseph (300 pesos)82. Todos estos hacendados rurales contaban con ganados de
distintas especies (principalmente yeguas y vacunos, con los fines económicos ya
descriptos) y también con herramientas indicadoras de producción agrícola. Asimismo,
puede verse cómo las mujeres, en el caso de las esclavas, eran consideradas como
inferiores a los hombres de su mismo grupo social, al menos en cuanto al precio, sobre el
cual el sexo era fundamental.
  Por otra parte, para las mujeres mestizas, mulatas y pardas, éstas se hallaban en
distintas situaciones en torno a las explotaciones rurales y dentro de la sociedad rural.
Más allá de las que funcionaban como las ya mencionadas agregadas o pequeñas
propietarias libres, había algunas que alcanzaban cierto grado de movilidad social. Como
bien sostiene Gutiérrez Aguilera, si bien era una realidad que la mayoría de las ‘‘etnias
inferiores’’ pertenecían al sector trabajador, también existía una movilidad social que les
permitía ascender en la escala social. Así, las ‘‘mujeres trabajadoras’’ se conformaban
como un grupo heterogéneo. Por ejemplo, en 1726 se destaca el caso de la mestiza que era mujer del Capitán Miguel Reinoso, un pardo, que además de tener el rango de
Capitán, lo cual no es poca cosa, poseía tierras de estancia en Cañada de la Cruz83.
  Años más tarde, se produjo un conflicto muy particular entre doña Juana Montenegro y
una parda libre llamada Pascuala. Doña Juana había sido esposa de don Juan de Rocha,
un destacado vecino porteño vinculado a la ganadería, a funciones públicas como Alcalde
de la Hermandad y al Cabildo de la Ciudad. Podría decirse que se trataba de un
hacendado característico comienzos de siglo: en 1725 se lo nombró como rematador de
dos vaquerías anuales, llegando a reunir 13000 cabezas para rematar cerca de Areco84; al
año siguiente encabezó por orden del Cabildo una recogida de 6500 animales85; en 1734
fue nuevamente encargado de las vaquerías para juntar 12000 cabezas86; y en 1749,
varios años después de su fallecimiento, se registraron varias estancias de su propiedad
en La Matanza, donde encontraron 700 cabezas de ganado vacuno entre grande y chico,
130 orejanos, y el resto eran animales con diferentes marcas y señales, las cuales no se
identificaron todas debido a su variedad87. En pocas palabras, se trataba de un hombre
que había estado muy vinculado a la recolección de alzados, y que probablemente a partir
de eso haya consolidado sus haciendas, lo cual era moneda corriente entre los
propietarios de ganado88.
  Lo cierto es que Juana había contraído matrimonio con Rocha, y como viuda de éste,
administraba sus bienes, entre lo cual se encontraba un esclavo. Por el mismo iba a tener
un conflicto en 1743 con una parda libre, quien decía que el éste le pertenecía a ella,
argumentando que era una posesión de don Juan de Rocha, quien se lo había vendido Por otra parte, doña Juana era en ese momento tutora de sus hijos, y que por poseer
dicha condición administraba los bienes del difunto, lo cual estaba expreso en su
testamento89. En contra de las pretensiones de Pascuala de Ortega (parda), decía que no
tenía fundamentos concretos y que la supuesta venta no figuraba entre las cuentas de su
marido90. Por su parte Pascuala, sostenía que a ella se le debía ‘‘amparar en la posesión
inmemorial, quita y pacífica de dicho negro’’91. Era fundamental la tenencia de dicho
esclavo porque lo necesitaba para la producción de alimentos para la mantención de su
familia92. En pocas palabras, está indicando que no se encontraba en condición de gran
propietaria ni mucho menos, sino que más bien parece tratarse de una pequeña
productora, debido a que su explotación está destinada fundamentalmente a los
alimentos.
  Otras particularidades son que todas las cartas presentadas por ambas son firmadas por
hombres, y que las autoridades se comprometen a brindar la justicia necesaria para
ambas partes93. Por otro lado, doña Juana demostró ante la justicia que el esclavo le
pertenecía mediante el testimonio y juramento de Pedro Cuello, vecino de la Ciudad94.
Aquí se observa la importancia que tenían los hombres en la sociedad colonial, tanto
sobre la administración de los bienes como en los asuntos legales. Dicho señor también
aseguró que don Juan de Rocha había comprado esclavos al Real Asiento de Gran
Bretaña, vinculado directamente al comercio de cueros. Vale decir que las autoridades se
basaron en los interrogatorios a vecinos respetables para decidir sobre la querella, como
fue el caso de don Juan Cabrera, quien afirmó que el esclavo había sido Juan de Rocha
mediante la compra por Pedro Cuello95.
  Pascuala se definía como mujer ‘‘sola y desamparada’’ que había comprado al negro
Joseph Antonio con el dinero juntado gracias a la venta de bizcocho, y que el mismo
había estado más de 20 años bajo su dominio96. Más adelante, se descubrió que había
estado conchabado para dicha patrona en los acarreos del trigo, lo cual confirma que se
trataba de una pequeña explotación agrícola97. De más está aclarar que la vencedora fue
quien contaba con el apoyo de la palabra de los vecinos importantes de Buenos Aires.

Conclusiones
 A partir de estos casos desarrollados, sobre todo el último conflicto judicial, podría
concluirse que:
 La mujer siempre ocupaba un lugar inferior al de los hombres, cuyos testimonios
eran más valorados y además debían firmar todos los documentos oficiales.
 Entre las campesinas, existieron mujeres en distintas condiciones sociales y
económicas, marcadas tanto por su condición étnica, el estrato social y las
cantidades de ganado, esclavos y tierras. Además, vale la pena resaltar que hubo
algunas acomodadas que llegaron a acceder al papel de ‘‘estancieras’’, mientras
que otras rondaban entre sus pequeñas explotaciones (cuando las tenían), la
agregación, el arrendamiento o vendiendo su fuerza de trabajo en
establecimientos ajenos.
 En el caso puntual de doña Juana, se ve como se hacían cargo de los dominios
una vez muerto el esposo, siempre y cuando fuera una viuda con hijos menores.
Esto puede verse también estadísticamente para los casos de todo el período98,
donde la mayoría de las mujeres que encabezaban las explotaciones rurales eran
viudas, mientras que el resto en su mayor parte fueron registradas como tales
porque sus maridos se encontraban fuera de la jurisdicción, ocupados en tareas
estacionales como las faenas para hacer cueros en la Banda Oriental, y en menor
medida eran independientes o estaban por encima de los hombres.
Las esclavas tenían una fundamental importancia en la economía, lo cual queda
de manifiesto por el interés que le dan ambas partes, además de todas las
funciones anteriormente descriptas.
 Las mujeres pardas que accedían a la libertad jurídica o las pertenecientes a otros
grupos como las mestizas podían llegar a acumular cierto capital desde la
producción y el comercio para conseguir esclavos. 

V Jornadas de Historia de las Mujeres y Problemática de Género, Universidad de Morón, 23 y 24 de octubre de 2015.

V Jornadas de Historia de las Mujeres y Problemática de Género, Universidad de Morón, 23 y 24 de octubre de 2015.

Notas
1 Profesor en Historia egresado de la Universidad de Morón (UM) y Especialista en
Ciencias Sociales con mención en Historia Social de la Universidad Nacional de Luján
(UNLu). 
2 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009), La Argentina colonial. El Río de la Plata entre los
siglos XVI y XIX, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, p. 18.
3 Piana de Cuestas, J. (1992), ‘‘De encomiendas y mercedes de tierras: afinidades y
precedencias en la jurisdicción de Córdoba (1573-1610) ’’, en Boletín del Instituto de
Historia Argentina y Americana ‘‘Dr. Emilio Ravignani’’, Nº 5, 3º Serie, 1º semestre de
1992, p. 15.
4 Gelman, J. (1998), ‘‘El mundo rural en transición’’, en Goldman, N. (Dir.), Nueva Historia
Argentina. Tomo 3: Revolución, República, Confederación (1806-1852), Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, p. 78.
5 Término empleado por las fuentes consultadas en reiteradas oportunidades. 
6 Néspolo, E. (2008), ‘‘Cautivos, ponchos y maíz. Trueque y compraventa, ‘doble
coincidencia de necesidades’ entre vecinos e indios en la frontera bonaerense. Los pagos
de Luján en el siglo XVIII’’, en Revista TEFROS, Vol. 6, Nº 2, Diciembre de 2008, p. 15.
7 El Río de la Plata correspondió a dicha jurisdicción hasta la formación del Virreinato del
Río de la Plata en 1776, en el marco de las famosas Reformas Borbónicas.
8 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009), Op. Cit., p. 41.
9 Ídem.
10 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009), Op. Cit., p. 33. 
11 La bula de la Santa Cruzada se daba a los españoles muchos privilegios a cambio de
que aportaran gastos para combatir a los ‘‘indios infieles’’, así como también servicios
religiosos.
12 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009). Op. Cit., p. 49.
13 Presta, A.M. (2000), ‘‘La sociedad colonial: raza, etnicidad, clase y género’’, en
Tandeter, E. (Dir.), Nueva Historia Argentina. Tomo II: la sociedad colonial, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, pp. 76-77.
14 Milletich, V. (2000), ‘‘El Río de la Plata en la economía colonial’’, en Tandeter, E. (Dir.),
Nueva Historia Argentina. Tomo II: la sociedad colonial, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, p. 214.
15 Fradkin, R. y Garavaglia, J.C. (2009), Op. Cit., p.72.
16 Ibídem, pp. 72-73. 
17 Ibídem. p. 76.
18 Presta, A.M. (2000), Op. Cit., p. 69.
19 Ibídem, p. 70.
20 Azcuy Ameghino, E. (1995), El latifundio y la gran propiedad colonial rioplatense,
Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, p. 18.
21 Birocco, C.M. (1996), ‘‘Los dueños del pueblo’’ en Azcuy Ameghino, E. (Dir.), Poder
terrateniente, relaciones de producción y orden colonial, Buenos Aires, Fernando García
Cambeiro, p. 66. 
22 Mayo, C. (2004), Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820), Buenos Aires, Editorial
Biblos, p. 61.
23 Presta, A.M. (2000), Op. Cit., p. 57.
24 Se las denomina aquí como vaquerías tradicionales porque más adelante también se
llamaba vaquerías a las recogidas de ganado alzado organizadas por el Cabildo y los
vecinos para obtener carne para el abasto, grasa, sebo, cueros (para la exportación) y
para el repoblamiento de las estancias de la Banda Occidental del Río de la Plata.
25 Azcuy Ameghino, E. (1995), Op. Cit., p.30. 
26 Birocco, C.M. (2003), ‘‘Alcaldes, capitanes de navío y huérfanas. El comercio de cueros
y la beneficencia pública en Buenos Aires a comienzos del siglo XVIII’’, ponencia
presentada en las III Jornadas de Historia Económica, Asociación Uruguaya de Historia
Económica (AUDHE), Montevideo, 9 al 11 de julio de 2003, p. 1.
27 Halperín Donghi, T. (2010), Historia contemporánea de América Latina, Buenos Aires,
Alianza Editorial, p. 41.
28 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 77.
29 Ibídem, p. 162.
30 Ibídem, p. 223.
31 Azcuy Ameghino, E. (1995). Op. Cit., p. 30. 
32 AGN, AECBA, Serie II, p. 114.
33 Gresores, G. (1996), ‘‘Terratenientes y arrendatarios en la Magdalena: un estudio de
caso’’, en Azcuy Ameghino, E. (Dir.), Poder terrateniente, relaciones de producción y
orden colonial, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, pp. 144-147.
34 Ibídem, p. 148.
35 Mayo, C. (2004), Op. Cit., p. 167.
36 Ibídem, pp. 167-168.
37 Ibídem, p. 178. 
38 Documentos…, Padrones de 1726, 1738 y 1744, pp. 143-709.
39 Documentos…, Padrón de 1726, p. 166.
40 Ibídem, p. 167.
41 Ibídem, p. 169. 
42 MAYO, Carlos. Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820). Editorial Biblos, Buenos
Aires, 2004, pp. 73-74.
43 Ibídem, pp. 74-75 y 80.
44 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 293.
45 Documentos…, Padrón de 1744, pp. 609-610.
46 Ibídem, p. 648. 
47 Ibídem, pp. 661-662.
48 Ibídem, p. 704.
49 Ibídem, p. 705.
50 Ibídem, p. 709.
51 GARAVAGLIA, Juan Carlos. Pastores y labradores…, Op. Cit., pp. 216-218.
52 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Testamentaria de doña Damiana de Alba (1732),
p. 21.
53 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de la viuda de Raimundo Pérez (1745),
pp. 19b-20.
54 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Testamento de doña María Ayala (1751), pp. 8-10.
55 ANH, Documentos…, Padrones de 1726, 1738 y 1744, pp. 143-709.
56 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 289.
57 Ibídem, p. 290.
58 Ibídem, p. 291.
59 Ibídem, p. 292. 
60 Ídem.
61 Garavaglia, J.C. (1999). Op. Cit., pp. 159 y 161.
62 ANH, Documentos…, Padrón de 1738, p. 322.
63 Ibídem, p. 538.
64 Ibídem, pp. 580-581.
65 Ibídem, p. 615.
66 Ibídem, p. 632.
67 Ibídem, pp. 696-697.
68 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Testamentaria de doña Damiana de Alba (1732),
p. 21.
69 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, p. 543. 
70 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Testamentaria de Raimundo Pérez (1745), pp.
19b-20.
71 Gutiérrez Aguilera, M.S. (2012). ‘‘Mujeres trabajadoras: la subsistencia en el Buenos
Aires del Siglo XVIII’’, en El futuro del pasado, nº 3, p. 72.
72 ANH, Documentos…, Padrón de 1744, pp. 524-525.
73 Ibídem, p. 546. 
74 Ibídem, pp. 549-551.
75 Ibídem, pp. 540-541.
76 ANH, Documentos…, Padrón de 1726, p. 163.
77 Ibídem, p. 168.
78 Ibídem, p. 170.
79 Ibídem, pp. 171-172. 
80 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión de Joseph Reynoso (1750), pp. 31b-32.
81 AGN, Tribunales, Sucesiones, 8130, Sucesión del Capitán Marcos Rodríguez (1740),
pp. 11-12b.
82 AGN, Tribunales, Sucesiones, 3859, Sucesión de Juan Manuel Arce (1734), pp. 11-14. 
83 ANH, Documentos…, Padrón de 1726, p. 165.
84 AGN, AECBA, Serie II, Tomo V, p. 454.
85 Ibídem, p. 616.
86 AGN, AECBA, Serie II, Tomo VII, p. 106.
87 AGN, AC, 19-2-3, p. 304b.
88 Ver Pérez, O. (1996), ‘‘Tipos de producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La
estancia de alzados’’, en Azcuy Ameghino, E. (Dir.), Poder terrateniente, relaciones de
producción y orden colonial, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, pp. 151-184.
89 AGN, Sucesiones, 8123, Sucesión de doña Juana Montenegro (1743), pp. 2-3.
90 Ibídem, p. 3.
91 Ibídem, p. 4.
92 Ídem.
93 Ibídem, pp. 5-6.
94 Ibídem, p. 10. 
95 Ibídem, p. 13.
96 Ibídem, pp. 15-17.
97 Ibídem, p. 18.
98 Documentos…, Padrones de 1726, 1738 y 1744, pp. 143-709. 







''El desarrollo de la ganadería en Buenos Aires Colonial. Faenas, unidades productivas y alternativas mercantiles a comienzos del Siglo XVIII'', en III Encuentro de Investigación ''Dr. Rogelio C. Paredes'', Universidad de Morón, 14 de noviembre de 2015.

LINK: https://www.academia.edu/19503538/El_desarrollo_de_la_ganader%C3%ADa_en_Buenos_Aires_Colonial._Faenas_unidades_productivas_y_alternati...